El Comando Espacial de Estados Unidos (SPACECOM) considera que sus Fuerzas Armadas necesitan contar con armas cinéticas y no cinéticas para actuar contra sistemas espaciales adversarios y mantener su capacidad militar en una eventual guerra espacial. Así lo afirmó este miércoles 12 de agosto el general Stephen Whiting, comandante del SPACECOM, durante el Space and Missile Defense Symposium celebrado en Huntsville, Alabama. Whiting sostuvo que estas capacidades serán necesarias para alcanzar lo que Washington denomina “superioridad espacial”, es decir, la posibilidad de utilizar sus propios sistemas orbitales mientras limita o impide que un adversario haga lo mismo.

Las declaraciones siguen el eje de la nueva doctrina espacial estadounidense, que durante los últimos años comenzó a hablar abiertamente del espacio tanto como un ámbito para apoyar operaciones terrestres como un posible escenario de combate.
Whiting señaló que las dos principales prioridades de SPACECOM para el período fiscal 2029-2033 serán los “integrated space fires”, o fuegos espaciales integrados, y el desarrollo de capacidades para enfrentar grandes constelaciones de satélites en órbita baja. El concepto de “fuegos” hace referencia a la aplicación coordinada de efectos contra un objetivo y, en el ámbito espacial, puede abarcar desde interferir comunicaciones hasta neutralizar físicamente un satélite. El objetivo sería disponer de opciones suficientemente creíbles para disuadir ataques contra la infraestructura espacial estadounidense y mantener operativas capacidades esenciales como comunicaciones, navegación, alerta temprana y vigilancia.
¿Qué son las acciones cinéticas y no cinéticas?
Una acción cinética es aquella que provoca daño físico sobre un sistema. Un ejemplo podría ser un interceptor antisatélite que impacte contra una nave espacial.
Las capacidades no cinéticas, en cambio, son aquellas cuyo objetivo es degradar o inutilizar el sistema sin necesariamente destruirlo. Allí aparecen los inhibidores de radiofrecuencia o jammers, que interfieren el enlace entre un satélite y sus usuarios; y las armas de energía dirigida, como láseres que deslumbran o dañan sensores ópticos. También incluyen a las operaciones cibernéticas contra las redes que controlan una constelación.
El vicecomandante de SPACECOM, el teniente general Rick Zellmann, explicó además que el Pentágono contempla tres direcciones básicas para estos “fuegos”: desde tierra hacia el espacio, algo que Estados Unidos ya realiza mediante sistemas de interferencia; desde el espacio hacia otros sistemas espaciales, definido como “guerra orbital”; y acciones desde plataformas espaciales contra amenazas que parten desde la Tierra. Esta última categoría está relacionada con los futuros interceptores orbitales previstos para Golden Dome.
Uno de los problemas que intenta resolver esta arquitectura es la aparición de constelaciones proliferadas, que están formadas por miles de satélites distribuidos en órbita baja. Destruir cada aparato de forma individual sería extremadamente costoso y generaría grandes cantidades de desechos orbitales. Por eso, SPACECOM analiza formas de producir efectos sobre numerosos satélites simultáneamente.
Zellmann señaló que una alternativa consiste en atacar los puntos donde esas redes convergen: estaciones terrestres, centros de comunicaciones, enlaces de datos o infraestructura informática. También destacó el potencial de la energía dirigida, ya que un láser puede realizar múltiples intervenciones mientras disponga de suficiente energía, sin consumir un interceptor físico en cada acción. Esa lógica obliga, a su vez, a proteger y diversificar las estaciones terrestres propias, porque incluso una constelación con miles de satélites puede depender de una cantidad relativamente pequeña de nodos en superficie.
La estrategia no se limita a desarrollar armas
Según Whiting, entre las otras prioridades de SPACECOM se encuentran un sistema conjunto e integrado de comando y control espacial, capaz de intercambiar información automáticamente entre sensores y plataformas; una mayor capacidad de Space Domain Awareness, es decir, detectar, identificar y seguir objetos con precisión suficiente como para distinguir una amenaza y eventualmente atacarla; y tecnologías de maniobra espacial sostenida, que permitan a los satélites modificar sus órbitas con mayor frecuencia para evitar amenazas o colocarse en posiciones ventajosas. Este último punto supone avanzar en propulsión, abastecimiento de combustible en órbita y vehículos con mayor capacidad de maniobra, en contraste con los satélites tradicionales diseñados para permanecer durante años en trayectorias relativamente estables.
El movimiento estadounidense se produce, además, mientras China y Rusia desarrollan capacidades que Washington considera potencialmente antisatélite, desde sistemas de interferencia y láseres terrestres hasta vehículos capaces de aproximarse y maniobrar alrededor de otros objetos en órbita. Estados Unidos también viene observando maniobras coordinadas de satélites chinos que sus responsables militares describieron como ejercicios similares a un “combate orbital”.
Al mismo tiempo, Washington mantiene la moratoria que adoptó en 2022 sobre pruebas destructivas de misiles antisatélite de ascenso directo, una práctica particularmente problemática porque una destrucción física en órbita puede generar miles de fragmentos capaces de permanecer durante años y amenazar satélites civiles y militares. La discusión actual, por lo tanto, no gira únicamente alrededor de colocar armas en el espacio, sino de construir una arquitectura capaz de detectar amenazas, proteger constelaciones propias y, llegado el caso, degradar o destruir los sistemas de un adversario.
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