El Golden Dome es el ambicioso proyecto con el que Estados Unidos busca desarrollar un escudo antimisiles para proteger todo su territorio. La idea nace del Iron Dome de Israel, pero mejorada: la administración de Donald Trump propuso desarrollar una red de satélites, radares, centros de mando e interceptores conectados entre sí. Su objetivo es detectar, seguir y destruir amenazas como misiles balísticos, hipersónicos, de crucero y otros ataques aéreos avanzados antes de que lleguen a blancos.

El programa nació formalmente en 2025 bajo el nombre “Iron Dome for America” y luego fue presentado como Golden Dome. La diferencia con sistemas anteriores es la escala: este caso EE.UU. no apunta solo a interceptar misiles en la etapa final del vuelo. En cambio, su objetivo es crear una defensa por capas que actúe desde el espacio, desde tierra y desde sistemas de mando integrados.
La “kill chain”
Un buen punto de partida para entender cómo funcionaría el Golden Dome, es analizar la llamada kill chain. La operación comienza con satélites que tienen sensores espaciales infrarrojos, que detectan el lanzamiento o la firma térmica de una amenaza. A partir de esa detección, otros sensores refinan el seguimiento y calculan trayectoria, velocidad, altura y posible punto de impacto. Esa información pasa a una red de comando y control que analiza y decide cuál de todos los sistemas tiene mejores condiciones para interceptar: un misil desde tierra, una defensa terminal, un interceptor naval o un interceptor ubicado en órbita.
La defensa contra misiles se organiza según las fases de vuelo de los misiles. En la fase de impulso, la amenaza todavía tiene los motores encendidos y es más visible por su calor, pero el tiempo de reacción es muy corto. En la fase media, el vehículo viaja por el espacio o la alta atmósfera, lo que da más tiempo para actuar, aunque aparecen problemas, como los señuelos. Durante la fase media, muchos misiles desprenden varios señuelos para que la defensa no pueda interpretar cuál es la verdadera amenaza, o hacer que se gasten municiones extra en derrivar ojivas falsas. En la fase terminal, el misil ya se acerca al blanco y hay menos margen de error. El domo busca cubrir esas etapas con una arquitectura integrada, que pueda actuar en cada instancia y blindar a Estados Unidos de los ataques aéreos.

La capa de defensa más desafiante
La parte espacial es la más novedosa y también la más complicada de lograr. Por un lado, la detección temprana implica el desarrollo de satélites para alerta temprana y seguimiento; por el otro, la intercepción temprana implica satélites con interceptores listos para lanzarse desde el espacio hacia los misiles atacantes. Sin embargo, si Estados Unidos quiere construir un sistema que realmente blinde todo el país, debe distribuir cientos, o incluso miles, de satélites detectores y de satélites interceptores en órbita baja. Si se quiere proteger de cualquier enemigo, debe tener ojos y capacidad de ataque en todo el planeta todo el tiempo.
Para ello, EE.UU. ya desarrolla satélites de alerta. De hecho, en 2026, la Fuerza Espacial otorgó contratos para seguimiento de blancos desde el espacio, incluyendo una adjudicación a SpaceX para el programa SB-AMTI.
Por otro lado, otro de los ejes sensibles del progama es el costo. La estimación política inicial proyectó que el programa costaría unos US$ 175.000 a 185.000 millones. Más recientemente, el presupuesto fiscal 2027 pidió más de US$ 17.000 millones para acelerar capacidades específicas. Y, finalmente, la Oficina de Presupuesto del Congreso calculó el mes pasado que, para una arquitectura nacional comparable como la esperada, se deberán invertir unos US$ 1,2 billones.
¿Y dónde entra Argentina?
El estrecho vínculo entre el presidente argentino Javier Milei y su contraparte estadounidense Donald Trump da lugar a considerar que, en un proyecto tan grande, Estados Unidos podría aprovechar la ayuda de aliados. Para ello, una participación argentina realista no estaría relacionada con interceptores orbitales ni en armas de tecnología aún no desarrollada, sino en capacidades periféricas. Por ejemplo, el país se ha consolidado como referente de la región en radares, sensores, integración de sistemas y software de comando y control. La empresa argentina INVAP, por ejemplo, ya desarrolló radares 3D de vigilancia aérea de largo alcance, que se utilizan para control y defensa del espacio aéreo argentino.

Ese tipo de tecnología podría complementar a los sensores de Golden Dome, sumando “ojos en tierra” para detectar blancos, clasificarlos, seguirlos y compartir datos con centros de mando. En una cooperación industrial, el aporte de Argentina podría estar en la vigilancia regional, pruebas, entrenamiento, componentes o software, bajo estándares de seguridad de Estados Unidos.
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