Un estudio publicado en la revista científica Nature presentó un método para detectar armas termonucleares transportadas por satélites en órbita terrestre. La propuesta utiliza la radiación natural atrapada alrededor de la Tierra para provocar una señal identificable en los materiales nucleares de una ojiva. Esa señal podría registrarse con pequeños satélites inspectores equipados con detectores de neutrones, lo que abriría una posible vía para verificar el cumplimiento del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967. Hasta ahora, no existía un procedimiento específico para comprobar si una nave espacial transporta un arma nuclear.

El trabajo fue desarrollado por Areg Danagoulian, físico nuclear e investigador sobre no proliferación del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y recibió apoyo parcial de la Administración Nacional de Seguridad Nuclear de Estados Unidos. Su publicación se produce en un contexto de creciente preocupación por la posible instalación de armas antisatélite nucleares en el espacio.
En 2024, funcionarios estadounidenses afirmaron que Rusia trabajaba en una capacidad de este tipo y señalaron al satélite militar Kosmos-2553, lanzado en 2022, como una posible plataforma experimental. Rusia negó estar desarrollando un arma nuclear orbital y sostuvo que el satélite cumple funciones de observación y detección. La órbita de Kosmos-2553 llamó especialmente la atención porque atraviesa una zona con niveles intensos de radiación, poco utilizada por satélites convencionales debido al deterioro que puede producir sobre sus componentes electrónicos.
Los protones del cinturón de Van Allen
El método propuesto aprovecha los protones de alta energía presentes en el cinturón interior de radiación de Van Allen, una región de partículas cargadas atrapadas por el campo magnético terrestre. Cuando uno de esos protones golpea materiales pesados como uranio o plutonio, puede producir un fenómeno denominado espalación. El núcleo atómico recibe un impacto de gran energía, se fragmenta y libera varias partículas, entre ellas una cantidad considerable de neutrones. Una ojiva termonuclear emitiría, por lo tanto, un flujo de neutrones superior al que generaría la estructura habitual de un satélite.

Para medirlo, Danagoulian simuló un satélite inspector tipo CubeSat de 9U, con un volumen comparable al de una caja de zapatos. El detector estaría formado por paneles de centelleadores plásticos, materiales que producen destellos de luz cuando reciben radiación, combinados con detectores de diamante sintético.
Los centelleadores registrarían las partículas incidentes, mientras que los sensores de diamante permitirían rechazar señales provocadas por protones y electrones del entorno. La disposición de dos paneles también ayudaría a estimar la dirección de llegada de los neutrones y a distinguir los procedentes del satélite inspeccionado de los generados naturalmente en la atmósfera y el ambiente orbital.
Las simulaciones indican que un único satélite inspector ubicado a unos cuatro kilómetros de una nave sospechosa podría confirmar la presencia de una firma termonuclear con una precisión del 99% después de una semana de observación. Una constelación de alrededor de diez inspectores reduciría ese período a unas 15 horas, mientras que una aproximación a un kilómetro permitiría obtener resultados en cerca de una hora, posiblemente durante un solo sobrevuelo.
Sin embargo, estas maniobras de proximidad presentan dificultades técnicas y políticas. Un satélite que se acerca sin coordinación a una nave de otro país puede interpretarse como una amenaza, una operación de inteligencia o una preparación para interferir con ella. Por ese motivo, especialistas consultados por SpaceNews consideran que el sistema resultaría más viable dentro de un régimen cooperativo de verificación, en el que los Estados acuerden previamente las condiciones, distancias y procedimientos de inspección.
Por otro lado, el método tampoco serviría en todas las órbitas, puesto que depende de la elevada concentración de protones del cinturón interior de Van Allen y perdería efectividad en regiones donde la radiación natural no pueda producir suficientes reacciones de espalación.
El problema de las armas nucleares en órbita
El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre prohíbe colocar en órbita armas nucleares u otras armas de destrucción masiva, pero no estableció un sistema de inspección comparable con los utilizados en algunos acuerdos de control de armamentos terrestres. La ausencia de ese mecanismo dificulta comprobar posibles incumplimientos y obliga a depender de imágenes, seguimiento orbital e información de inteligencia.
La nueva técnica todavía es un estudio de factibilidad basado en modelos, y será necesario construir detectores miniaturizados, probarlos en instalaciones terrestres y verificar su funcionamiento en el ambiente espacial. También queda por resolver cómo diferenciar una ojiva de un reactor nuclear apagado, ya que ambos pueden contener materiales pesados capaces de generar neutrones por espalación. Un reactor activo sería más sencillo de identificar por el calor y la radiación que produce durante su operación, pero uno inactivo podría presentar una firma similar a la de un arma.
Pese a esas limitaciones, el trabajo establece parámetros concretos sobre sensores, distancias y tiempos de observación, y transforma una cuestión hasta ahora dominada por acusaciones políticas e información clasificada en un problema que puede ser estudiado mediante mediciones físicas verificables.
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