El Pentágono volvió a poner sobre la mesa una idea que combina tecnología y ambición militar: usar drones equipados con láseres de alta energía para destruir amenazas aéreas. El objetivo es sumar una nueva capa de defensa contra misiles, drones y otros blancos que puedan acercarse al espacio aéreo estadounidense. El director de la Agencia de Defensa Antimisiles de Estados Unidos, teniente general Heath Collins, mencionó la propuesta durante una audiencia en el Congreso sobre los planes de defensa antimisiles para el año fiscal 2027.

Collins sostuvo que la agencia está comprometida con llevar armas de energía dirigida al campo operativo, incluso mediante plataformas no tripuladas. La idea es utilizar esa capacidad más cerca del borde de la zona de combate, para reducir la cantidad de amenazas antes de que lleguen a sectores protegidos. En su declaración escrita, la Agencia de Defensa Antimisiles también señaló que busca acelerar el uso operacional de láseres de alta energía en distintas plataformas para agregar una capa no cinética a la arquitectura de defensa existente.
¿Qué son y para qué sirven las armas láser?
Las armas de energía dirigida operan concentrando energía electromagnética sobre un punto del objetivo, en lugar de lanzar un proyectil para destruir el blanco por impacto, como hacen los misiles. En el caso de un láser de alta energía, esa radiación puede calentar, dañar o inutilizar componentes críticos del blanco, como sensores, superficies estructurales, sistemas de guiado o partes del fuselaje.
El atractivo militar es que, a diferencia de los misiles, los láseres viajan a la velocidad de la luz, pueden cambiar de blanco con rapidez y, si la plataforma tiene suficiente energía, ofrece una “munición” mucho más profunda que un sistema basado en misiles. También promete un costo por disparo menor, porque no necesita de interceptores de cientos de miles de dólares para disparar. Esto es fundamental especialmente frente a drones baratos, enjambres o salvas de amenazas que buscan saturar las defensas.
El problema es que llevar esa tecnología a un dron es mucho más difícil que instalarla en tierra o en un buque. Un láser militar necesita potencia, generación eléctrica, almacenamiento de energía, refrigeración, óptica de precisión, sensores de seguimiento y un sistema capaz de mantener el haz estable sobre un blanco en movimiento. Todo eso debe entrar en una aeronave no tripulada, con límites de peso, volumen, consumo eléctrico y autonomía.
La atmósfera es una de las grandes limitaciones. La humedad, el polvo, el humo, las nubes y la turbulencia pueden dispersar o degradar el haz. En una plataforma aérea, el desafío aumenta porque el láser, el dron y el blanco pueden estar moviéndose a alta velocidad al mismo tiempo. Para que el sistema funcione, la dirección del haz debe corregirse de manera continua, con sensores y óptica capaces de compensar vibraciones, maniobras y perturbaciones atmosféricas. Esa combinación de potencia, precisión y estabilidad es la frontera técnica que históricamente complicó a los programas de láseres aerotransportados.

Antecedentes históricos de propuestas similares
La Fuerza Aérea de EE.UU. explora conceptos de láseres montados en aeronaves para defensa antimisiles desde la década de 1970. El caso más conocido fue el YAL-1, un Boeing 747 modificado con un sistema láser destinado a destruir misiles balísticos en vuelo. En 2010 logró derribar misiles durante ensayos, pero el programa se canceló al año siguiente por problemas de costo, complejidad tecnológica y viabilidad operacional.
Después llegaron otros intentos. DARPA impulsó el programa HELLADS, que buscaba desarrollar un láser de 150 kilovatios para aeronaves tripuladas y no tripuladas. La propia Agencia de Defensa Antimisiles trabajó durante años en iniciativas vinculadas a láseres montados en drones, pero en 2020 el entonces subsecretario de Defensa para Investigación e Ingeniería, Michael Griffin, expresó un fuerte escepticismo sobre la posibilidad de convertir esa idea en un sistema de armas operativo.
Ahora, el Pentágono vuelve a mirar la energía dirigida dentro de una arquitectura de defensa más amplia. El presupuesto solicitado para 2027 incluye unos US$ 17.500 millones para “Homeland Defense and Golden Dome for America”. Este programa, asociado al escudo antimisiles Golden Dome, está orientado a sensores, interceptores y capacidades cinéticas y no cinéticas contra misiles balísticos, hipersónicos, crucero avanzado y otras amenazas aéreas de nueva generación. Dentro de esa planificación aparecen herramientas no cinéticas para complementar la defensa antimisiles, como las armas láser.
En el esquema del Golden Dome, los drones con láser encajarían para patrullar zonas críticas, acompañar aeronaves tripuladas o actuar como nodos defensivos contra drones y misiles antes de que las amenazas entren en el alcance de sistemas terrestres o navales. Pero todavía falta demostrar que esa capacidad puede operar fuera del laboratorio.
Por ahora, el anuncio muestra solamente un cambio de prioridad. La Agencia de Defensa Antimisiles quiere volver a probar si los avances en láseres de estado sólido, control de haz, sensores, autonomía y plataformas no tripuladas alcanzan para resolver un problema que lleva décadas abierto. La pregunta decisiva es si esta vez la ingeniería, el presupuesto y la operación real pueden sostener lo que la idea promete sobre el papel.
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