La breve tregua de Pascua entre Rusia y Ucrania duró poco, y la guerra volvió enseguida a su formato más habitual: el de los ataques con drones. Ya este 13 de abril, Ucrania aseguró que Rusia lanzó 98 drones durante la noche y que sus defensas derribaron 87. Moscú, por su parte, afirmó que sus sistemas antiaéreos destruyeron 33 drones ucranianos.

El repunte llegó apenas después del fin de una pausa de 32 horas anunciada por el Kremlin por la Pascua ortodoxa. Lejos de consolidarse como un verdadero alto el fuego, la tregua estuvo rodeada de denuncias de incumplimientos desde el comienzo. Reuters informó que Ucrania contabilizó 7.696 violaciones rusas durante ese período, incluidas 6.226 acciones con drones de ataque. En paralelo, Rusia denunció 1.971 violaciones por parte ucraniana. Tras el fin de la tregua, autoridades ucranianas también reportaron que Moscú alcanzó una instalación de infraestructura en la región de Dnipropetrovsk.
La guerra que no se detiene por nada
Evidentemente, la pausa religiosa no alteró la lógica general del conflicto. Antes de que entrara en vigor el cese temporal, Rusia había atacado con 160 drones en una sola noche, de los cuales 133 fueron interceptados o desviados. Luego, apenas terminó la fiesta religiosa, ambos bandos retomaron de inmediato los ataques con UAV como parte de una guerra de desgaste que depende cada vez más de sistemas baratos, numerosos y difíciles de neutralizar por completo.
En el tablero internacional, hace tiempo la guerra de Ucrania comienza a replicarse en todo el mundo. Los Shahed y otros drones de ataque de bajo costo ya se convirtieron en una de las armas más características de la guerra moderna, no solo en Europa sino también en Medio Oriente. Por eso, cada nueva oleada es una evidencia de cómo ha cambiado la guerra aérea: con ataques más baratos, más repetidos y capaces de poner bajo presión incluso a defensas mucho más sofisticadas.
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