Rusia afirma haber llevado la producción de drones FPV a una escala industrial. El primer viceprimer ministro ruso, Denis Manturov, sostuvo en declaraciones a Kommersant que las empresas del país ya pueden suministrar más de 15.000 drones FPV por día, una cifra que, según sus propias palabras, en 2023 representaba la producción de todo un mes.

La declaración no es menor. Si se toma como capacidad sostenida, 15.000 unidades diarias equivalen a unas 450.000 por mes y más de 5,4 millones al año. En una guerra donde los drones de bajo costo se consumen casi como munición, el dato muestra que Moscú intenta transformar una ventaja táctica en una capacidad de desgaste permanente.
Manturov presentó este salto como una consecuencia directa de la guerra en Ucrania. Según afirmó, la llamada “operación militar especial” consolidó a los vehículos aéreos no tripulados como uno de los elementos clave de la guerra moderna. En su lectura, los drones pasaron de ser una herramienta auxiliar de reconocimiento a convertirse en una fuerza de ataque independiente, capaz de ejecutar una amplia variedad de misiones tácticas.
El punto central está en los drones FPV, aeronaves de bajo costo controladas en primera persona y empleadas para atacar vehículos, posiciones, trincheras, refugios, piezas de artillería, equipos de guerra electrónica, rutas logísticas y grupos de infantería. A diferencia de los drones de mayor tamaño, los FPV pueden producirse en grandes cantidades, adaptarse rápidamente y operar como munición de precisión de corto alcance.

Para Rusia, esa escala tiene un objetivo claro: saturar el frente. Cuantos más drones disponibles tenga una unidad, mayor será su capacidad de mantener presión constante sobre posiciones ucranianas, perseguir movimientos logísticos, golpear rotaciones, destruir vehículos ligeros y degradar fortificaciones. En el campo de batalla actual, la abundancia de drones puede ser tan relevante como la artillería convencional.
Pero producción no equivale automáticamente a efecto militar. Fabricar 15.000 FPV por día no significa que todos lleguen al frente, que todos estén armados, que todos tengan operadores entrenados ni que todos sobrevivan a la guerra electrónica. Entre la línea de montaje y el impacto sobre un blanco hay una cadena completa: baterías, cámaras, transmisores, antenas, cargas explosivas, repuestos, talleres de adaptación, entrenamiento, comunicaciones, inteligencia de objetivos y capacidad de recuperación.
Ahí aparece la primera limitación. Los drones FPV son baratos en comparación con misiles o municiones guiadas, pero no funcionan aislados. Necesitan una arquitectura de empleo: operadores, observadores, enlaces, estaciones de control, munición, mapas, repetidores y coordinación con otras armas. Si alguno de esos elementos falla, la ventaja industrial pierde eficiencia.

La segunda limitación es la adaptación ucraniana. Ucrania lleva años desarrollando contramedidas, redes de guerra electrónica, sistemas de detección, drones interceptores, municiones antidrones, redes físicas de protección, cambios en movilidad y tácticas de dispersión. El aumento ruso de producción obliga a Kiev a responder no solo con más drones propios, sino con mejores defensas contra la saturación.
En ese sentido, la guerra de drones se convirtió en una carrera industrial y tecnológica simultánea. Rusia busca producir masa. Ucrania intenta compensar con innovación, velocidad de adquisición, descentralización, ataques logísticos y capacidad de adaptar sistemas en contacto directo con las unidades del frente. Ninguna de las dos partes puede permitirse quedar atrás.

El Ministerio de Defensa de Ucrania viene acelerando esa respuesta. Kiev informó que en 2026 sus fuerzas ya recibieron cerca de medio millón de vehículos aéreos no tripulados y otros equipos a través del sistema DOT-Chain Defence, una plataforma digital que permite a las unidades militares solicitar capacidades específicas de acuerdo con sus necesidades operativas. Ese modelo busca acortar la distancia entre fabricantes, Estado y frente.
La comparación revela dos enfoques distintos. Rusia intenta mostrar volumen industrial centralizado: millones de drones, crecimiento de fábricas, producción diaria y estandarización del abastecimiento. Ucrania, en cambio, apuesta a una combinación de producción propia, compras ágiles, integración digital, financiamiento externo, unidades especializadas y retroalimentación rápida desde el frente.
Te puede interesar: Las empresas rusas piden autorización a Putin para comprar “armas pesadas” para defenderse de los drones ucranianos











