Este 2026, se viene viendo una imagen clara del sector espacial de América Latina: los paises latinoamericanos ya no quieren sólo comprar servicios satelitales, sino que buscan producir las plataformas que los brindan. Desde satélites universitarios y demostradores tecnológicos hasta plataformas comerciales desarrollados por países latinoamericanos viajaron en misiones internacionales de India, Japón, Estados Unidos y la Estación Espacial Internacional. Algunos alcanzaron su objetivo orbital mientras algunas campañas fueron fallidas, pero todos juntos ponen en evidencia una misma tendencia: el acceso al espacio de la región depende cada vez más de lanzamientos compartidos, cooperación internacional y, sobre todo, de satélites de menor escala.

El caso brasileño y el segmento de los pequeños satélites
Los primeros ejemplares latinos que quiesieron viajar al espacio se vieron el 12 de enero con el PSLV-C62 de la India, en una misión comercial de NewSpace India Limited operada con el lanzador Polar Satellite Launch Vehicle de ISRO. A bordo viajaban el satélite principal EOS-N1 y quince cargas secundarias. Entre ellas, se encontraban cinco satélites brasileños de AlltoSpace: Edusat, Uaisat, Galaxy Explorer, Orbital Temple y Aldebaran-1. La misión no logró completarse porque el cohete sufrió una anomalía hacia el final de la tercera etapa y se desvió de su trayectoria. Aun así, el caso fue relevante para América Latina porque mostró la presencia de desarrollos brasileños dentro de una campaña internacional de lanzamiento múltiple.
Esos satélites brasileños formaban parte de una nueva economía espacial emergente: el segmento de pequeños satélites. En lugar de desarrollar pocos satélites de alta complejidad, muy costosos y complicados de fabricar y ensayar, el ecosistema espacial está virando hacia ejemplares más pequeños, sencillos, que pueden ocupar piezas de la industria tecnológica no especializadas, y que son mucho más economicos, simples de desarrollar, y livianos para lanzar al espacio. Esta tendencia es la que hoy permite a universidades, startups y empresas acceder a la órbita terrestre baja sin construir un lanzador propio. En este tipo de misiones, varias cargas comparten un mismo cohete y se integradan como pasajeros secundarios. El modelo reduce costos, pero también presenta un riesgo: si el lanzador falla, todas las cargas quedan comprometidas. Para Brasil, la carga perdida en enero representaba una apuesta por aplicaciones de Internet de las Cosas, educación, comunicaciones, monitoreo y demostración tecnológica en formato reducido.

De América Latina al espacio
El segundo hito llegó desde México, aunque con una diferencia: no fue un lanzamiento desde tierra durante 2026, sino un despliegue orbital. El 3 de febrero, el CubeSat Gxiba-1 fue liberado desde el módulo japonés Kibo de la Estación Espacial Internacional (ISS) mediante el brazo robótico del laboratorio orbital. El satélite fue desarrollado por estudiantes y profesores de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla con el objetivo de observar actividad volcánica y dispersión de cenizas mediante imágenes ópticas. Para México, un país con volcanes activos cerca de zonas densamente pobladas, esa aplicación es importante para la ciencia y la gestión de riesgo. Además, el proyecto fortalece las capacidades académicas del país y demuestra que los CubeSats se convirtieron en una puerta de entrada para universidades latinoamericanas a la producción de datos espaciales.
El 30 de marzo apareció el perfil comercial de la región. SpaceX lanzó la misión Transporter-16 desde Vandenberg, en California, con decenas de cargas hacia órbita baja. Dentro de ese paquete viajaron NewSat-53 y NewSat-54, dos satélites de Satellogic integrados y desplegados por Exolaunch. La empresa, de origen argentino y hoy con estructura internacional, forma parte del mercado de observación de la Tierra con satélites capaces de tomar imágenes para agricultura, monitoreo ambiental, infraestructura, defensa, seguros y análisis territorial. A diferencia de los CubeSats universitarios, los NewSat son parte de una constelación comercial: se lanzaron como piezas de una red de satélites que ya produce datos de manera sostenida.

El caso más simbólico para América Latina fue ATENEA, el CubeSat argentino integrado a Artemis II, la misión tripulada de la NASA que marcó el regreso humano al entorno lunar después de más de medio siglo. El CubeSat fue desarrollado por la Universidad Nacional de la Plata (UNLP) y otras universidades y organismos del ecosistema espacial argentino, bajo la gestión de la agencia espacial nacional, CONAE. Este ejemplar tuvo objetivos científicos y de validación tecnológica, y una desafío de mos más complejos: ser completamente seguro para lanzar a bordo de una misión tripulada y desplegarse para operar a 70.000 km de altitud. Durante la misión, las estaciones terrenas de CONAE en Córdoba y Tierra del Fuego lograron recibir y procesar telemetrías de ATENEA desde el espacio profundo, un gran paso técnico para el país.

Una nueva tendencia espacial en el sur
Todos estos lanzamientos no convierten a América Latina en una potencia espacial, pero sí muestran una inserción más madura en la economía espacial global. Además, el hecho de que la región participe con cargas pequeñas, misiones universitarias, empresas de observación terrestre y cooperación internacional tiene también una connotación importante: las capacidades tecnológicas ya no sólo están concentradas en grandes empresas tecnológicas sino que comienzan a llegar a todos los rincones del continente. El desafío ahora no es solo lanzar más satélites, sino sostener programas, financiar equipos, formar recursos humanos y asegurar continuidad institucional para que esos hitos no queden como episodios aislados.
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