Un satélite geoestacionario (GEO) es un satélite que orbita la Tierra a unos 35.786 km de altura, sobre el ecuador. A esa distancia, tarda 24 horas en dar una vuelta alrededor del planeta, el mismo tiempo que tarda la Tierra en girar sobre sí misma. Como ambos movimientos van al mismo ritmo, es como si el satélite quedara fijo en el cielo respecto de la superficie, siempre sobre el mismo punto del ecuador. Esa estabilidad es la razón por la que se usan tanto para televisión, internet satelital, telefonía y meteorología, ya que permiten cobertura continua sobre las mismas zonas de la Tierra, no como los satélites en órbitas más bajas.

Representación gráfica de la rotación de la Tierra junto con dos satélites geoestacionarios. Se observa que los satélites conservan la misma posición respecto de la Tierra a medida que el conjunto rota.
Representación gráfica de la rotación de la Tierra junto con dos satélites geoestacionarios. Se observa que los satélites conservan la misma posición respecto de la Tierra a medida que el conjunto rota.

¿Cómo es un satélite geoestacionario? ¿Qué cargas útiles lleva a bordo?

Un satélite geoestacionario es una plataforma espacial grande, de alta complejidad y costosa. Estos ejemplares están diseñados para resistir muchos años en operación puesto que llegar a casi 36 mil km de altitud es muy dificil: requiere mucha energía de propulsión y planificación. Por eso, se fabrica con estándares altos, con sistemas redundantes, y con buena protección frente al ambiente espacial, en particular la radiación y temperatura. Además, estos satélites necesitan propulsión propia para hacer correcciones y mantenerse dentro de su zona orbital, puesto que, por más que estén conceptualmente “fijos” desde la Tierra, hay fenómenos que modifican levemente esa posición de forma constante.

Por su parte, la carga útil es la parte del satélite encargada de realizar el trabajo para el que está diseñado. Para comunicaciones, esa carga útil suele incluir antenas y equipos de radio que funcionan como una estación repetidora en el espacio. En el enfoque clásico, el satélite recibe la señal desde Tierra (uplink), la amplifica, la cambia a otra frecuencia para evitar interferencias internas, y la vuelve a bajar (downlink). Eso es lo que hacen los transponders.

En satélites más modernos, parte de ese trabajo se hace con procesamiento digital a bordo. El satélite puede ordenar mejor el tráfico, concentrar capacidad donde hay más demanda y generar haces más precisos, como si iluminara la Tierra con linternas más chicas en vez de una sola luz grande.

En ambos casos, la carga útil está pensada alrededor de dos limitaciones:la posión orbital del satélite (dónde está ubicado sobre la órbita o cinturón geoestacionario) y qué frecuencias de transmisión usa.

ARSAT-2, el segundo satélite geoestacionario propio que Argetina lanzó al espacio, en 2015. Desde entonces y hasta la fecha es operado por la empresa ARSAT.
ARSAT-2, el segundo satélite geoestacionario propio que Argetina lanzó al espacio, en 2015. Desde entonces y hasta la fecha es operado por la empresa ARSAT. Crédito: INVAP.

¿Qué recursos orbitales ocupa un satélite en GEO?

En la práctica, los satélites geoestacionaros ocupan y necesitan dos recursos limitados: una posición en el cinturón geoestacionario y un conjunto de frecuencias de transmisión. En otras palabras, además de estar en GEO, hay que definir dónde se ubica y por qué canales de radio va a comunicarse.

Es claro que, como los satetélites geoestacionarios quedan “fijos” en un mismo punto respecto de la tierra, es como si la órbita o cinturón geoestacionario tuviera una cantidad limitada de espacidos para ocupar. Pero, además, los satélites transmiten información en forma de ondas electromagnéticas, que tienen una frecuencia. Si dos ejemplares transmiten en la misma frecuencia, entonces la informacion “se pisa” entre sí y se genera interferencia. Esto introduce el concepto de la posición orbital y la frecuencia de transmisión como un recurso.

Por eso existen reglas internacionales para llevar la coordinación técnica de la órbita geoestacionaria que, entre otras cosas, otorga a paises u organizaciones sus propias posiciones y frecuencias.

Representación del cinturón geoestacionario, con todas las posiciones orbitales bien definidas.

¿Qué factores determinan posición o frecuencia?

La posición orbital en GEO determina dos factores importantes en la operación de los satélites. El primero es la zona de cobertura: qué regiones puede “ver” el satélite y con qué ángulo. Cuanto más lejos esté una ciudad del ecuador, más bajo aparece el satélite sobre el horizonte y más fácil es que haya problemas de conexión por obstáculos, como edificios o relieves naturales, o por mayor recorrido de la señal en la atmósfera. El segundo es cuánta separación se necesita con otros satélites sobre el cinturón GEO para evitar interferencia y facilitar el apuntado de antenas en tierra, sobre todo para antenas chicas.

Las frecuencias, por su parte, se eligen según el servicio y el entorno. En GEO se usan sobre todo bandas C, Ku y Ka. A grandes rasgos, Ka ofrece mucha capacidad y permite antenas más pequeñas, pero suele ser más sensible a la lluvia. Ku brinda un equilibrio para TV y datos. Y, finalmente, C es más robusta frente a lluvia y útil para coberturas amplias, aunque suele requerir antenas mayores y convive con más presiones de uso del espectro en algunos países. Además, no importa solo la banda, también cuentan otros fenómenos del espectro electromagnético que deben tenerse en cuenta para no generar interferencias en canales vecinos.

La coordinación internacional

Como dijimos, puesto que las posiciones y frecuencias en GEO son recursos limitados, se coordinan con reglas internacionales y con la intervención de la autoridad de telecomunicaciones de cada país. La idea es, por un lado, otorgar lugares y frecuencias de forma equitativa. Y, por el otro, evitar la interferencia y degradación del servicio cuando dos satélites se encuentran demasiado cerca y/o usan frecuencias incompatibles.

Para un operador, obtener un slot o posición en GEO y un paquete de frecuencias implica trabajo técnico y administrativo. Debe registrar el sistema satelital, coordinarlo con satélites vecinos y definir cómo se van a usar esas frecuencias, en términos de potencia, cobertura, etc. También se exige demostrar que el satélite realmente va a entrar en operación, porque si alguien reserva una posición y no la utiliza, bloquea un recurso que otros podrían aprovechar.

A nivel país, esta coordinación también tiene un costado estratégico. Asegurar acceso a posiciones y espectro ayuda a sostener servicios críticos: conectividad en zonas remotas, comunicaciones institucionales, transmisión de contenidos, respaldo ante emergencias y operaciones que no pueden depender al 100% de infraestructura terrestre.

ARSAT-SG1, satélite geoestacionario de telecomunicaciones.
ARSAT-SG1 es el nuevo satélite de telecomunicaciones que la Argentina, a través de la CONAE y con INVAP como contratista, está desarrollando. Crédito: Argentina.gob.

¿Satélites en GEO o constelaciones en LEO?

Durante décadas, las telecomunicaciones satelitales se apoyaron principalmente en la órbita geoestacionaria porque era la forma más directa de dar servicio. Un satélite “fijo” puede cubrir regiones enormes de manera continua, e incluso con pocas naves se armaban redes globales. Además, las antenas en tierra podían apuntar siempre al mismo lugar, sin seguimiento complejo.

Sin embargo, en los últimos años surgió una nueva tendencia: el crecimiento del internet satelital como alternativa a la fibra y a las redes móviles, sobre todo en zonas sin infraestructura. El internet moderno no implica solo recibir la información, necesita respuesta rápida para videollamadas, plataformas interactivas y respuesta en tiempo real. Ahí GEO queda condicionado por la física: al estar a 35.786 km, la señal recorre una distancia enorme y la demora o latencia se nota.

Las constelaciones en órbita terrestre baja (LEO), desde los 400 a 1200 km de altitud, responden a ese problema. Al estar más cerca de la Tierra, reducen la latencia y reparten capacidad de manera más eficiente por zonas. Sin embargo, un satélite en LEO no se queda fijo en una región del planeta. De hecho, desde Tierra, a veces podemos ver a los satélites en LEO como vemos pasar a un avión: una luz tenue en el cielo que rápidamente desaparece por el horizonte. De esta forma, para tener servicio continuo en una misma zona, se necesitan muchos satélites, traspasos constantes de conexión y operación compleja. Así, cuando un satélite se aleja de la zona de cobertura, se garantiza que otro se acerque para mantener la conexión.

Por eso, no es que una de las conexiones reemplaza a la otra. LEO está empujando el internet satelital y la conectividad móvil para aviones, barcos y rutas a nivel internacional. Mientras tanto, GEO sigue siendo competitivo donde importa la cobertura permanente desde un punto fijo, la distribución masiva y misiones como meteorología. En la práctica, el mercado está yendo a esquemas híbridos: cada órbita se usa donde mejor rinde.

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