Los agujeros negros son algunos de los objetos más extremos y misteriosos del universo. Su gravedad es tan intensa que, una vez que se atraviesa un límite conocido como horizonte de sucesos, nada puede escapar de ellos, ni siquiera la luz. Aunque durante mucho tiempo su existencia fue una predicción de la física, hoy sabemos que se encuentran distribuidos por el cosmos, desde los restos de estrellas hasta los centros de grandes galaxias. Pero ¿cómo se forman, qué ocurre en su interior y cómo pueden los científicos estudiar algo que no emite luz?

Durante décadas, los agujeros negros fueron uno de los grandes desafíos de la astronomía. Su existencia está relacionada con la teoría de la relatividad general de Albert Einstein, que describe cómo la materia y la energía modifican el espacio-tiempo. En 2019, una colaboración internacional consiguió obtener la primera imagen de la sombra de uno de estos objetos, denominado M87* y ubicado en el centro de la galaxia Messier 87, a unos 55 millones de años luz de la Tierra. El descubrimiento permitió observar directamente los efectos de una gravedad extrema y abrió una nueva etapa en su investigación.
¿Cómo funcionan los agujeros negros?
Un agujero negro se forma cuando una gran cantidad de masa queda concentrada en un espacio muy pequeño, generando una gravedad tan intensa que ni siquiera la luz puede escapar. Su límite se conoce como horizonte de sucesos: una frontera a partir de la cual nada puede salir del agujero negro.
Una de las formas más comunes en que se originan estos objetos es cuando una estrella muy masiva llega al final de su vida. Al agotar su combustible del nucleo estelar, pierde la capacidad de resistir su propia gravedad y su núcleo colapsa hacia el centro de la estrella. Si tiene suficiente masa, termina formando un agujero negro.
Sin embargo, no todos tienen el mismo tamaño; los astrónomos distinguen tres grandes categorías. En primer lugar, están los agujeros negros de masa estelar, que se forman principalmente por el colapso de estrellas masivas y suelen tener masas de varias a decenas de veces la del Sol. En segundo lugar, están los agujeros negros supermasivos, que contienen desde cientos de miles hasta miles de millones de masas solares y se encuentran en los centros de numerosas galaxias. Finalmente, están los agujeros negros de masa intermedia, que ocupan el rango entre los anteriores. Si bien existen candidatos y evidencias de la presencia de éstos últimos, su población y sus mecanismos de formación continúan siendo investigados.
También se ha propuesto la existencia de agujeros negros primordiales, que podrían haberse formado durante los primeros instantes del universo, pero todavía no se ha confirmado su existencia.
Uno de los ejemplos más conocidos es Sagitario A*, el agujero negro supermasivo ubicado en el centro de la Vía Láctea, con una masa equivalente a unos cuatro millones de soles. Mucho más masivo es M87*, protagonista de la primera imagen de 2019, que concentra 6.500 millones de masas solares.
Aunque los agujeros negros no pueden observarse directamente mediante la luz que emiten, los científicos pueden detectar sus efectos sobre el entorno. Cuando atraen gas y otros materiales, estos pueden formar un disco de acreción: una estructura de materia que gira alrededor del agujero negro, se calienta a temperaturas extremas y emite radiación detectable por telescopios.
También pueden identificarse mediante el movimiento de estrellas cercanas o a través de ondas gravitacionales, pequeñas perturbaciones del espacio-tiempo generadas, por ejemplo, cuando dos agujeros negros se fusionan.

¿Qué ocurre cerca de un agujero negro?
Una de las mayores incógnitas de la física es qué sucede después de atravesar el horizonte de sucesos, la frontera a partir de la cual nada puede escapar de un agujero negro. Si bien existen teorías, como la relatividad general, que permiten describir lo que podría ocurrir en su interior, todavía no contamos con una explicación definitiva de las condiciones extremas que existen en su centro.
Cerca de un agujero negro también ocurren fenómenos extraordinarios. Uno de ellos es la espaguetificación, un proceso que puede afectar a cualquier objeto que se acerque demasiado al agujero, desde un asteroide o una nave espacial hasta una persona. Debido a la enorme atracción gravitatoria que hay en su entorno, la parte del objeto más cercana al agujero negro experimenta una atracción mayor que la parte más alejada. Esta diferencia de fuerzas estira progresivamente al objeto, hasta deformarlo y destruirlo.
Además, la gravedad extrema también afecta al tiempo: cerca del agujero negro, el tiempo pasa mucho más lento.
Todavía queda mucho por aprender
La investigación de la física detrás de los agujeros negros continúa avanzando gracias a instrumentos como el Event Horizon Telescope, una red internacional de radiotelescopios que permitió obtener imágenes de M87* y Sagitario A*. Junto con los observatorios de ondas gravitacionales, estas instalaciones permiten estudiar fenómenos que hasta hace pocas décadas solo podían analizarse mediante modelos teóricos.
Los agujeros negros no son simplemente objetos capaces de absorber materia. También son laboratorios naturales para investigar la gravedad, la evolución de las galaxias y los límites de las leyes físicas conocidas. Comprenderlos podría ayudar a resolver algunas de las preguntas más importantes de la ciencia, incluida la relación entre la relatividad general y la física cuántica.
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