El Shahed-136, conocido en Rusia como Geran-2, sigue siendo uno de los drones kamikaze más peligrosos del mundo. No lo es por ser el más avanzado, sino por una combinación que cambió la guerra moderna: bajo costo relativo, largo alcance, producción masiva y capacidad para saturar defensas aéreas. Hoy ya tiene competidores y equivalentes, como el LUCAS de Estados Unidos, el Switchblade 600 o el israelí Harop, pero ninguno resume tan bien como el Shahed la lógica de la guerra por volumen.
Su impacto quedó demostrado en Ucrania. Rusia lo empleó como arma de ataque unidireccional para golpear infraestructura, presionar ciudades y obligar a Ucrania a gastar recursos defensivos contra amenazas relativamente baratas. Para el Center for Strategic and International Studies (CSIS), la campaña rusa con drones Shahed expuso una lógica de desgaste: aun cuando muchos son derribados, su bajo costo permite lanzar grandes salvas de forma persistente y forzar a las defensas a responder una y otra vez.

El kamikaze de oriente vs. las nuevas alternativas occidentales
A diferencia de un dron armado reutilizable, el Shahed-136 está pensado para una misión de ida. Se lanza hacia un objetivo, vuela una ruta preprogramada y explota al impactar. Por eso se lo considera una munición merodeadora o, con más precisión en este caso, un dron de ataque unidireccional. Su lógica se parece menos a la de un avión no tripulado tradicional y más a la de un misil de crucero barato.
El diseño es simple y efectivo. Tiene un fuselaje central integrado a un ala delta recortada, estabilizadores verticales en las puntas y una hélice impulsora trasera. Según el Open Source Munitions Portal, mide unos 3,5 metros de largo, tiene 2,5 metros de envergadura, puede llevar ojivas de hasta 50 kilos y posee un alcance estimado de 1.000 a 2.000 kilómetros. Su guiado combina navegación satelital e inercial, suficiente para atacar coordenadas fijas a gran distancia.
El Shahed no necesita ser veloz, furtivo ni extremadamente preciso para ser eficaz, puesto que su función es aparecer en cantidad, obligar al enemigo a detectar, clasificar e interceptar múltiples blancos, y desgastar una defensa aérea que suele depender de misiles mucho más caros. Incluso cuando no impacta, sirve para agotar interceptores, revelar posiciones defensivas o abrir paso a ataques con misiles más potentes.
Un dron kamikaze que todos quieren tener
El LUCAS estadounidense es uno de los ejemplos de incorporación de esta idea por otras potencias. El Comando Central de Estados Unidos anunció en 2025 la formación de un escuadrón de drones de ataque unidireccional con plataformas LUCAS, de bajo costo, operación autónoma y lanzamiento desde catapultas, sistemas asistidos por cohete o vehículos terrestres. CENTCOM ubicó su costo aproximado en US$ 35.000 por unidad, una cifra que confirma el giro hacia armas baratas y escalables.

Otros sistemas ocupan nichos distintos. El Switchblade 600 estadounidense es más táctico: está pensado para atacar vehículos blindados con una ojiva antitanque, sensores electroópticos e infrarrojos, más de 40 minutos de autonomía y alcance superior a 40 kilómetros. El Harop israelí, en cambio, es más sofisticado. Combina características de dron y misil, puede permanecer hasta nueve horas en vuelo, buscar objetivos de alto valor y mantener control humano en la decisión de ataque.
Por eso, hasta ahora, el Shahed-136 sigue siendo el más peligroso, pero con matices. No es necesariamente el dron kamikaze más preciso, moderno o versátil, sino que su peligrosidad está en que convirtió una munición relativamente simple en una herramienta estratégica de desgaste. Mientras esa ecuación entre costo, alcance y cantidad siga funcionando, seguirá siendo la referencia más importante de los drones kamikaze modernos.
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