Mientras Argentina avanza en la licitación internacional para contratar el lanzamiento del SABIA-Mar, se vuelve a poner en marcha una de sus misiones espaciales más complejas de los últimos años en el país: un satélite diseñado para estudiar el mar, las costas y los ecosistemas oceánicos desde órbita.
La novedad marca un punto importante para el programa espacial argentino. Después del vuelo del CubeSat ATENEA en Artemis II a principios de abril, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) busca concretar ahora una misión de observación terrestre de mucha mayor escala y complejidad técnica. La apertura formal de la licitación para elegir el cohete que llevará al SABIA-Mar al espacio muestra que el proyecto sigue avanzando hacia una ventana de lanzamiento prevista para 2027.

Qué es el SABIA-Mar y qué otros satélites similares existen
SABIA-Mar significa “Satélite de Aplicaciones Basadas en la Información Ambiental del Mar”. Forma parte del Plan Nacional Espacial y fue concebido específicamente para observar océanos y zonas costeras con instrumentos ópticos de alta sensibilidad. Su objetivo no es tomar imágenes “turísticas” de la Tierra, sino medir variables ambientales fundamentales para la ciencia, la pesca, el monitoreo climático y el estudio del Atlántico Sur.
El satélite permitirá analizar productividad biológica marina, color del océano, concentración de fitoplancton, sedimentos, dinámica costera, calidad del agua y comportamiento de ecosistemas marinos y estuarios. También aportará información sobre el ciclo del carbono y fenómenos ambientales vinculados al cambio climático.
A diferencia de otros satélites argentinos como los SAOCOM, que utilizan radar para observar la superficie terrestre incluso a través de nubes, el SABIA-Mar trabajará principalmente con sensores ópticos multiespectrales y térmicos especialmente pensados para el estudio oceánico.

Dentro del programa espacial argentino, la misión tiene además un antecedente directo: SAC-D / Aquarius, el satélite desarrollado en conjunto entre Argentina y NASA y lanzado en 2011. Esa misión permitió construir mapas globales de salinidad superficial de los océanos y aportó información clave para estudiar circulación oceánica, clima y ciclo del agua. En muchos aspectos, SABIA-Mar retoma esa línea científica, aunque enfocado específicamente en monitoreo biológico y ambiental marino de alta resolución.
El proyecto también dialoga con desarrollos más recientes de la CONAE, como la familia SARE (Satélites de Arquitectura Segmentada), una plataforma modular orientada a misiones más pequeñas y flexibles. Algunos de sus modelos incorporan instrumentos ópticos y térmicos vinculados al monitoreo de agua y superficie terrestre, tecnologías que comparten parte de la lógica instrumental del SABIA-Mar.
A nivel internacional, el referente más cercano es la constelación Sentinel-3 de la Agencia Espacial Europea (ESA), utilizada para medir temperatura oceánica, color del mar y variables ambientales globales mediante sensores multiespectrales y radiómetros de alta precisión. También forman parte de esta generación de observación oceánica los instrumentos MODIS y VIIRS, operados por NASA y NOAA en satélites como Aqua, Terra y Suomi NPP, fundamentales para estudios climáticos, monitoreo de fitoplancton y dinámica de ecosistemas marinos a escala planetaria.

Un satélite estratégico para el Atlántico Sur
La misión tiene además un componente geopolítico y científico importante. Argentina posee una de las plataformas marítimas más extensas del planeta, con enorme relevancia económica, pesquera y ambiental. Sin embargo, gran parte de los datos oceanográficos de alta resolución siguen dependiendo de sistemas extranjeros.
Con el SABIA-Mar, la CONAE apunta a generar datos propios sobre el Mar Argentino y las costas sudamericanas, con aplicaciones que van desde investigación climática hasta gestión pesquera y monitoreo ambiental. Parte de esa información también tendría interés internacional: distintos organismos científicos y espaciales ya trabajan con modelos oceánicos similares para seguimiento climático global.
Qué se sabe sobre el estado del proyecto
Durante los últimos meses, el estado real de la misión generó dudas dentro del sector espacial argentino. En el Informe 145 enviado al Congreso, el Gobierno informó que el presupuesto vigente del proyecto asciende a unos $12.600 millones y señaló que la participación de INVAP en las erogaciones del programa rondaría el 50 %.
Ese dato abrió interrogantes porque la CONAE seguía manteniendo oficialmente una previsión de lanzamiento para 2026. Sin embargo, los tiempos técnicos habituales de una campaña espacial hacían difícil sostener ese cronograma, especialmente considerando que todavía faltaba definir el lanzador, realizar ensayos ambientales finales e integrar el satélite al cohete.
La publicación de la licitación internacional terminó funcionando como una señal más concreta del calendario real. El SABIA-Mar continúa avanzando, pero su lanzamiento se proyecta ahora hacia 2027.

Qué falta antes del despegue
Elegir un lanzador es mucho más que contratar un “viaje al espacio”. Una vez adjudicado el servicio, comienza una etapa compleja de integración técnica entre el satélite y el cohete seleccionado. Eso incluye ensayos de compatibilidad mecánica, vibraciones, validación térmica, simulaciones orbitales y revisiones de seguridad.
El SABIA-Mar tendrá una órbita polar heliosincrónica de aproximadamente 700 kilómetros de altura, ideal para observación terrestre porque permite pasar sobre una misma región bajo condiciones de iluminación similares.
Además del trabajo de CONAE e INVAP, distintas universidades e instituciones argentinas participan en desarrollos específicos para la misión. La Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Plata, por ejemplo, contribuyó con receptores GNSS y sistemas de adquisición de datos ambientales para el satélite.
El nuevo escenario espacial argentino
El SABIA-Mar aparece en un momento de transición para la actividad espacial argentina. En los últimos años, el ecosistema global se desplazó hacia constelaciones más pequeñas, satélites especializados y costos de lanzamiento más bajos. Pero al mismo tiempo, las misiones científicas de alta complejidad siguen siendo estratégicas para países que buscan sostener capacidades tecnológicas propias.
Por eso, el SABIA-Mar no representa solamente un nuevo satélite. También funciona como una prueba de continuidad para una línea de desarrollo que Argentina construyó durante décadas junto a instituciones como CONAE, INVAP, universidades nacionales y empresas tecnológicas asociadas.
Si la misión logra concretarse, el país volverá a colocar en órbita una plataforma científica avanzada desarrollada localmente, enfocada en uno de los recursos más importantes —y menos observados— de la región: el océano.
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