La guerra de drones llegó al corazón de la infraestructura rusa. Empresas industriales del país le pidieron al presidente Vladimir Putin autorización para comprar armas pesadas, sistemas de guerra electrónica y hasta equipos láser para defenderse de ataques de drones ucranianos. El reclamo muestra que la amenaza ya alcanza refinerías, plantas químicas, depósitos, puertos y otros puntos clave de la economía rusa, que las propias compañías quieren comenzar a defender.
El pedido fue planteado por Alexander Shokhin, presidente de la Unión Rusa de Industriales y Empresarios, durante una reunión en el Kremlin. Según Reuters, las compañías ya podían usar fusiles de calibre 7,62 mm para tareas de protección, pero consideran que ese nivel de defensa resulta insuficiente frente a drones de mayor alcance o ataques coordinados. Por eso pidieron acceso a armas de mayor calibre, sistemas electrónicos de interferencia y soluciones láser.

Los drones y el nuevo esquema de defensa en la guerra moderna
Un punto complejos del esquema de defensa de la guerra moderna es que los drones baratos obligan a desplegar defensas mucho más caras. Muchos de estos vehículos vuelan bajo, usan rutas difíciles de prever y pueden atacar objetivos fijos con explosivos. Para detectarlos hacen falta radares de corto alcance, cámaras térmicas, sensores acústicos o sistemas electroópticos. Para neutralizarlos, las opciones van desde cañones y munición programable hasta inhibidores de señal, redes, interceptores o armas de energía dirigida.
La guerra electrónica busca cortar o degradar el vínculo entre el dron y su operador. También puede interferir señales de navegación satelital, como GPS o sistemas equivalentes. Pero esa defensa no siempre funciona, porque algunos drones vuelan con navegación preprogramada, usan enlaces resistentes a interferencia o incorporan fibra óptica. Por eso crece el interés en soluciones físicas, como proyectiles, microondas de alta potencia o láseres.
Los láseres son atractivos porque prometen un costo por disparo bajo frente a amenazas baratas y repetitivas. Su limitación está en la potencia disponible, la precisión del seguimiento, el clima, el humo, la distancia y el tiempo necesario para dañar el blanco. No son una solución mágica, pero pueden ser útiles como parte de una defensa en capas, combinada con sensores y otros sistemas.
El reclamo de las empresas rusas expone una transformación más profunda, en la que la guerra moderna está desplazando la defensa aérea hacia objetivos civiles e industriales, donde no siempre hay sistemas militares permanentes. Refinerías, plantas de fertilizantes y puertos se convirtieron en blancos estratégicos porque afectan logística, exportaciones y energía. Así, proteger infraestructura crítica ya no depende solo del ejército, sino que también empieza a involucrar a empresas, guardias privados y tecnología anti-drones instalada en el territorio.
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