Argentina avanzó en un programa de cooperación con Estados Unidos para fortalecer sus capacidades de vigilancia y control marítimo en el Atlántico Sur. El plan forma parte de una iniciativa a cinco años orientada a mejorar el patrullaje, el monitoreo y el conocimiento del dominio marítimo en áreas de interés nacional. El eje central del acuerdo es construir una red tecnológica más robusta para detectar, identificar y seguir actividades en el mar con mayor precisión.
El Atlántico Sur es una zona estratégica para la Argentina por su extensión marítima, sus recursos pesqueros, sus rutas de navegación y su vínculo con la soberanía sobre espacios oceánicos de alto valor económico. En ese escenario, la vigilancia marítima esta evolucionando hacia un esquema que integra de sensores, aeronaves, comunicaciones, sistemas de comando y análisis de datos. El objetivo es que el Estado pueda saber qué ocurre en el mar, distinguir movimientos sospechosos y actuar con mayor rapidez ante pesca ilegal, emergencias, tareas de búsqueda y rescate o posibles infracciones.

Los ejes del plan de vigilancia
Uno de los primeros pasos del programa fue la modernización de un avión B-200M Cormorán de la Aviación Naval de la Armada Argentina. La aeronave recibió sensores multiespectrales, sistemas de comando y control, enlaces de datos y nuevas capacidades de comunicaciones. Esto permite que el avión observe una zona mientras procesa, registra y transmite información útil hacia otros nodos operativos, como centros de control o unidades navales.
La mejora más importante fue la incorporación del sistema WESCAM MX-10, un sensor electroóptico e infrarrojo compacto utilizado para vigilancia, reconocimiento y apoyo a operaciones marítimas. Este tipo de equipo combina cámaras visibles e infrarrojas para observar de día, de noche y en condiciones de visibilidad limitada. Su utilidad es clave en el mar, donde un buque puede estar a gran distancia, moverse lentamente o intentar reducir su visibilidad apagando sistemas de identificación. Con sensores de este tipo, una aeronave puede detectar una presencia, acercarse para identificarla, registrar imágenes y apoyar decisiones operativas sin depender únicamente de la observación visual directa.

El programa también prevé la incorporación de dos aeronaves nuevas Textron B-360ER MPA, configuradas específicamente para patrullaje marítimo. Estas unidades contarán con radar de búsqueda de superficie, sensores infrarrojos, comunicaciones satelitales, sistemas ISR y capacidades de comando y control. El radar permite detectar contactos sobre la superficie del mar a distancias mucho mayores que una cámara, mientras que los sensores electroópticos e infrarrojos sirven para identificar con más detalle lo que el radar detectó. Las comunicaciones satelitales, por su parte, permiten transmitir información más allá del alcance de las radios convencionales, algo fundamental en operaciones sobre grandes extensiones oceánicas.
A partir de mediados de 2027, el plan contempla además la provisión de vehículos aéreos no tripulados de despegue y aterrizaje vertical. Estos drones están pensados para operar desde patrulleros oceánicos de la Armada, lo que ampliaría el alcance de vigilancia de cada buque. Su ventaja es que pueden despegar desde una plataforma naval sin requerir pista, elevarse sobre el horizonte visual del barco y explorar áreas cercanas con sensores propios. En la práctica, permiten que un patrullero vea más lejos, identifique objetivos antes y reduzca la necesidad de aproximarse sin información previa.
El cronograma también incluye, hacia 2029, un simulador para las aeronaves P-3C Orión recientemente incorporadas. El entrenamiento simulado es una pieza crítica en sistemas complejos, puesto que permite formar tripulaciones y practicar procedimientos y escenarios de patrulla marítima.
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