La Armada de EE.UU. presentó un plan de construcción naval a 30 años que combina buques de guerra tradicionales, embarcaciones no tripuladas, submarinos autónomos, fragatas modulares y una nueva clase de acorazado nuclear. El objetivo sería llegar a una fuerza de 450 unidades hacia 2031 y adaptar la flota a un escenario internacional fuertemente marcado por la guerra naval distribuida y el uso creciente de sistemas autónomos. En lugar de una flota con pocas plataformas caras, Washington busca una combinación de grandes buques tripulados, drones marítimos, sensores distribuidos y armas de largo alcance.
Particularmente, la fuerza proyectada incluye 299 buques de combate, 68 buques auxiliares y 83 embarcaciones no tripuladas. En el corto plazo, el pedido presupuestario del año fiscal 2027 solicita fondos para 34 buques tripulados y 5 plataformas no tripuladas, mientras que el período fiscal 2027-2031 contempla 122 buques y 63 plataformas no tripuladas.
La idea es que la nueva flota debe ser un sistema integrado que genere poder de combate en todos los dominios: superficie, subsuelo marino, aire, espacio, ciberespacio y espectro electromagnético. Para ello, los nuevos vehículos deben poder vincularse y actuar como nodos de una red de sensores, comunicaciones, armas y mando. Esa arquitectura mezcla plataformas de alta gama –portaaviones nucleares, submarinos, destructores, buques anfibios y el futuro acorazado– con sistemas más simples y económicos –fragatas, buques de desembarco pequeños y sistemas no tripulados.

Los buques de superficie no tripulados MUSV
Uno de los ejes más importantes del plan es la incorporación de Medium Unmanned Surface Vessels (MUSV), embarcaciones medianas de superficie no tripuladas. Los MUSV son plataformas escalables, desplegables, adaptables y de menor costo relativo. Como no necesitan alojar una tripulación permanente, requieren menos volumen interno, costos operativos y riesgos humanos. Su objetivo es ampliar la presencia de la flota y llevar sensores, equipos de comunicaciones o cargas útiles de misión.
Su ventaja principal es el uso de cargas útiles contenedorizadas, es decir, módulos que pueden instalarse o retirarse según la tarea. Un mismo casco podría operar con sensores para vigilancia marítima, equipos de guerra electrónica, sistemas antisubmarinos o incluso cargas y misiles.
De esta forma, los MUSV operan con buques de combate y son controlados por unidades tripuladas. En una operación real, un grupo de MUSV podría adelantarse para explorar una zona, detectar amenazas, actuar como señuelo y llevar cargas de ataque sin exponer a un buque tripulado.
Actualmente, la Armada opera dos MUSV: el Sea Hunter y Seahawk son los primeros vehículos de superficie no tripulados de tamaño mediano operados por Estados Unidos. Ambos presentan unos 41 metros de eslora y tienen un desplazamiento de 142,3 toneladas métricas a plena carga. Sin embargo, estos ejemplares se utilizan como prototipos para investigación y experimentación. El nuevo plan busca un modelo más orientado a necesidades operativas, con prototipos cercanos a producción, para poder operar cuanto antes.

UUV: vehículos submarinos autónomos para el dominio más difícil
El otro eje autónomo está asociado a los Unmanned Undersea Vehicles (UUV), vehículos submarinos no tripulados. Estas plataformas deben operar en un ambiente mucho más complejo que la superficie, donde las comunicaciones y el posicionamiento son muy difíciles.
Para ello, los UUV incluyen sonar avanzado, almacenamiento y transmisión de datos, comunicaciones acústicas y conocimiento del ambiente oceánico. Sus tareas incluyen inteligencia, vigilancia y reconocimiento, patrullas silenciosas, mapeo del lecho marino, y despliegue de sensores y cargas útiles. La idea es ampliar la presencia submarina sin depender siempre de submarinos nuclear tripulados, que son de las plataformas militares más caras y sensibles.
Un caso en actual desarrollo es el de los UUV Bluefin, que General Dynamics produce para Norteamérica y Australia. Estos vehículos autónomos tienen la misión particular de buscar, clasificar e identificar minas marinas, proporcionando a un grupo de trabajo marítimo una capacidad inicial de contramedidas contra minas (MCM).
El regreso del acorazado, pero con propulsión nuclear
El punto más llamativo del plan es la aparición de una nueva clase de Battleship, identificada como BBG(X) o BBGN. Esta propuesta, traducida como “acorazado”, apunta a un gran combatiente de superficie nuclear, diseñado para llevar capacidad de generación eléctrica, armas de largo alcance, sistemas de control y sensores avanzados.
Según la Armada, los destructores Arleigh Burke siguen siendo buques muy capaces, pero llegaron al límite de espacio, energía y capacidad de integración. El futuro acorazado nuclear buscaría implementar una plataforma más grande, de mayor autonomía, mayor velocidad y más capacidad para alojar armas avanzadas. Su rol principal sería entregar fuegos ofensivos de largo alcance y servir como plataforma robusta de mando y control adelantado.
El plan menciona módulos de carga avanzada, espacio para futuros sistemas de lanzamiento vertical, armas hipersónicas, capacidad de despliegue de armas nucleares tácticas desde unidades de superficie, guerra electrónica, láseres de alta potencia y fuego naval avanzado de alcance medio. También plantea que la mayor generación eléctrica del buque permitiría operar sistemas de mucha energía, como armas de energía dirigida o equipos de guerra electrónica.

Fragatas, destructores y buques auxiliares
En paralelo, EE.UU. también busca una nueva generación de fragatas y la continuidad de los destructores Arleigh Burke. Las fragatas son plataformas de menor costo relativo, útiles para presencia, escolta, vigilancia y operaciones distribuidas. También tendrían un papel importante como nodos de control para MUSV.
Los destructores DDG-51, por su parte, seguirán siendo el núcleo de la defensa aérea y antimisil de la flota de superficie. Son buques multimisión con radares avanzados, sistemas de lanzamiento vertical y capacidad para defensa aérea, guerra antisubmarina, ataque a tierra y operaciones con grupos de portaaviones. El plan no los abandona, pero busca quitarles misiones de menor exigencia para que se concentren en tareas de mayor valor militar.
Costos y riesgos
La ambición del plan es alta y sus riesgos también. La Armada proyecta comprar 15 acorazados hacia 2055, incluidos tres en los próximos cinco años, con un costo estimado de US$ 43.500 millones para esos tres primeros buques hasta 2031. El propio presupuesto oficial confirma una partida de US$ 1.000 millones en adquisición avanzada para BBG(X) en el año fiscal 2027, orientada al buque líder de la clase. Esa cifra no representa el costo total del programa, sino una inversión inicial.
Sin embargo, el desafío técnico no está solo en diseñar el buque; también está en construirlo. Los astilleros estadounidenses que fabrican destructores no están necesariamente preparados para buques de superficie nucleares, mientras que los astilleros con experiencia nuclear ya están cargados con portaaviones y submarinos. Además, una flota más grande no solo cuesta más al comprarse, sino también al sostenerse. Tripulaciones, mantenimiento, repuestos, modernizaciones, combustible, infraestructura y ciclos de reparación pueden tensionar el presupuesto durante décadas.
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