En la historia de la exploración espacial argentina, el nombre de Belisario ocupa un lugar de vanguardia. Dos años antes de que el célebre mono Juan alcanzara la frontera del espacio, este pequeño ratón de laboratorio se convirtió en el primer ser vivo en ser lanzado y recuperado con éxito a bordo de un cohete nacional. La misión de Belisario, llevada a cabo el 11 de abril de 1967 como parte del Proyecto BIO, un programa que tenía como objetivo estudiar los efectos biológicos de la aceleración y la microgravedad en vuelos suborbitales.

El Proyecto BIO
El Proyecto BIO fue una iniciativa liderada por la entonces Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) –predecesora de la actual CONAE– y dirigida por el Instituto de Medicina Aeronáutica y Espacial (IMAE). El programa se organizó en varias misiones de complejidad creciente, y la de Belisario fue la primera de esa serie, que consistió en lanzar un ratón en un vuelo suborbital para estudiar cómo respondía un organismo vivo a la aceleración y la microgravedad, mientras se ponían a prueba los sistemas de telemetría biológica. En esa misión se comprobó la capacidad de transmitir en tiempo real datos biomédicos, como electrocardiogramas y frecuencias respiratorias, desde el cohete en vuelo. El esfuerzo involucró a ingenieros del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas (CITEFA), médicos y biólogos, que diseñaron cápsulas con sistemas de amortiguación de vibraciones y control térmico pasivo para proteger a los animales.
A través de hitos sucesivos, el proyecto no sólo validó la fiabilidad de los motores de combustible sólido y los sistemas de recuperación por paracaídas, sino que situó a la Argentina como la cuarta o quinta nación en el mundo en completar con éxito experimentos de supervivencia biológica en vuelos suborbitales.

El cohete Yarará
Para el lanzamiento se utilizó el cohete Yarará, un vector de combustible sólido desarrollado por CITEFA. El vehículo alcanzó una altitud de 2.300 metros antes de que la cápsula, diseñada específicamente para proteger al roedor, iniciara su descenso controlado. Con una longitud de 2,5 metros y un diámetro de 10 centímetros, este lanzador era capaz de transportar cargas ligeras, como la cápsula de Belisario, hasta la atmósfera baja.
Su diseño destacaba por una configuración aerodinámica de aletas fijas que garantizaba la estabilidad durante el ascenso, permitiendo a los científicos argentinos probar por primera vez la integración de sistemas de separación de ojiva y despliegue de paracaídas en condiciones reales de vuelo. Este desarrollo técnico fue crucial, ya que sirvió como banco de pruebas para los sistemas de eyección que luego se escalarían en vectores de mayor potencia, como el Canopus y el Rigel.

Telemetría y recuperación exitosa
A diferencia de otros experimentos de la época, la misión de Belisario destacó por su enfoque en la seguridad biológica. El ratón fue colocado en una cápsula equipada con sensores que permitieron monitorear su ritmo cardíaco y temperatura durante el vuelo. Los resultados obtenidos tras la recuperación de Belisario fueron fundamentales para validar la viabilidad de la tecnología aeroespacial argentina de la época. Al abrir la cápsula, los equipos médicos del IMAE confirmaron que el espécimen se encontraba enperfecto estado de salud, no habiendo sufrido lesiones por las fuerzas de aceleración ni por las vibraciones del motor durante el ascenso.
Los datos de telemetría registrados durante el vuelo indicaron que, aunque el ratón experimentó un aumento esperado en la frecuencia cardíaca durante el despegue debido al estrés y la carga de gravitatoria, sus constantes vitales se estabilizaron rápidamente una vez alcanzado el apogeo y durante el descenso en paracaídas. Este éxito demostró que los sistemas de presurización y amortiguación de la carga útil eran efectivos, proporcionando la confianza necesaria para escalar los experimentos biológicos hacia sujetos de mayor tamaño y complejidad fisiológica.
Tras el despliegue del sistema de paracaídas, la cápsula aterrizó en la zona de la Escuela de Tropas Aerotransportadas en Córdoba. Los equipos de rescate confirmaron que Belisario sobrevivió al trayecto sin alteraciones fisiológicas significativas, validando la capacidad técnica argentina para la recuperación de cargas útiles.
El legado en el Museo Tecnológico Aeroespacial
El éxito de Belisario allanó el camino para misiones más ambiciosas, como los lanzamientos de la rata Dalila y, posteriormente, del mono Juan. Su proeza demostró la viabilidad de los sistemas de soporte vital y recuperación en una etapa donde Argentina consolidaba su posición como referente regional en tecnología de cohetes.
Hoy en día, el legado de Belisario se preserva en el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba, donde se exhiben los restos del pequeño pionero junto con los componentes de la cápsula original. Su historia es un recordatorio del ingenio aplicado en los años dorados de la astronáutica nacional.
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