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El detrás de escena de ATENEA: Frida Alfaro, ingeniera de la UNLP, explica el desarrollo del satélite argentino que viajará al espacio con la NASA

Sofía Arocena Por Sofía Arocena
2 febrero, 2026
en Argentina, Entrevistas, Espacio Tech
Tiempo de lectura:11 minutos de lectura
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Frida Alfaro es ingeniera aeroespacial graduada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Su especialidad es la ingeniería de sistemas, el área que gestiona la coordinación técnica del proyecto: traduce los requerimientos de misión en tareas concretas, se asegura de que cada sistema se integre con los demás y verifica el cumplimiento de todos los requisitos técnicos, operativos y de seguridad.

El CubeSat ATENEA de la CONAE, la UNLP y otras instituciones del ecosistema tecnológico argentino.
El CubeSat ATENEA de la CONAE, la UNLP y otras instituciones del ecosistema tecnológico argentino. Crédito: CTA/UNLP.

En la UNLP integra el Centro Tecnológico Aeroespacial (CTA), donde participó en proyectos como el satélite universitario USAT y, más recientemente, ATENEA. En esta entrevista, Alfaro cuenta en primera persona cómo fue trabajar en el detrás de escena del CubeSat argentino que viajará al espacio con Artemisa II de la NASA, la misión que volverá a llevar humanos a las inmediaciones de la Luna después de 53 años.

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Antecedentes técnicos de la UNLP y el llamado de la CONAE

La participación en la misión Artemisa II no surgió de la nada. Antes de ATENEA, el CTA ya venía trabajando en el USAT-1, un proyecto de satélite universitario del tipo CubeSat 3U, con acompañamiento técnico de la CONAE. “En ese entonces, ya trabajábamos en conjunto con la CONAE, que nos asistía, realizando reuniones para poder evaluar el satélite, hacer las revisiones de diseño, y brindarnos soporte técnico en general”, recuerda Frida Alfaro. Ese vínculo hizo que la agencia argentina conociera de cerca el ritmo y el nivel de madurez del grupo de la UNLP.

La Facultad de Ingeniería tenía, así, un antecedente concreto en el desarrollo propio de satélites. El llamado para trabajar en ATENEA se remonta a noviembre de 2023, cuando la NASA abrió una convocatoria vinculada a los Acuerdos Artemisa.

«En una primera instancia, la misión Artemisa II se iba a limitar a llevar astronautas a las inmediaciones de la Luna y nada más. No iba a llevar ninguna carga útil extra. Sin embargo, en noviembre de 2023, NASA lanza una convocatoria: buscaba agencias espaciales que quieran sumar sus CubeSats a la misión», explica Alfaro. «La propuesta llegó a través de la CONAE, que nos propone el desarrollo de un kit de 12 unidades para marzo de 2024. Y, desde la UNLP, dijimos que lo podíamos hacer”.

Panel solar de ATENEA con antenas tipo parche.
Panel solar de ATENEA con antenas tipo parche. Crédito: CTA/UNLP.

Los primeros desafíos de ATENEA

Con la propuesta de la CONAE, apareció el primer choque con la realidad: los tiempos. “Para nosotros el tiempo que teníamos para desarrollar el proyecto era descabellado porque, si bien habíamos trabajado con USAT, su desarrollo nos había tomado casi 3 años. Ahora solo teníamos unos pocos meses”, explica Frida.

Y el desafío creció todavía más cuando cambió el tamaño del satélite: “En primer lugar, desde CONAE nos dijeron que querían un CubeSat, así que nosotros pensamos en terminar de desarrollar y mandar a USAT. Pero luego nos indicaron que debía ser de 12U en lugar de 3U, cuatro veces más grande, y tuvimos que cambiar los planes”.

Con el salto de escala, el proyecto entró en modo sprint. “Los primeros pasos que dimos fueron en la confección de la misión y toda la documentación necesaria”, cuenta Alfaro. La CONAE operó como interfaz formal con la NASA: “Actuó como intermediaria para el envío de la documentación a NASA, y finalmente ganamos la licitación. Entonces, comenzó el trabajo”.

La disputa de la propulsión y el problema de diseño de ATENEA

Con la licitación ganada, la CONAE ya tenía un pie adentro de Artemisa II. Sin embargo, si bien había definido los requisitos generales de la misión y el CubeSat, aún no había un diseño conctreto. En una primera instancia, el equipo evaluó incorporar propulsión para correcciones orbitales.

“Comenzamos a indagar quiénes nos podían ayudar con el tema, y qué proveedores del mercado tenían propulsión para CubeSat”, relata Alfaro. La exploración chocó con una limitación: la tecnología de los CubeSats aún es relativamente nueva, por lo que muchos subsistemas todavía no tienen un mercado amplio. Finalmente, ATENEA quedó sin propulsión, decisión influenciada por la NASA. “Artemisa II es una misión tripulada, por lo que tiene un interés especial por la seguridad”. En ese marco, cualquier sistema que introduzca energía a bordo pasa por un nivel de restricciones y validaciones más exigente, porque la prioridad es proteger a la tripulación ante cualquier escenario.

Sacar la propulsión simplificó un frente, pero obligó a rediseñar otros: “Al quitar la propulsión de la ecuación, tuvimos que repensar el diseño”. Incluso el control de actitud empujó decisiones poco convencionales: “El satélite lleva un sistema de control de actitud con star trackers. Si ATENEA llevaba propulsión, para colocar el star tracker tenía que incorporar una estructura extraña”, explica Frida entre risas. “Cuando descartamos la opción de la propulsión, también terminamos de cambiar y definir todo el diseño”.

El equipo técnico de ATENEA trabajando durante la integración en el Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT).
El equipo técnico de ATENEA trabajando durante la integración en el Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT). Crédito: CTA/UNLP.

El puente con la NASA: documentación, requisitos y “hablar el mismo idioma”

Empezar a trabajar con NASA no fue solo un cambio de escala, también implicó entrar en un régimen de documentación y plazos que no se parece al de un proyecto universitario.

Según cuenta Frida, el primer gran reto fue la gestión de los deadlines. “Uno de los principales desafíos fue cumplir con los deadlines de la NASA, porque teníamos el tiempo contado y no sabíamos si íbamos a llegar a presentar toda la documentación necesaria”, recuerda. Con el correr de los meses, esos plazos se movieron al ritmo del propio programa: “Por suerte, NASA nos fue cambiando los deadlines porque la misión se fue retrasando, lo que para nosotros era un alivio, porque teníamos más tiempo para trabajar”. La dinámica arrancó con reuniones periódicas: “Nos explicaban la documentación que teníamos que presentar y en qué formato, y aprovechábamos para evacuar consultas”.

En ese intercambio, su trabajo se concentró en la parte más invisible pero decisiva del proyecto: garantizar la trazabilidad de requisitos y documentación. “Ellos nos dieron acceso a su base de datos y nos enseñaron cómo usarla y la información que necesitaban. Yo particularmente me dediqué a eso”, cuenta Alfaro. No era la primera vez que se enfrentaba a ese tipo de proceso: “Ya tenía algo de experiencia en la gestión de documentación con la NASA porque había gestionado anteriormente programas para el estudio de basura orbital con la agencia”. Aun así, el volumen de detalle sorprendía: “Suena fácil, pero no lo fue. Tuvimos que armar documentos como la MUL (Material User List) y completar la base de datos con absolutamente toda la información del satélite: el porcentaje de inflamabilidad, corrosión, entre otras cosas”.

Ese rol se cruzó, además, con una función de coordinación interna. “Yo participé mucho como project manager. Me encargué, por ejemplo, del árbol de trabajo del Centro Tecnológico Aeroespacial”, explica. La diferencia fue pasar de una lógica de desarrollo más flexible, a nivel universitario, a una donde había entregables pactados desde el inicio, contratos y compromisos formales. “En la universidad, trabajamos con nuestros propios tiempos y bajo nuestras propias reglas. En cambio, con ATENEA, teníamos que tener la misión la documentación, el cronograma y la división de tareas pactada desde un principio».

En paralelo, su mirada integral de ingeniería de sistemas se volvió clave cuando el diseño chocó con el límite más tangible: el tiempo. Uno de los cuellos de botella fue la exploración de la propulsión y el ida y vuelta con proveedores. “Gestionar los proveedores, que nos entiendan concretamente lo que queríamos, pelear un poco también con ellos… fue todo un desafío”, comenta. Además, el tiempo condicionó el diseño: «Al principio, proponíamos ideas que considerábamos que podíamos llevar a cabo, pero cuando nos dábamos cuenta de que necesitábamos tal vez un año para concretarlas decíamos ‘no, no tenemos tanto tiempo’, y nos poníamos a trabajar en otra solución».

“Por suerte, la NASA fue moviendo los deadlines porque se iban atrasando ellos con la misión. Capaz que una semana antes de la entrega prevista nos avisaban que la fecha límite se corría seis meses… nos cambiaban mucho las fechas en un principio”. Incluso cuando parecía que todo estaba cerrado, aparecían revisiones tardías: “Me acuerdo de un correo que recibimos cuando ya habíamos prácticamente cerrado todo el tema de la documentación. Ya habíamos comenzado la construcción del satélite y nos llega de la NASA ‘acabamos de revisar la información con un experto y no entendemos tal cosa’ y nosotros pensábamos ‘ojalá esté todo bien porque ya lo tenemos hecho'», cuenta entre risas.

Un trabajo en equipo

El desarrollo, además, no fue solo UNLP–CONAE, sino que participaron otros actores del ecosistema. “Trabajamos nosotros, trabajó la Facultad de Ingeniería de la UBA, la Universidad Nacional de San Martín, VENG y el Instituto Argentino de Radioastronomía”, menciona, al repasar el entramado que se armó alrededor de ATENEA.

Si bien la coordinación respondía a un esquema definido, también se fue moldeando sobre la marcha, empujada por el ritmo del programa y por los plazos externos. “Varios equipos fueron trabajando en el proyecto. Cada uno entregó su parte y la mayor parte de la integración la hizo el CTA”, explica Frida. En particular, la integración general se llevó al Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT), en instalaciones asociadas a CONAE y VENG. “Allá tenían una sala limpia más grande, herramientas tecnológicas más avanzadas, medios para hacer ensayos y personal con amplia experiencia”.

El CubeSat ATENEA durante los ensayos ambientales en autoclave.
El CubeSat ATENEA durante los ensayos ambientales en autoclave. Crédito: CTA/UNLP.

“Recursos a mano” y una apuesta por lo propio

Cuando habla de qué hace posible este tipo de proyectos en Argentina, Alfaro baja la respuesta a algo muy concreto. “Yo siempre destaco el potencial tecnológico que tiene Argentina… desde las capacidades técnicas hasta la cadena productiva”, afirma. Y lo ejemplifica con una escena personal: “A mí, que soy de El Salvador, me parece muy loco el hecho de poder conseguir aluminio en tu país. Tener materiales, industria y recursos cerca te brinda posibilidades sin comparación”.

En esa misma línea, Frida remarca una dimensión más cultural y estratégica: “En la UNLP se le da una gran importancia a las capacidades y los desarrollos propios”. Para ella, eso explica la predisposición que vio desde el ecosistema universitario cuando el salto se volvió urgente: “Desde el proyecto USAT a cuando la CONAE pidió desarrollar ATENEA, la predisposición de la Facultad de Ingeniería fue absoluta porque la idea es poder desarrollar productos espaciales 100% argentinos”.

“Un CubeSat lo podés comprar en cualquier parte del mundo… la estructura, algunos subsistemas… hay muchos países que los desarrollan. Lo importante es que este proyecto lo hicimos nosotros desde cero, con materia prima nacional”.

Qué pasó con USAT y qué viene después

El efecto dominó de ATENEA se sintió en el proyecto universitario anterior. “Quiero remarcar que a USAT lo dejamos en stand by porque teníamos que dedicarnos tiempo completo a ATENEA”, explica. Y resume el balance sin vueltas: “Fue un desafío muy grande hacer tanto en tan poco tiempo. Hemos aprendido un montón trabajando en el proyecto y junto a la CONAE”.

Esa curva de aprendizaje, dice, ya se piensa como plataforma para lo que sigue. “Queremos implementar este aprendizaje para futuros CubeSat. USAT-2 vendrá en camino, y la idea es ir probando desarrollos cada vez más complejos”.

Además, adelanta dos líneas que se abren desde la facultad. «A futuro, posiblemente desarrollemos una misión de la Facultad de Astronomía sobre comunicaciones cuánticas”. La UNLP también tiene en mente una plataforma orientada a terceros: “Nosotros desarrollaríamos una plataforma de CubeSat, para que cuando alguna organización quiera hacer el suyo, nosotros le ofrecemos la plataforma y ellos la configuran de acuerdo a su misión”.

El desafío no fue “solo técnico”

Cuando se le consulta por la base técnica, Frida cuenta que el conocimiento ya estaba. “La universidad ya tiene una base de know-how y experiencia muy grande en el desarrollo de satélites. No hay que olvidarse que la UNLP ya participó de otras misiones nacionales, como SAOCOM y ARSAT, de CONAE e INVAP”, recuerda.

En infraestructura, hace una distinción honesta. La Plata no compite con el nivel de Córdoba, pero tiene herramientas reales. “Tal vez no compite el CETT en Córdoba, pero tenemos shakers para hacer pruebas de vibraciones, equipos de mecanizado como la fresadora con la que se hizo la plataforma de ATENEA, una cámara de termovacío… estamos bien equipados”.

El lanzamiento de ATENEA como ritual colectivo

Finalmente, sobre cómo imaginan vivir el momento del lanzamiento, Frida Alfaro cuenta que aún no hay un plan definido, pero que algo es seguro: lo vivirán en comunidad. “No tenemos ningún plan concreto aún, pero es seguro que vamos a verlo todos juntos desde la Facultad de Ingeniería”, dice.

Y anticipa el espíritu: transmitirlo y festejarlo en grupo. “Ya se han hecho transmisiones de otras misiones de las que participó la facultad, así que seguro armaremos algo grande”.

Tal vez te interese: De la UNLP al espacio: Las mentes detrás de ATENEA, el satélite argentino que viajará en la misión Artemisa II de la NASA

Etiquetas: ArgentinaArtemisa IIAteneaCONAESatélitesUNLP
Sofía Arocena

Sofía Arocena

Sofía Arocena - Redactora de Espacio Tech - Formada en Ingeniería Aeroespacial

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