El RA-1 Enrico Fermi fue el primer reactor nuclear de la Argentina y el primero en operar en América Latina. Alcanzó su primera reacción nuclear controlada el 17 de enero de 1958, en el actual Centro Atómico Constituyentes, y se inauguró tres días después. Se trata de un reactor de investigación, diseñado para formar especialistas, realizar experimentos y abrir el camino hacia el desarrollo nuclear nacional.
Su construcción se llevó a cabo por una Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) todavía joven, creada pocos años antes. La idea inicial había sido comprar un reactor experimental “llave en mano” a la empresa estadounidense General Electric. Sin embargo, finalmente se eligió construirlo en el país, con científicos, técnicos y tecnología local. Según la CNEA, el proyecto se completó en apenas nueve meses, con uranio enriquecido provisto por Estados Unidos, grafito importado de Francia y algunos componentes electrónicos externos, pero con la mayor parte del desarrollo realizada por equipos argentinos.

El primer reactor operativo de América Latina
El RA-1 es un reactor experimental de baja potencia. Su función principal es producir una reacción nuclear en cadena controlada, es decir, un proceso en el que los núcleos de uranio se dividen y liberan neutrones, pero bajo condiciones cuidadosamente reguladas. Esos neutrones permiten sostener la reacción, y con ello, estudiar materiales, activar muestras y producir pequeñas cantidades de radioisótopos. La clave está en el control: el reactor mantiene la reacción dentro de un régimen estable mediante elementos de control, geometría del núcleo, moderación y refrigeración.
El RA-1 se desarrolló como un reactor de tanque abierto, basado en el diseño de una instalación estadounidense tipo Argonaut. Actualmente tiene una potencia de 40 kW térmicos, utiliza un núcleo con uranio enriquecido al 20%, reflector de grafito, y agua liviana desmineralizada como moderador y refrigerante. El moderador reduce la velocidad de los neutrones para aumentar la probabilidad de fisión, mientras que el refrigerante retira el calor generado por el núcleo. La fabricación de los elementos combustibles fue un punto central del proyecto y estuvo a cargo de la División Metalurgia dirigida por Jorge Sábato.
El momento decisivo para su puesta en marcha llegó en la madrugada del 17 de enero de 1958. La primera prueba había comenzado el día anterior y, según la CNEA, al principio parecía que no había suficiente uranio para alcanzar la criticidad. El equipo resolvió el problema reordenando los elementos combustibles y colocando los de mayor contenido de uranio en la zona central del núcleo. A las 6:30 a.m., el reactor logró una reacción nuclear en cadena autosostenida, la primera en América Latina.

El impacto del RA-1 más allá de la instalación
El RA-1 permitió formar operadores, ingenieros, físicos y técnicos en un campo que hasta entonces la Argentina conocía sobre todo desde la teoría. También fue pionero en la producción nacional de radioisótopos para usos médicos e industriales a baja escala, y sirvió para realizar experimentos, ensayos por activación de materiales y estudios de daño por radiación. Esa experiencia ayudó a construir capacidades que luego serían claves para otros reactores de investigación, para la producción de radioisótopos y para el desarrollo de centrales nucleares de potencia.
Su historia también tuvo una dimensión regional. Brasil inauguró su propio reactor pocos días después, en un contexto de competencia científica y tecnológica entre ambos países. Para la Argentina, el RA-1 fue la demostración de que podía pasar de la formación de especialistas a la construcción de infraestructura nuclear propia.
Más de seis décadas después, el RA-1 sigue siendo una instalación activa y cumple requisitos de seguridad establecidos por la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN). Su valor actual está en la continuidad de una escuela tecnológica: capacitación, investigación, ensayos y desarrollo de aplicaciones como la terapia por captura neutrónica en boro. El primer reactor argentino no fue grande, pero cambió la escala de lo que el país podía hacer con conocimiento propio.
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