La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) volvió a poner en primer plano una historia poco conocida. En 1966, un peritaje realizado por especialistas de la CNEA ayudó a descifrar de qué estaba hecha, y de dónde venía, una de las reliquias más simbólicas del país. Se trata del sable corvo del general José de San Martín, una espada con mucha épica, forjada en acero.

Sala dedicada al sable corvo en el Museo Histórico Nacional, donde se exhibe bajo condiciones de conservación y seguridad.
Sala dedicada al sable corvo en el Museo Histórico Nacional, donde se exhibe bajo condiciones de conservación y seguridad.

En 1965, el sable había sido robado del Museo Histórico Nacional para luego ser restituido al Estado argentino. Al recuperar la pieza, desde el Regimiento de Granaderos a Caballo comenzaron a surgir dudas sobre su origen y su fabricación. Allí apareció la CNEA, que propuso estudiar la espada sin dañar el metal.

¿Cómo estudiar la espada de San Martín sin cortar el metal?

El corazón del hallazgo se baso en la ciencia de los materiales. Para saber cómo es un acero, la metalurgia suele preparar una muestra, pulirla y observarla al microscopio. El problema es que las muestras son, básicamente, un trozo de material cortado, algo inaceptable en una pieza histórica. Por eso, el Laboratorio de Metalografía de la CNEA recurrió a un ensayo no destructivo llamado técnica de réplica, poco difundido en ese momento y originado en Francia. En vez de extraer una muestra, se obtiene una copia negativa de la superficie del metal con microcelulosa y esa réplica se analiza luego en un microscopio metalográfico. Así se puede estudiar la microestructura sin dañar el objeto.

Cuando observaron la réplica de la hoja, apareció algo que no encajaba con un acero común de fabricación industrial europea. En lugar de un desgaste o una textura homogénea, se veían bandas claras y oscuras alternadas, en un patrón veteado. Ese tipo de dibujo, en metalurgia, habla de cómo se distribuyen fases y carburos en el material, y puede delatar procesos de forja y materias primas. En este caso, el patrón coincidía con la característica más famosa del llamado acero de Damasco, reconocido por combinar filo, resistencia y belleza superficial.

De Europa a Persia

Del estudio se concluyó que el sable no era de fabricación europea, como se asumía en parte del imaginario popular. En cambio, correspondía a un shamshir, un tipo de sable oriental asociado a Persia y al mundo islámico, con hojas muy curvadas y técnicas de acero vinculadas al Damasco histórico.

Este cruce entre ciencia y patrimonio también resignifica un dato histórico conocido. San Martín compró el sable en Londres, en 1811, y el arma lo acompañó durante las campañas de independencia. Sin embargo, que lo haya adquirido en Europa no significa que la hoja se hubiera fabricado allí. El comercio de armas y hojas de calidad circulaba entre regiones y épocas, y una hoja persa podía terminar en una compra londinense.

Lo interesante es el mensaje que deja. Primero, que el patrimonio también es ingeniería de materiales, conservación y técnicas de laboratorio. Segundo, que la Argentina de los años 60 ya tenía capacidades para aplicar ciencia de frontera, incluso fuera del campo nuclear. Y tercero, que detrás de un símbolo nacional puede haber una historia global. Desde rutas comerciales y tecnologías preindustriales hasta saberes metalúrgicos que viajaron miles de kilómetros antes de convertirse, acá, en un objeto de identidad nacional.

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