Por Melina Blanco
Cuando la NASA anunció el Programa Artemisa, el discurso público habló rápidamente de un “regreso a la Luna”. Sin embargo, esa formulación simplifica en exceso una comparación que es mucho más rica. Artemisa no es la continuación directa del programa Apolo ni un intento de repetirlo, sino el resultado de un contexto histórico, tecnológico y científico completamente distinto al que llevó a los astronautas del Apolo 17 a pisar la superficie lunar en diciembre de 1972.
Comparar Artemisa con Apolo 17, la última misión tripulada a la Luna del siglo XX, permite entender no solo cuánto cambió la tecnología espacial, sino también cómo se transformó el sentido mismo de la exploración lunar y qué se espera hoy de una misión de este tipo.

Apolo 17: el cierre de una era
Apolo 17 representó el punto culminante del programa Apolo y se desarrolló en un contexto dominado por la Guerra Fría. Llegar a la Luna era, ante todo, una demostración de capacidad tecnológica y liderazgo político, y el éxito se medía en términos de velocidad, impacto simbólico y presencia humana.
Desde el punto de vista científico, la misión fue excepcional. Incluyó al primer geólogo profesional en la superficie lunar, Harrison Schmitt, y permitió recolectar más de cien kilogramos de muestras que siguen siendo fundamentales para el estudio de la geología lunar. La lógica era clara: maximizar el retorno científico en estancias breves, traer material a la Tierra y avanzar rápidamente de una misión a la siguiente.
El programa Apolo, sin embargo, estaba diseñado para visitas puntuales. La arquitectura que lo hizo posible era extremadamente costosa y no contemplaba una presencia sostenida ni una reutilización a largo plazo. Apolo 17 no marcó el final de la exploración lunar por falta de resultados, sino porque el contexto político y económico que lo había impulsado dejó de justificar su continuidad.

Artemisa: volver para quedarse
Artemisa nace en un escenario muy diferente. No responde a una carrera directa por llegar primero, sino a una competencia más prolongada y compleja, donde el objetivo es construir capacidades sostenidas en el espacio cislunar. La Luna deja de ser un destino final y pasa a ocupar un rol funcional dentro de una estrategia de exploración más amplia.
El programa apunta a desarrollar una arquitectura reutilizable que permita misiones recurrentes, apoyada en infraestructura orbital como la estación Gateway, y a ensayar tecnologías que serán necesarias para futuras misiones tripuladas de mayor alcance, particularmente hacia Marte. En este marco, la exploración lunar se concentra en regiones de alto interés científico, como el polo sur, donde la posible presencia de hielo de agua podría resultar clave para la producción de recursos in situ y la sostenibilidad a largo plazo. El contraste con Apolo no está en la ambición, sino en la forma de materializarla.

Tecnología: de sistemas dedicados a arquitecturas flexibles
Las diferencias tecnológicas entre Apolo 17 y Artemisa reflejan medio siglo de evolución en la ingeniería espacial. El programa Apolo operaba con computadoras de capacidades muy limitadas, sistemas mayormente analógicos y vehículos diseñados para cumplir una única misión específica. Cada lanzamiento era, en esencia, irrepetible.
Artemisa, en cambio, se apoya en sistemas digitales avanzados, software actualizable y una arquitectura modular que integra a socios internacionales y actores comerciales. Aunque el Space Launch System (SLS) ha sido objeto de críticas por sus costos y retrasos, responde a una lógica distinta a la del Saturno V. No busca ser un logro aislado, sino sostener un programa de exploración a largo plazo, con vehículos y sistemas pensados para operar de manera recurrente.

Ritmos distintos, objetivos distintos
Otro contraste fundamental es el tiempo. El programa Apolo llevó menos de una década desde su anuncio hasta el primer alunizaje tripulado, con una secuencia de misiones concentrada y un calendario definido de antemano. Artemisa, en cambio, se despliega en escalas temporales mucho más largas, con hitos separados por años y una planificación que prioriza la continuidad por sobre la rapidez.
Esta diferencia no responde únicamente a cuestiones administrativas. Refleja mayores exigencias de seguridad, una arquitectura técnica más compleja y la necesidad de coordinar múltiples actores internacionales y comerciales a lo largo del tiempo. La exploración lunar contemporánea avanza con un ritmo más gradual, pero también con una lógica más estructural y acumulativa.
Del espectáculo a la infraestructura
Apolo 17 ocurrió en una época en la que la exploración espacial era un evento global, seguido en tiempo real por millones de personas. Artemisa se desarrolla en un mundo saturado de información, donde los hitos espaciales compiten con múltiples agendas y urgencias.
Esto transforma el rol simbólico de la exploración lunar. Ya no se trata únicamente de inspirar o demostrar superioridad tecnológica, sino de justificar cada paso desde el punto de vista científico, económico y estratégico. La Luna recupera relevancia no como escenario épico, sino como nodo dentro de un ecosistema espacial más amplio.

Evolución, no repetición
Apolo 17 marcó el final de una etapa en la que llegar a la Luna era, ante todo, una demostración de capacidad. Artemisa, en cambio, se inscribe en un tiempo distinto: uno en el que explorar implica sostener, coordinar y planificar a largo plazo.
La comparación entre ambos programas no revela una pérdida de ambición, sino un cambio de prioridades. La Luna dejó de ser un objetivo que se conquista y se convirtió en un entorno que se estudia y aprovecha. Es esa diferencia, menos visible pero más profunda, que define la exploración lunar del siglo XXI.
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