Por Melina Blanco
El espacio cercano a la Tierra no es un vacío pasivo. Está atravesado por flujos de partículas cargadas, campos magnéticos en constante reorganización y procesos energéticos capaces de afectar tanto a satélites en órbita como a infraestructuras críticas en superficie. Comprender esa dinámica es el objetivo central de SMILE (Solar wind Magnetosphere Ionosphere Link Explorer), una misión conjunta de la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Academia China de Ciencias (CAS) que promete una mirada inédita sobre el llamado clima espacial.
Con lanzamiento previsto para la primavera boreal de 2026, SMILE buscará responder una pregunta fundamental: cómo interactúa el viento solar con la magnetosfera terrestre y cómo esa interacción se traduce en fenómenos que impactan directamente en la tecnología moderna.
¿Qué es el clima espacial?
El clima espacial describe el conjunto de procesos físicos que se originan en el Sol, principalmente el viento solar y las eyecciones de masa coronal. Estos procesos se propagan por el Sistema Solar, interactuando con campos magnéticos planetarios.
En el caso de la Tierra, estas interacciones pueden provocar tormentas geomagnéticas que alteran el campo magnético, y daños en satélites de comunicaciones y observación. También puede genrar interferencias en sistemas de navegación GNSS y corrientes inducidas capaces de afectar redes eléctricas en latitudes altas.
A pesar de su impacto potencial, muchos de los procesos que gobiernan estas interacciones siguen sin comprenderse, en parte porque hasta ahora las observaciones han sido fragmentarias y locales.
Una misión diseñada para observar el sistema completo
SMILE fue concebida para superar esa limitación. A diferencia de misiones anteriores, que medían condiciones puntuales del plasma o del campo magnético, SMILE combinará observaciones globales remotas con mediciones in situ, permitiendo estudiar el sistema Sol–Tierra como un todo dinámico.
Su foco estará en regiones como la magnetopausa, el límite donde el viento solar es detenido por el campo magnético terrestre, y las cúspides magnéticas, puntos de entrada de partículas solares. Además, estudiará la relación entre estos procesos y las auroras, manifestaciones visibles de la energía transferida al sistema.
La carga útil científica de SMILE incluye cuatro instrumentos complementarios. En primer lugar, el Soft X-ray Imager (SXI) será el instrumento más innovador de la misión. Permitirá obtener imágenes globales de la magnetosfera en rayos X blandos, aprovechando un fenómeno físico llamado solar wind charge exchange. Gracias a este efecto, los choques entre iones del viento solar y átomos neutros producen radiación detectable, haciendo visible una región que hasta ahora solo podía inferirse indirectamente.
El Ultra-Violet Imager (UVI), por su parte, observará de forma continua las auroras polares. Así, permitirá estudiar cómo cambian su forma, intensidad y distribución durante tormentas geomagnéticas prolongadas.
El Light Ion Analyser (LIA) medirá las propiedades del plasma del viento solar y de la magnetosheath, aportando contexto local para interpretar las imágenes globales.
Finalmente, el Magnetometer (MAG) registrará variaciones del campo magnético con alta precisión. Esta información es clave para comprender procesos como la reconexión magnética, uno de los mecanismos centrales de transferencia de energía en el sistema.

Una nueva forma de observar la relación Sol–Tierra
Misiones previas como Cluster, THEMIS o MMS han aportado información fundamental sobre regiones específicas de la magnetosfera. SMILE busca ir más allá, ofreciendo por primera vez una visión global y continua de cómo el viento solar moldea el escudo magnético terrestre.
Ese conocimiento no solo es relevante para la física espacial, sino también para anticipar y mitigar riesgos sobre infraestructuras críticas en una sociedad cada vez más dependiente de sistemas espaciales.
Si SMILE cumple sus objetivos, marcará un cambio de paradigma en la forma de estudiar el clima espacial: de observaciones locales a una comprensión sistémica y dinámica. No se trata solo de mejorar modelos predictivos, sino de entender los procesos fundamentales que conectan al Sol con nuestro planeta.
En un mundo tecnológicamente vulnerable a lo que ocurre más allá de la atmósfera, misiones como SMILE recuerdan que el espacio cercano es parte activa del entorno terrestre, y que observarlo con nuevos ojos es una necesidad científica y estratégica.
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