La semana pasada, el Gobierno nacional presentó las Bases para el Desarrollo Espacial Argentino, un documento que busca establecer los lineamientos generales de la política espacial del país para los próximos años. El texto funciona como una hoja de ruta con objetivos amplios, que incluyen la creación de un Hub Espacial Nacional, el desarrollo de capacidades propias de acceso al espacio, la formación de aspirantes a astronautas y una mayor inserción internacional del sector.

Bases para el desarrollo espacial argentino
La presentación de las Bases para el Desarrollo Espacial Argentino se realizó en el Centro Cultural de la Ciencia y estuvo encabezado por el secretario de Innovación, Ciencia y Tecnología, Darío Genua. Fuente: Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología.

El documento fue elaborado con participación de distintos actores del ecosistema espacial y se propone como punto de partida para un nuevo plan espacial, adaptado a los desafíos tecnológicos actuales. No se trata de un programa operativo ni de un presupuesto, sino de un marco conceptual que busca ordenar prioridades y mostrar una visión de futuro para el desarrollo espacial argentino.

Que el Estado vuelva a poner la política espacial y la planificación de largo plazo en agenda es un paso positivo. El desafío está en que esos objetivos se traduzcan en proyectos concretos, capacidades activas y decisiones de inversión que los sostengan en el tiempo. La pregunta es, entonces, ¿cómo avanzar en ese camino en un país que hoy no cuenta con un presupuesto orientado a la inversión tecnológica?

El riesgo de planificar sin práctica

Uno de los ejes centrales del documento es la creación de un Hub Espacial Nacional. La idea en sí es atractiva: Articular industria, ciencia y Estado, concentrar capacidades y fortalecer la cadena de valor. El problema es que un hub solamente funciona cuando hay proyectos en marcha, problemas reales que resolver, tecnología en desarrollo y experiencia acumulada que pueda transferirse.

En un contexto de actividad espacial nacional reducida, con la mayoría de programas espaciales en pausa por recortes presupuestarios, y con la practica industrial debilitada por falta de inversión, el hub corre el riesgo de convertirse en una estructura vacía. Mucho discurso de articulación, pero poco contenido técnico que articular. En el sector espacial, la coordinación surge de hacer, no al revés.

Acceso al espacio, una promesa aún incumplida

Algo similar ocurre con el capítulo de acceso al espacio. El documento vuelve a mencionar la necesidad de contar con capacidades propias de lanzamiento. De hecho, hace referencia implícita al Tronador II, un proyecto histórico para la Argentina. El problema es que ese programa está actualmente detenido casi por completo debido a la falta de financiamiento.

Hablar de lanzadores sin un compromiso presupuestario no es planificación. El acceso autónomo al espacio es estratégico, pero también es caro, complejo y de largo plazo. Sin inversión concreta, la mención al Tronador suena más a promesa vacía que a política pública efectiva.

El Tronador II es un proyecto de lanzador espacial argentino orientado a desarrollar capacidades propias de acceso al espacio.
El Tronador II es un proyecto de lanzador espacial argentino orientado a desarrollar capacidades propias de acceso al espacio. Fuente: CONAE.

Astronautas, formación y la fuga inevitable

El apartado sobre la formación de aspirantes a astronautas tiene uno de los contrastes más evidentes entre el deseo y la realidad. La idea de consolidar a la Argentina como plataforma formativa es atractiva y simbólicamente potente. Pero hoy, quienes logran avanzar en ese camino lo hacen, en gran medida, fuera del país.

El caso de María Noel de Castro Campos, la primera candidata a astronauta argentina, es ilustrativo. Su formación general en ingeniería se dio en el país, pero su especialización como bioastronauta continuó en el Instituto Internacional de Ciencias Astronáuticas (IIAS), en Estados Unidos. Si bien su recorrido personal es destacable, también es la prueba viva de que la formación avanzada en vuelo humano hoy no existe como estructura institucional en la Argentina. Se accede a ella migrando hacia países que invierten en centros, programas y entrenamiento sostenido.

Este fenómeno no se limita al vuelo humano, sino que se inscribe en un problema más amplio, la fuga de cerebros. La Argentina sigue formando ingenieros y científicos de alto nivel en sus universidades, pero lo hace en un contexto donde la industria espacial local tiene pocos desarrollos activos capaces de absorber ese talento. En muchos casos, el título universitario llega de camino al aeropuerto.

El problema se hace más evidente cuando se observa quiénes sostienen, en la práctica, el desarrollo espacial argentino. El satélite ATENEA, por ejemplo, es resultado del trabajo conjunto de CONAE con organismos y universidades públicas como la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Sin embargo, esas mismas instituciones atraviesan un proceso de desfinanciamiento, pérdida de poder adquisitivo y reducción de capacidades. Resulta difícil imaginar una política espacial sólida mientras se debilita la principal cantera de profesionales del sector.

ATENEA es un cubesat desarrollado por la CONAE con la participación de varias universidades nacionales y organismos argentinos
El equipo argentino de ATENEA durante la integración del satélite en instalaciones de la NASA, en Estados Unidos. Fuente: CONAE.

Inversión privada: necesaria, pero no suficiente

El documento también habla de atraer inversión privada e insertar a la Argentina en las cadenas globales de valor del sector espacial. Es cierto que el capital privado puede acelerar desarrollos, pero también tiene sus negativas. Delegar en exceso el desarrollo tecnológico estratégico tambien implica que el Estado pierde control directo sobre capacidades.

El caso de Estados Unidos es un ejemplo representativo. La NASA aportó financiamiento inicial, infraestructura y contratos para que empresas como SpaceX y Blue Origin desarrollaran nuevos lanzadores. A partir de allí, el riesgo tecnológico y financiero fue asumido por el sector privado, con resultados indiscutibles en términos de innovación y reducción de costos.

El punto crítico aparece después. Con el tiempo, el control operativo del acceso al espacio quedó concentrado en unos pocos actores privados, encabezados fundamentalmente por Elon Musk, a través de SpaceX. Hoy, la empresa no solo lanza satélites comerciales, sino que es pieza central de misiones científicas, programas de defensa, vuelos tripulados y proyectos interplanetarios. La NASA regula, contrata y supervisa, pero ya no controla directamente los medios de acceso al espacio.

Una oportunidad que necesita respaldo

En conclusión, las Bases para el Desarrollo Espacial Argentino son un buen punto de partida. El diagnóstico general no es erróneo y varias de las ideas planteadas van en la dirección correcta. El problema es que, sin inversión, sin programas activos y sin fortalecimiento del sistema científico-tecnológico, el documento corre el riesgo de quedar como una promesa vacía.

La política espacial no se sostiene con hubs, sino con presupuestos y decisiones que resistan los ciclos coyunturales. Hoy, con proyectos nacionales frenados, universidades públicas en crisis y financiamiento inextistente, el desafío no es escribir una hoja de ruta, sino hacerla posible. Sin eso, incluso las mejores intenciones orbitan lejos de la realidad.

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