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Inicio Exploración Espacial Ciencia planetaria y astrobiología

El océano oculto de Europa, la luna de Júpiter, podría albergar vida, pero llegar hasta ellas sería más difícil de lo previsto

Sofía Arocena Por Sofía Arocena
7 agosto, 2026
en Ciencia planetaria y astrobiología, Exploración Espacial
Tiempo de lectura:6 minutos de lectura
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El océano oculto de Europa, la luna de Júpiter, podría albergar vida, pero llegar hasta ellas sería más difícil de lo previsto.

El océano oculto de Europa, la luna de Júpiter, podría albergar vida, pero llegar hasta ellas sería más difícil de lo previsto.

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Europa, una de las principales lunas de Júpiter, se considera uno de los lugares más prometedores del Sistema Solar para buscar condiciones compatibles con la vida. La razón es que bajo su superficie congelada se extendería un océano oculto de agua líquida, protegido del espacio por una gruesa corteza de hielo, que podría albergar vida. Sin embargo, una investigación publicada en la revista Nature Astronomy señala que sería muy complicado acceder a muestras representativas de ese océano: el agua difícilmente podría ascender por las fracturas hasta regiones cercanas a la superficie sin congelarse en el camino.

Existe sólida evidencia para creer que Europa, una de las lunas de Júpiter, tiene un océano oculto que podría albergar signos de vida.
Existe sólida evidencia para creer que Europa, una de las lunas de Júpiter, tiene un océano oculto que podría albergar signos de vida.

El interés por Europa surgió a partir de observaciones que se realizaron durante varias décadas con las misiones Voyager, Galileo y Juno. Esas sondas recopilaron datos indican que la luna posee una superficie joven, con fracturas, crestas y terrenos deformados, debajo de la cual existiría un océano global de agua salada. Se estima que ese océano contiene más del doble del agua presente en todos los océanos terrestres, aunque se encuentra «escondido» bajo varios kilómetros de hielo.

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Además de agua líquida, Europa podría contar con compuestos químicos y fuentes de energía interna, los tres elementos fundamentales para ela formación de vida. Su mera existencia no significa que se haya encontrado un registro biológico, pero que el lugar reuna las condiciones que justifican una exploración detallada ya es un paso importante.

Tal vez haya alguna biofirma, pero ¿podremos detectarla?

La investigación está dirigida por el científico planetario Lujendra Ojha de la Universidad Rutgers, Nueva Jersey. Lo que el equipo de Ojha analizó es si el agua del océano profundo puede viajar hacia arriba por grietas estrechas de la corteza y acumularse en depósitos poco profundos. Este mecanismo había sido propuesto como una posible forma de transportar sales, moléculas orgánicas u otras señales químicas desde el océano hasta regiones más accesibles para una nave o sonda que se acerque a estudiar la luna. Como referencia, el proceso seguiría la mísma lógica que el ascenso del magma terrestre a través de fracturas.

Los investigadores desarrollaron simulaciones digitales que consideraron el comportamiento térmico y dinámico del flujo dentro de las fracturas. Sus resultados muestran que el agua no ascendería como una corriente uniforme y ordenada, sino mediante un flujo turbulento que se desplazaría en distintas direcciones y rozaría constantemente las paredes heladas. Ese contacto aceleraría la pérdida de calor y provocaría el cierre progresivo de la fractura.

A medida que asciende, el agua podría alcanzar un estado de sobreenfriamiento: la temperaturas disminuye por debajo del punto de congelación, pero igualmente se mantiene temporalmente líquida. En esas condiciones comenzarían a formarse pequeños cristales suspendidos en el agua, llamados hielo frazil, que generan una mezcla similar al agua con partículas de nieve. Así, los cristales se acumularían contra las paredes y entre sí hasta obstruir el conducto.

Según las simulaciones, las grietas más estrechas podrían congelarse por completo en un par de horas, mucho antes de que el agua recorriera la distancia hasta la superficie. Las fracturas más anchas podrían transportar un volumen mayor, pero con el tiempo también se cerraría. Para mantener abierto un conducto estable con el océano, las grietas tendrían que ser exageradamente amplias, aparecer en cantidades mucho mayores de las previstas, o la capa de hielo debería ser mucho más delgada de lo que se cree que es.

Una diferencia clave para la búsqueda de vida

El estudio no descarta que exista agua líquida cerca de la superficie, pero indica que probablemente se habría formado allí mismo, mediante el calentamiento y la fusión localizada del hielo, y no por ascenso desde el océano.

Esta diferencia es importante para la búsqueda de vida, porque un depósito superficial alimentado directamente por el océano podría contener información sobre la composición química del ambiente profundo –presencia de sales, moléculas orgánicas o desequilibrios químicos asociados con posibles procesos biológicos. En cambio, una bolsa de agua originada dentro de la corteza solo reflejaría las condiciones locales del hielo y no lo que ocurre debajo de él.

Incluso si una nave detectara agua, compuestos de carbono o una región térmicamente activa, esos hallazgos no podrían considerarse automáticamente muestras del océano. Los científicos tendrían que determinar primero el origen del material, su antigüedad, el tiempo que permaneció aislado y los cambios producidos por la radiación intensa de Júpiter, que es capaz de modificar químicamente la superficie de Europa.

El océano oculto de Europa, la luna de Júpiter, podría albergar vida, pero llegar hasta ellas sería más difícil de lo previsto.
El océano oculto de Europa, la luna de Júpiter, podría albergar vida, pero llegar hasta ellas sería más difícil de lo previsto.

Las misiones de camino a estudiar Europa

En este sentido, los datos de Europa Clipper, la misión de la NASA que viaja actualmente hacia el sistema joviano, estarán atravesados por esta problemática. La sonda se lanzó en octubre de 2024 y llegará a Júpiter hacia abril de 2030. Una vez allí, se desplazará alrededor de Júpiter y realizará 49 sobrevuelos cerca de Europa.

Sus instrumentos estudiarán el espesor y la estructura de la corteza, la composición de la superficie, la posible presencia de depósitos de agua y la profundidad del océano. En particular, la nave lleva un radar capaz de penetrar parte del hielo para buscar capas, fracturas y reservorios internos, y espectrómetros que podrán analizar los materiales presentes en la superficie y en la tenue atmósfera de la luna. La idea de la misión no es confirmar directamente la existencia de biofirmas, sino determinar si Europa posee ambientes donde la vida podría desarrollarse o mantenerse.

La Agencia Espacial Europea (ESA) también estudia el sistema de Júpiter mediante la misión JUICE, que se lanzó en 2023 y llegará hacia 2031. La nave investigará las lunas Europa, Calisto y especialmente Ganímedes, que también albergaría agua bajo su superficie. Entre ambas misiones se obtendrán mediciones mucho más precisas sobre la estructura de los océanos, pero ninguna perforará directamente la corteza de Europa.

Un revés en la búsqueda de vida en Europa

Para estudiar directamente el océano, se necesitaría de un módulo que viaje hasta la luna, aterrice, sobreviva a la radiación y atraviese una capa de hielo cuyo espesor todavía no se conoce, algo sin precedentes.

El nuevo estudio no niega la existencia de vida en Europa ni la hace menos científicamente atractiva. Sin embargo, sí demuestra que la corteza no es una simple cubierta sobre el océano, y que puede ser el principal impedimento para poder estudiar la luna como se desearía. Antes de buscar señales de vida, será necesario comprender cómo se mueve el material dentro de ese hielo y qué regiones conservan una conexión real con el ambiente situado debajo.

Tal vez te interese: Un estudio pone en duda la posibilidad de que haya vida en Europa, la luna de Júpiter

Etiquetas: AstrobiologíaEuropaJúpiterVida
Sofía Arocena

Sofía Arocena

Sofía Arocena - Redactora de Espacio Tech - Formada en Ingeniería Aeroespacial

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