Un equipo internacional de astrónomos con participación argentina identificó en la Vía Láctea un sistema formado por una estrella y un agujero negro que expulsa un chorro de materia casi en dirección a la Tierra. Situado a unos 12.000 años luz, el objeto presenta flujos que, según el modelo de los investigadores, alcanzan el 75% de la velocidad de la luz. El Observatorio Sudafricano de Radioastronomía (SARAO) presentó al resultado como el primer caso convincente de un microblázar en nuestra galaxia.

Un blázar es un sistema donde un agujero negro supermasivo, situado en el centro de una galaxia, toma material de su entorno y genera chorros de materia, que expulsa en dirección de la Tierra. Esos chorros están formados por gas muy caliente y partículas cargadas eléctricamente, que son por agujero negro y expulsadas a gran velocidad. Además, cuando esa materia choca con el gas que rodea al agujero negro, puede calentarlo y generar radiación. Además, al apuntar hacia nosotros, el movimiento del chorro a casi la velocidad de la luz hace que lo veamos más brillante.
Un microblázar funciona de manera similar, pero a una escala menor. El agujero negro tiene una masa como la del Sol y toma material de una estrella compañera.
El primer microblázar de la Vía Láctea, descubierto con aporte argentino
El sistema recientemente observado se llama IRAS 18293−0941 y ya era conocido por los científicos desde hacía décadas, pero el polvo que lo rodea había dificultado conocer su naturaleza. La investigación, encabezada por Josep Martí y Pedro Luque-Escamilla, de la Universidad de Jaén, combinó observaciones en radio, luz visible, infrarrojo y rayos X con modelos físicos. Entre los autores figuran Leandro Abaroa, Gustavo Romero, Jorge Combi, Federico García y Federico Fogantini, vinculados al Instituto Argentino de Radioastronomía. Varios también pertenecen a la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
Desde los años noventa, los astrónomos esperaban encontrar en la Vía Láctea un blázar. Ya conocían ese fenómeno en agujeros negros mucho más grandes, situados en otras galaxias, pero faltaba identificar un caso convincente a menor escala dentro de la nuestra. Este trabajo aporta evidencias de que IRAS 18293−0941 es uno de esos sistemas.
Según el estudio, el sistema está formado por una estrella caliente y supermasiva y un agujero negro que giran uno alrededor del otro cada 11,38 días. El agujero negro atrae gas de la estrella, que se acumula en un disco a su alrededor. Parte de ese gas cae hacia él y otra parte sale expulsada en dos chorros opuestos desde la región que lo rodea.
Los investigadores estiman que los chorros viajan a unos 225.000 kilómetros por segundo, el 75% de la velocidad de la luz. Uno apunta casi hacia nosotros y su movimiento hace que lo veamos más brillante. El otro se aleja y aparece mucho más tenue. Por eso, las imágenes muestran principalmente uno de los chorros.

Un posible origen de radiación de energía extrema
Para comprobar de dónde venía el chorro, los astrónomos utilizaron la Red Europea de Interferometría de Muy Larga Base, que combina las señales de radiotelescopios separados por miles de kilómetros para obtener imágenes con mucho detalle. Esas observaciones se compararon con la posición de la estrella medida por Gaia, un telescopio espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA) que registró con gran precisión las posiciones de estrellas de nuestra galaxia.
Ambas coincidieron, lo que permitió descartar que el chorro procediera de una galaxia lejana situada detrás, en la misma dirección del cielo. Además, observaron pequeños cambios en el brillo de la estrella que se repiten durante cada órbita y aportan información sobre cómo está orientado el sistema respecto de nosotros.
Ese choque podría explicar una fuente cercana de rayos gamma, una forma de radiación de energía muy alta, llamada LHAASO J1831−1007u*. Según el modelo del equipo, el chorro acelera protones, partículas subatómicas, que luego chocan con el gas de la nube. Las colisiones producen otras partículas que, al desintegrarse, emiten rayos gamma.
La ubicación de la fuente y los cálculos apoyan esta explicación, aunque todavía no demuestran que esté vinculada al sistema. Además, los astrónomos no detectaron los cambios rápidos de brillo que podrían esperarse de un microblázar: el gas y el polvo que lo rodean podrían hacer que esas variaciones sean menos visibles.
Las próximas observaciones seguirán la evolución del chorro y estudiarán su choque con la nube para determinar cuánto aporta este sistema a los fenómenos más energéticos de nuestra galaxia.
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