El 9 de julio de 1979, la sonda Voyager 2 realizó su máximo acercamiento a Júpiter y completó uno de los hitos más importantes de la exploración robótica del Sistema Solar. La nave pasó a unos 645.000 km del gigante gaseoso y envió a la Tierra miles de imágenes y mediciones científicas. Más allá de la exploración planetaria, aquel encuentro fue una prueba de navegación espacial que validó los flubys: confirmó que una nave podía usar la gravedad de un planeta para seguir viajando hacia mundos aún más lejanos.
La NASA lanzó a Voyager 2 el 20 de agosto de 1977, pocos días antes que su nave gemela, Voyager 1. Ambas fueron diseñadas originalmente para estudiar Júpiter y Saturno, pero la alineación de los planetas exteriores de aquel entonces permitió planear una misión mucho más ambiciosa. Esa alineación, que ocurre aproximadamente cada 175 años, hacía posible usar asistencias gravitatorias para encadenar sobrevuelos de varios planetas con mucho menos combustible que el necesario para una trayectoria directa. De esta forma, Voyager 2 terminó convirtiéndose en la única nave que visitó de cerca Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Una sonda tecnológicamente avanzada para la época
El punto clave de la misión fue la combinación de navegación, autonomía y una carga científica preparada para estudiar planetas muy distintos. Voyager 2 llevaba cámaras, sensores infrarrojos y ultravioletas, magnetómetros, detectores de plasma, instrumentos para partículas cargadas y experimentos de radio ciencia.
Como viajaba demasiado lejos del Sol y no podía depender de paneles solares, los ingenieros decidieron emplear generadores termoeléctricos de radioisótopos. Estos generadores están diseñados para convertir el calor producido por la desintegración natural del plutonio-238 y generar energía.
Por su parte, para comunicarse con la Tierra, la nave usaba una antena de alta ganancia y la Red de Espacio Profundo (DSN) de la NASA, un sistema global de antenas ubicado en Estados Unidos, España y Australia.
El estudio de los gigantes gaseosos, desde cerca
Durante el sobrevuelo de Júpiter, Voyager 2 transmitió nuevos datos sobre las nubes del planeta, su sistema de anillos y varias de sus lunas. También envió 17.000 imágenes, que permitieron observar con más detalle la atmósfera joviana y comparar sus cambios respecto de lo visto por Voyager 1.
La nave registró variaciones en la Gran Mancha Roja, una enorme tormenta anticiclónica observada desde hace siglos, y aportó información sobre el movimiento de las bandas nubosas del planeta. En las lunas, la sonda descubrió que Io mostraba actividad volcánica, Europa presentaba una superficie helada atravesada por líneas, y Ganimedes y Calisto revelaban terrenos antiguos y complejos.
El encuentro con Júpiter fue, además, una maniobra decisiva para el futuro de la misión. La gravedad del planeta modificó la trayectoria de Voyager 2 y la impulsó hacia Saturno, donde llegaría en 1981. Después, una planificación cuidadosa permitió extender el viaje hacia Urano en 1986 y Neptuno en 1989.
Esa cadena de sobrevuelos convirtió a Voyager 2 en una misión histórica por su alcance científico y por su valor tecnológico. De esta forma, el 9 de julio no recuerda solo una imagen espectacular de Júpiter. Recuerda el momento en que una nave demostró que la exploración profunda podía construirse planeta por planeta, aprovechando las leyes de la mecánica orbital para recorrer regiones enteras del Sistema Solar.
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