Este 10 de junio se cumplen 15 años desde que Argentina lanzó uno de los satélites más importantes de su historia espacial, el SAC-D/Aquarius. La misión fue desarrollada por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) en cooperación con la NASA, y con la empresa rionegrina INVAP como contratista. Su objetivo principal fue medir la salinidad superficial de los océanos, una variable clave para estudiar el clima, el ciclo del agua y la circulación marina.
El SAC-D fue diseñado y construido en el país. La NASA aportó el instrumento principal, llamado Aquarius, además del lanzamiento, que se llevó a cabo desde la base Vandenberg, en California, a bordo de un cohete Delta II.

Una misión científica para observar la Tierra
El SAC-D fue el cuarto y último integrante de la serie nacional SAC (Satélite de Aplicaciones Científicas), una familia de satélites argentinos orientados experimentación científica, la validación tecnológica y la observación de la Tierra. En este caso, el objetivo central era estudiar la salinidad del mar desde el espacio, una variable fundamental para entender procesos climáticos de gran escala. Esa información permite analizar cómo se mueve el agua en el planeta y cómo se relacionan los océanos con la atmósfera.
Cuando el agua del océano se evapora, la sal queda concentrada y la salinidad aumenta. Cuando llueve, se derriten hielos o desembocan ríos, la salinidad disminuye. Por eso, medir esas variaciones ayuda a identificar dónde predomina la evaporación y dónde ingresa agua dulce al sistema oceánico: parte del ciclo global del agua.
La salinidad también influye en la densidad del agua. Junto con la temperatura, afecta la circulación oceánica, que transporta calor alrededor del planeta. Esa circulación es importante porque ayuda a regular el clima y conecta procesos marinos con fenómenos atmosféricos.

El SAC-D funcionaba con instrumentos que detectaban señales electromagnéticas emitidas por la superficie terrestre y marina. En el caso de Aquarius, el sistema medía emisiones naturales de microondas provenientes del océano. Esas señales cambian según la concentración de sal en la superficie del agua. A partir de esas mediciones, los equipos científicos podían construir mapas globales de salinidad oceánica.
En paralelo, la misión también llevaba instrumentos para estudiar fenómenos ambientales, como humedad, precipitaciones, actividad volcánica, incendios, hielo y variables atmosféricas.
Un hito tecnológico argentino
Además de los datos generados, el valor del SAC-D/Aquarius estuvo en que demostró una capacidad tecnológica argentina. Construir un satélite de observación de la Tierra exige integrar estructuras, sistemas de potencia, control térmico, comunicaciones, electrónica, software de vuelo, sensores, ensayos ambientales y estaciones terrenas. Además, todos los componentes deben ser capaces de sobrevivir al clima hostil del espacio.
La misión operó durante más de tres años. En 2015, una falla en el sistema de alimentación eléctrica puso fin a sus operaciones. Para entonces, ya había generado una base de datos valiosa para la comunidad científica internacional.
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