Las auroras boreales suelen verse desde la Tierra como enormes cortinas de luz que danzan sobre el cielo nocturno. Pero desde la Estación Espacial Internacional (ISS), a unos 420 kilómetros de altura, el fenómeno aparece como un resplandor verde brillante, ondulante y extendido sobre todo el borde del planeta, que contrasta con vacío del espacio. Este video de la Agencia Espacial Europea (ESA) muestra una vista privilegiada de esas luces polares desde la órbita terrestre baja (LEO), donde la ISS completa una vuelta alrededor de la Tierra aproximadamente cada 90 minutos.
Aunque se las conoce popularmente como auroras boreales cuando ocurren en el hemisferio norte, el fenómeno tiene una versión equivalente en el hemisferio sur llamada auroras australes. Ambas se producen por el mismo mecanismo físico y aparecen principalmente cerca de los polos. La razón está en el campo magnético terrestre, que actúa como una especie de escudo y guía para las partículas cargadas que llegan desde el Sol.
¿Por qué se forman las auroras boreales?
El origen de una aurora comienza en la actividad solar. El Sol libera continuamente una corriente de partículas cargadas, conocida como viento solar, formada principalmente por electrones y protones. Cuando esa corriente llega a la Tierra, interactúa con la magnetósfera, una región circundante del planeta que está dominada por su campo magnético. Como este campo es “fuerte”, éste provoca que la mayoría de las partículas se desvíen y no logren alcanzar la atmósfera. Sin embargo, pero una fracción puede ingresar por las zonas cercanas a los polos magnéticos, donde el campo magnético “entra” hacia la Tierra.
Allí ocurre la parte visible del fenómeno. Las partículas cargadas viajan siguiendo las líneas del campo magnético y chocan con átomos y moléculas de la atmósfera alta, sobre todo oxígeno y nitrógeno. Esos choques les entregan energía. Cuando los átomos y moléculas vuelven a su estado normal, liberan esa energía en forma de luz. Eso es lo que vemos como aurora.
El color depende del gas involucrado y de la altura a la que ocurre la interacción. El verde, el más frecuente, suele estar asociado al oxígeno atómico en altitudes cercanas a los 100 o 150 kilómetros. El rojo también puede provenir del oxígeno, pero a mayor altura. Los tonos azulados o violetas, menos comunes a simple vista, están más vinculados con el nitrógeno. Por eso las auroras no son todas iguales, sino que cambian según la energía de las partículas, la composición de la atmósfera y la altura donde se producen los choques.
El fenómeno, desde la Estación Espacial Internacional
Desde la Estación Espacial Internacional, las auroras se observan desde arriba y de costado. Esa perspectiva permite verlas como una capa luminosa que bordea la curvatura terrestre. Para los astronautas, el fenómeno aparece como una estructura dinámica que se desplaza, se ondula y cambia de intensidad mientras la estación avanza a casi 28.000 kilómetros por hora.
La ISS no atraviesa directamente las auroras como un avión sí cruza una nube. La estación orbita por encima de gran parte de la región donde se emite la luz visible, aunque puede coincidir con zonas donde hay mayor actividad de partículas. Por eso estas imágenes también ayudan a observar cómo responde la atmósfera superior a la actividad solar y cómo se comporta el entorno espacial cercano a la Tierra.
Las auroras, además, son una señal visible de lo que se conoce como clima espacial. Cuando el Sol tiene erupciones intensas o eyecciones de masa coronal, puede enviar hacia la Tierra grandes cantidades de partículas y energía. En casos moderados, eso produce auroras más brillantes y visibles a latitudes más bajas. En eventos más fuertes, también puede afectar satélites, comunicaciones, navegación GPS y redes eléctricas.
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