El ecosistema espacial, con sus sorprendentes misiones y desarrollos tecnológicos, se ganó hace mucho tiempo la atención del público. En Argentina, ese interés no es nuevo, sino que tiene raíces en los primeros ensayos espaciales impulsados por la Fuerza Aérea y la industria aeronáutica nacional, y suele ubicarse desde 1961, cuando se realizó el lanzamiento del Alfa Centauro, considerado el primero de un cohete en América del Sur. En los años siguientes, esa línea continuó con experiencias cada vez más ambiciosas, como las campañas con cohetes Gamma Centauro, Canopus, Rigel y Castor.

Pero el sueño espacial argentino tomó una forma más ambiciosa a comienzos de los 2000, cuando de la mano de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) empezaron a pensarse proyectos civiles de gran escala, desde satélites de alta complejidad científica hasta una iniciativa para lograr acceso soberano al espacio. En ese esquema, el proyecto Tronador, concebido por la agencia espacial nacional y desarrollado con VENG S.A. como contratista principal, se convirtió en la gran apuesta argentina para poner en órbita satélites diseñados y construidos en el país. Sin embargo, ahora, después de más de dos décadas de desarrollos, con interrupciones y relanzamientos, la Argentina vuelve a abandonar su aspiración de tener un cohete propio.
El Tronador, sin presupuesto… y sin motores
A principios de 2025, en conversaciones con Espacio Tech, personas cercanas a la empresa ya advertían que la situación era crítica: el presupuesto destinado al proyecto era cada vez menor. Frente a ese escenario, VENG hacía un esfuerzo por sostener los desarrollos considerados más importantes, que para entonces se concentraban sobre todo en el área de propulsión, con trabajos y ensayos en motores y turbobombas.
La polémica escaló en noviembre de ese mismo año, cuando medios locales difundieron nuevos despidos en VENG. Según esas publicaciones, la empresa había perdido el 17% de su planta en un año y, además de esas desvinculaciones, había renunciado “casi todo el personal” del área de propulsión del proyecto Tronador II, al que se describía como “completamente desfinanciado”.

Ahora, a partir de nuevos testimonios de personas cercanas a la empresa, Espacio Tech pudo reconstruir que detrás de esas salidas hubo algo más profundo que un recambio de personal. Según esas fuentes, entre el personal técnico se instaló la convicción de que el proyecto no solo había dejado de ser una prioridad, sino que se dejaría de financiar por completo. Antes de renunciar, los ingenieros y técnicos habrían debativo qué haber: si quedarse en la empresa y olvidarse del Tronador, o irse a buscar trabajo desarrollando lanzadores en otro lado. Al final, habrían terminado renunciando. “Nos dijeron que el proyecto ya no era una prioridad. No dejaron muchas opciones”.
Un proyecto que puede volver, si no se vuelve a empezar de cero
Esta no es la primera vez que el proyecto de acceso al espacio argentino atraviesa frenos, rediseños o relanzamientos. La historia del Tronador estuvo marcada por pruebas parciales, cambios de rumbo y nuevos hitos técnicos. Desde los ensayos con los vehículos experimentales VEx hasta avances más recientes en tanques estructurales, manufactura aditiva y motores de segunda etapa. Incluso en 2025, pocos meses antes de que estallara la polémica por las renuncias y el vaciamiento del área de propulsión, el propio Gobierno todavía mostraba en público ensayos de motores vinculados al programa.
Por eso, más que un final definitivo, lo que hoy aparece es otro corte en una historia demasiado acostumbrada a los vaivenes. El problema es que, en ciencia y tecnología, cada interrupción cuesta mucho más que tiempo. Cuando un proyecto estratégico se frena, se dispersan equipos, se pierden profesionales formados, experiencia y se debilita una serie de capacidades que llevó años construir. Y eso, en un sector tan complejo como el espacial, no se recupera de un día para el otro.
Si la Argentina de verdad quiere volver a ocupar un lugar protagónico en el mapa tecnológico regional, debe comenzar a poner sobre la mesa la necesidad crítica y prioritaria de sostener aquellas capacidades que hacen a la soberanía tecnológica, incluso cuando los que están en el poder cambian. Porque si cada nueva gestión reinicia, recorta o abandona lo que la anterior construyó, resulta muy difícil consolidar una estrategia de largo plazo, que es lo que requiere un proyecto tan complejo como el desarrollo de un cohete. Y si el objetivo oficial es hacer grande a la Argentina otra vez, cuesta imaginar ese camino sin inversión sostenida en ciencia, tecnología y desarrollos estratégicos como el acceso soberano al espacio.
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