China avanza con los preparativos del lanzamiento de la sonda Chang’e-7, que se posiciona como una de sus misiones espaciales más importantes de 2026. El objetivo será llegar al polo sur de la Luna, una región que despierta gran interés científico porque podría conservar hielo de agua en zonas de sombra permanente. Con esta nueva sonda, China podría obtener información clave para futuras operaciones de larga duración sobre la superficie de nuestro satélite natural.

La misión forma parte de la fase 4 del programa chino de exploración lunar, integrada por Chang’e-6, Chang’e-7 y Chang’e-8. Después del éxito de Chang’e-6, que en junio de 2024 devolvió a la Tierra las primeras muestras recolectadas en la cara oculta de la Luna, el siguiente paso de Pekín es estudiar con más detalle el ambiente y los recursos del sur lunar. En la hoja de ruta oficial, Chang’e-7 y Chang’e-8 deben aportar la base inicial de una futura estación científica internacional en esa zona.
El próximo paso de China en la Luna
Chang’e-7 no será una misión lunar simple. Será un sistema de exploración compuesto por un orbitador, un módulo de alunizaje, un rover, una mini-sonda voladora y el apoyo del satélite de relevo Queqiao-2. La misión principal despegará en 2026 desde Wenchang, en la isla china de Hainan, y apunta al polo sur lunar. Antes del descenso, el orbitador realizará durante unos dos meses terrestres un relevamiento detallado de la zona de aterrizaje. Finalente, el alunizaje está previsto cerca del borde iluminado del cráter Shackleton, por encima de los 85° de latitud sur.

Desde el punto de vista técnico, la misión llevará 18 instrumentos científicos distribuidos entre todos sus elementos. El orbitador contará con cámara estéreo de alta resolución, radar SAR miniaturizado, espectrómetros y magnetómetro para mapear con precisión el terreno, estudiar su composición y detectar indicios de volátiles. El módulo de alunizaje funcionará como una estación fija, con cámaras, sismógrafo y sensores del entorno superficial. El rover analizará la superficie y el subsuelo con cámara panorámica, espectrómetro Raman, radar de penetración y un sistema de medición in situ de volátiles. La mini-sonda voladora será una de las piezas más novedosas. Está pensada para acercarse a zonas muy oscuras o difíciles de alcanzar y buscar directamente moléculas de agua en el suelo lunar. Queqiao-2, ya lanzado en 2024, será clave para asegurar las comunicaciones entre la región polar de la Luna y la Tierra.

La dimensión internacional e interplanetaria de Pekín
China también busca darle a la misión una dimensión internacional. La CNSA informó que Chang’e-7 llevará seis instrumentos desarrollados por seis países y una organización internacional. Los equipos estarán destinados a estudiar el polvo lunar, el ambiente superficial, los materiales del terreno e incluso a realizar observaciones astronómicas desde la Luna. Esa apertura muestra que el programa ya no está pensado solo como una demostración tecnológica nacional, sino también como una plataforma de cooperación científica para la futura exploración del polo sur lunar. Esta idea es la que viene llevando Estados Unidos con su Programa Lunar Artemisa, que, por ejemplo, ha empujado a más de 50 países a sumarse como signatarios a los Acuerdos Artemisa.
El plan, además, se inserta en una agenda de espacio profundo mucho más amplia. En paralelo al desarrollo de Chang’e-7, China mantiene en carpeta la misión Tianwen-3 para traer muestras de Marte, con lanzamiento previsto alrededor de 2028 y retorno estimado hacia 2030. Mientras tanto, Tianwen-4 aparece como una misión de exploración del sistema de Júpiter para el comienzo de la próxima década. Visto en conjunto, el avance de Chang’e-7 forma parte de una estrategia de largo plazo con la que China busca consolidarse entre las principales potencias de la exploración espacial.
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