El 2 de marzo de 2025, el módulo Blue Ghost de la empresa estadounidense Firefly Aerospace se posó con éxito en la superficie lunar. Además del hito en sí mismo que constituye viajar hasta nuestro satélite natural y alunizar, la misión se destacó por ser una entrega comercial privada, contratada por NASA para llevar instrumentos científicos y tecnológicos. Un año después, la pregunta ya no es solo quién puede llegar, sino qué tan rápido están aprendiendo las empresas privadas a aterrizar, operar y repetir para promover la presencia humana sostenida en la Luna.

Blue Ghost se enmarcó dentro del CLPS (Commercial Lunar Payload Services), un esquema con el que la NASA compra “servicios de entrega” a compañías estadounidenses. La agencia espacial contrata desde la integración de carga útil, el lanzamiento, la navegación y operaciones, todo bajo contratos comerciales. La idea es acelerar la llegada de instrumentos al suelo lunar para preparar una presencia humana sostenida, reduciendo el riesgo, puesto que en esta fase puede haber fallas porque el objetivo es madurar tecnología y bajar costos. Según NASA, el programa ya proyecta 15 entregas planificadas hacia 2028 y más de 60 instrumentos enviados a la Luna bajo este modelo.
Blue Ghost y el desafío del CLPS: la última milla
Blue Ghost tocó suelo dentro de Mare Crisium, en la cara visible lunar. Iba cargado con 10 instrumentos de la NASA y llevó a cabo una campaña de operaciones durante un día lunar, equivalente a dos semanas terrestres. La misión se destaca porque, en la colonización espacial, además de llegar, descender con control, gestionar velocidad y actitud con propulsión, estimar altura y velocidad sin GPS, y elegir un punto de contacto seguro es toda una odisea. Esa combinación es la línea que separa un alunizaje estable de una misión fallida: muchas naves alcanzan la Luna, pero se estrellan contra la superficie o vuelcan y quedan inoperativas.
En CLPS, el panorama actual muestra avances y competencia real, pero todavía en etapa de aprendizaje. Astrobotic abrió la serie de intentos con Peregrine Mission One en 2024. La nave tuvo un problema crítico de propulsión después del lanzamiento y la misión terminó con un reingreso controlado a la atmósfera terrestre, sin intentar el alunizaje.
Intuitive Machines aportó otra enseñanza. Su primer módulo Odysseus (Nova-C), lanzado en la misión IM-1, llegó a la superficie en 2024, pero quedó en una postura comprometida que limitó operaciones. Y en IM-2, en 2025, el módulo Athena repitió un escenario parecido. La nave volcó y no pudo desplegar sus paneles solares, terminando la misión antes de que comience. Así, la industria ya demostró que puede tocar la Luna, pero la pelea ahora es por la calidad del aterrizaje y por la robustez operativa una vez en el suelo.
La ventaja de Firefly es que, luego de Blue Ghost, se posiciona como un competidor listo para repetir. En el marco del CLPS, Firefly ya desarrolla la Blue Ghost Mission 2 con destino a la cara oculta para 2026. Además, la compañía planea sumar una capacidad de relay con un satélite de comunicaciones en órbita lunar, para enlazar activos con la Tierra. Ese paso es fundamental, puesto que la cara oculta no tiene línea de vista directa con la Tierra, lo que complica las comunicaciones.

El futuro comercial de la Luna
Actualmente, la NASA está diversificando proveedores y arquitecturas. El programa ya incluye al equipo Draper-ispace con un módulo APEX 1.0 para entregar cargas a Schrödinger Basin, un destino científicamente valioso y exigente por geografía y comunicaciones. Y también aparece Blue Origin, que tiene contrato para desarrollar el lander Blue Moon Mark 1, a lo que la NASA sumó la entrega del rover VIPER al polo sur lunar.
Fuera del paraguas CLPS, pero conectado por la misma lógica de “comprar servicios” en vez de desarrollar todo puertas adentro, está la carrera por los módulos tripulados del programa Artemisa. En este frente, la NASA ya tiene dos proveedores en juego: SpaceX, que desarrolla el Starship HLS como primer sistema de alunizaje humano contratado, y Blue Origin, seleccionada como segundo proveedor para desarrollar otro módulo tripulado pensado para una misión posterior, anunciado para Artemisa V, en una estrategia de competencia y redundancia.

La competencia privada, además, ya es internacional. El caso ispace es ilustrativo. La empresa japonesa intentó su segundo descenso con RESILIENCE en 2025 y terminó perdiendo comunicación tras la secuencia de descenso. Aunque ese primer intento no haya estado enmarcado en CLPS, este tipo de misiones se cruza con el ecosistema porque comparten lanzadores, tecnologías y, sobre todo, el mismo desafío físico: el alunizaje.
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