A cuatro años del inicio de la invasión a gran escala, la guerra Rusia-Ucrania también se lee como un cambio de época en tecnología militar. Y es que este conflicto marcó el paso de infraestructuras terrestres frágiles a redes distribuidas con capas espaciales, basadas en constelaciones que conectan, actualizan y sostienen operaciones para sostener conectividad hasta en los escenarios más distópicos. En ese marco, el frente se volvió un lugar donde una antena portátil, un enlace satelital y una imagen comercial valen tanto cualquier sistema de defensa.

Ese giro se empezó a ver desde el día uno. El 24 de febrero de 2022, mientras comenzaban los ataques, un ciberataque golpeó la red satelital KA-SAT de Viasat y dejó fuera de servicio a miles de módems en Ucrania y miles de usuarios en Europa. Lejos de ser un daño colateral, fue la primera demostración de que el espacio también tiene un talón de Aquiles en tierra. De hecho, propia empresa describió la interrupción como resultado de un ataque deliberado contra su red.
Las constelaciones de órbita baja
Una de las características principales de la era de las constelaciones es la proliferación. Los avances en capacidades de acceso al espacio permiten una tasa mucho más alta de lanzamiento y/o reposición satelital, permitiendo colocar en órbita muchos satélites más pequeños y baratos, en lugar de sistemas costosos, difíciles de construir y lentos de fabricar, que ofrecen cobertura sobre regiones acotadas. Así, las constelaciones en órbita baja (LEO) se apoyan en cientos o miles de satélites, con latencia baja y capacidad de reasignar cobertura rápido. El usuario final se conecta con terminales de antena plana que apuntan electrónicamente, sin partes móviles, y van saltando de satélite en satélite. Eso cambia la lógica del campo de batalla: si destruyen una torre, un enlace o un nodo de fibra, aún se puede mantener mando y control, video, telemetría y coordinación por un canal alternativo que viaja por arriba del teatro de operaciones.
El caso más visible es Starlink. SpaceX activó el servicio sobre Ucrania a fines de febrero de 2022 y, desde entonces, el sistema se convirtió en un respaldo de conectividad usado por civiles y por el Estado ucraniano en entornos degradados o sin infraestructura. En 2026, la propia compañía informó que implementó “medidas adicionales de seguridad” en coordinación con el Ministerio de Defensa ucraniano, una señal de que ya no se trata de internet satelital genérico, sino de un servicio que se administra como infraestructura crítica.

La inteligencia geoespacial comercial
La otra mitad del conflicto de constelaciones es la inteligencia geoespacial comercial, las imágenes y datos que antes eran patrimonio exclusivo de agencias estatales, y que ahora se obtienen o compran fácilmente. Un capítulo del Center for Strategic and International Studies (CSIS) sobre el battlespace remarca cómo la disponibilidad de imágenes satelitales ayudó a contradecir narrativas, exponer movimientos y volver más transparente el conflicto. En esa línea, Ucrania, además de consumir imágenes, también buscó acceso privilegiado. La finlandesa ICEYE anunció acuerdos para ampliar el acceso del Ministerio de Defensa ucraniano a imágenes de radar SAR, que observan en cualquier condición climática.
Sin embargo, la contracara de esta nueva era tecnológica es la dependencia de proveedores privados y de decisiones políticas sobre servicios comerciales. En 2025, Reuters informó que Estados Unidos revocó el acceso de Ucrania a imágenes satelitales en una de sus plataformas. Esta medida afectó a proveedores como Maxar dentro de un programa de entrega GEOINT. En paralelo, un informe de Carnegie sobre empresas tecnológicas en la guerra describe un ecosistema ya consolidado. Compañías como Maxar, Planet y BlackSky aportan servicios ISR comerciales, mientras otras venden analítica e inteligencia basada en IA, con el mercado civil formando parte del circuito.
El avance de las constelaciones más alla de Rusia-Ucrania
En el plano internacional, la conversación está migrando de la capacidad de colocación satelital en órbita al problema de las interferencias, como jamming y spoofing. Europa, por ejemplo, empuja IRIS², una constelación en múltiples órbitas para conectividad segura y servicios gubernamentales, para reducir dependencias y tener control sobre comunicaciones críticas. Sin embargo, la Unión Europea señala el aumento de interferencias que afectan navegación satelital, con impactos en aviación y marítimo cerca de zonas de tensión. Para hacerle frente, promueve mecanismos como autenticación de señales para mitigar engaños.
La conclusión, a cuatro años del comienzo del conflicto, es que el espacio dejó de ser un plano de apoyo y se convirtió en eje central de la guerra moderna. La era de las constelaciones no promete invulnerabilidad, pero sí promete continuidad bajo daño, y eso ya es una ventaja decisiva. En conflictos como este, que se estira sin norte, gana quien puede seguir viendo, comunicando y coordinando aun cuando el enemigo haya dañado la infraestructura.
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