A cuatro años del inicio de la invasión a gran escala, el frente tecnológico de la guerra Rusia-Ucrania también ha afectado a los sistemas de seguridad nuclear. Uno de los episodios más sensibles fue el ataque con un dron explosivo que dañó el Nuevo Confinamiento Seguro (NSC), la enorme estructura metálica que cubre el reactor 4 de Chernóbil desde 2019. En este aniversario, retomamos el incidente para repasar qué se rompió y qué tareas quedan pendientes para volver a garantizar la seguridad radiológica.

¿Qué es y qué función cumplía el NSC de Chernóbil?
El NSC es una enorme estructura de acero construida para encerrar los restos del reactor 4 y el viejo sarcófago de hormigón que lo cubría desde 1986. Se trata de una cubierta arqueada, de 108 m de alto, 257 m de ancho y 162 m de largo, y unas 36.000 toneladas de peso. Su construcción costó 1.500 millones de euros, y fue ensamblado en dos mitades fuera del reactor y deslizada sobre él en 2016. La instalación completa se finalizó en 2019.
El NSC fue concebido para una vida útil de 100 años y capacidad para resistir eventos extremos. Antes del ataque, el NSC se encontraba herméticamente sellado, con un sistema de ventilación y filtrado controlando el ambiente interno para evitar corrosión y contener el polvo radiactivo. Posee dos capas de revestimiento metálico, externa e interna, con una separación de 12 metros, formando una envoltura estanca alrededor de la estructura principal. Este diseño permite confinar la radiación remanente del reactor sin permitir intercambio de aire o agua con el exterior. Además, brinda un espacio seguro para desmontar remotamente el antiguo sarcófago y los materiales altamente radiactivos en su interior, habilitando a largo plazo las labores de limpieza definitiva de Chernóbil.

El ataque y las contramedidas
El año pasado, Chernóbil informó que un ataque con dron explosivo el 14 de febrero. El dron dañó la integridad del revestimiento exterior del arco y desencadenó un incendio prolongado que afectó de forma importante la membrana de sellado interna. Una evaluación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) indicó que el NSC perdió funciones primarias de seguridad, incluida su capacidad de confinamiento, aunque sin daño permanente en elementos portantes o sistemas de monitoreo. También señaló que se hicieron reparaciones temporales limitadas, pero que la restauración integral sigue siendo esencial.
Hoy, la actualización más consistente es que no hubo una reparación completa que devuelva al NSC su condición original. Lo que avanzó fueron medidas temporales y diagnósticos para planificar la recuperación de capacidades. En noviembre de 2025, se comenzó a trabajar en una evaluación de seguridad, detallando daños en revestimientos, estructuras y sistemas relevantes del NSC. Además, la OIEA informó que revisaría medidas de mitigación y planes de restauración del confinamiento. Pero, desde entonces, no se tienen nuevas actualizaciones ni se han reportado avances en las reparaciones.

El riesgo real y nuevos ataques
La pérdida de la contención tiene varias implicaciones. Por un lado, aumenta el riesgo de corrosión de estructuras metálicas tanto del NSC como del antiguo sarcófago debajo. Por otro lado, si el polvo radiactivo o materiales contaminados dentro del reactor quedan expuestos a corrientes de aire o lluvia, pueden liberarse radionúclidos al exterior.
Aunque por ahora las mediciones se mantienen estables y los sistemas de monitoreo, aún operativos, no reportaron valores anómalos, el riesgo no es nulo. Depende de que el NSC no sufra nuevos daños y de que el ambiente interno no quede expuesto a condiciones que aceleren degradación. El problema es que la guerra no se detiene.
El 20 de enero de 2026 la dirección de Chernóbil denunció un nuevo ataque con misiles y drones que alcanzó componentes de infraestructura energética que abastecen las instalaciones. Eso vuelve a poner sobre la mesa tres amenazas concretas. Una es física: un impacto o incendio adicional puede agrandar daños en revestimientos y sellos, con menos margen de seguridad que antes. Otra es operativa: si se interrumpe la energía, se pierde la continuidad de sistemas críticos, como control ambiental, ventilación y monitoreo, justo cuando el confinamiento no está en su condición original. La última es radiológica: un impacto directo sobre el viejo sarcófago puede dejar el reactor completamente expuesto e incluso liberar material radioactivo al ambiente.
En términos globales, Chernóbil es el recordatorio vivo de que la guerra no se limita a cobrar infraestructura civil y militar, sino de seguridad nuclear. El NSC fue construido para confinar un legado radiactivo durante décadas. Ahora que esa barrera se dañó y el área vuelve a quedar bajo ataque, el riesgo deja de ser local y se convierte en una preocupación regional. En un conflicto que ya se cobra demasiadas vidas, sumar un evento radiológico sería un salto cualitativo de consecuencias. Por eso, la prioridad técnica está en restaurar la integridad del confinamiento y garantizar condiciones estables de operación y monitoreo.
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