La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, volvió a poner bajo la lupa el uso de tecnología civil en escenarios de violencia. El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) murió tras un operativo militar en Jalisco, seguido de una ola de represalias con bloqueos, incendios de vehículos y ataques en varios estados. En ese marco, reaparece una discusión que data del inicio del uso de los drones civiles para aplicaciones de guerrilla callejera. ¿Qué pasa cuando herramientas accesibles, como los drones comerciales, se usan para transportar o soltar explosivos?

Elementos de la Guardia Nacional patrullan en Ciudad Juárez. Crédito: REUTERS/Jose Luis Gonzalez.

En lo que respecta a este altercado en particular, la Secretaría de la Defensa Nacional confirmó que Estados Unidos colaboró con inteligencia en el operativo que redujo al líder narco, aunque remarcó que la ejecución fue mexicana. Si bien Washington ofrecía una recompensa millonaria por Oseguera, la cooperación se limitó a intercambio de información, sin fuerzas estadounidenses en el terreno.

De drones comerciales a drones explosivos

Un dron comercial es una plataforma estabilizada por computadora. Despega fácil, sostiene posición, transporta cámaras y transmite video, y puede navegar con GPS. Estan pensados para tareas legítimas, como filmación, inspección y agricultura. Sin embargo, también permiten usos criminales si se los adapta para cargar y liberar objetos a distancia. Al respecto, comunicados oficiales del Departamento del Tesoro de Estados Unidos mencionan, como parte del repertorio de violencia del CJNG, el “uso de drones para dejar caer explosivos” sobre fuerzas del orden mexicanas. Esta aplicación es conveniente para los carteles o grupos delincuentes porque les permite convertir drones relativamente baratos, del orden de los pocos cientos de dólares, en armas caseras pero muy peligrosas.

El problema entonces es cómo frenar esta tendencia. Un dron es un producto masivo y legal: hay miles en manos de fotógrafos, empresas y usuarios recreativos, con repuestos que circulan en un mercado abierto. Por eso, la respuesta suele tener tres capas. La primera es regulatoria y comercial, y consiste en reducir las compras opacas y mejorar la trazabilidad en casos de riesgo. Otra es operativa, e incluye detección y respuesta ante vuelos no autorizados cerca de zonas sensibles. Y la tercera es de inteligencia, porque el dron no es el arma en sí, sino el último eslabón visible de una cadena que incluye coordinación, información previa y puntos de lanzamiento.

Estados Unidos, en medio de la disputa

El debate cruza la frontera por una razón evidente. México y Estados Unidos comparten un corredor donde se mueven drogas, armas, dinero e información. Para Washington, el CJNG es un actor central del tráfico de drogas, entonces el problema de drones no se limita a la seguridad local. De hecho, EE.UU. ya está implementando sistemas de detección avanzados en la frontera y armas láser antidrones de alta tecnología. Un claro ejemplo es el reciente incidente en el aeropuerto de El Paso, cuando las autoridades exigieron el cierre del aeropuerto porque norteamérica estaba usando un láser antidrones LOCUST que ponía en peligro la operación aérea civil, con la excusa del avistamiento de drones de carteles mexicanos.

En ese sentido, lo que se discute alrededor de “El Mencho” no es solo un capítulo de crimen organizado. Es un caso testigo de cómo la innovación civil, cuando baja de precio y sube en capacidades, puede desbordar los marcos clásicos de control. La pregunta que queda abierta para México y Estados Unidos es si sus instituciones pueden moverse a la velocidad del mercado tecnológico sin convertir la vida civil en un estado de excepción permanente.

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