El 5 de febrero de 2026 venció el tratado New START, el último acuerdo que ponía límites a los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia. En ese marco, Thomas G. DiNanno —subsecretario de Estado de EE.UU. para control de armas— difundió la postura de Washington. La Casa Blanca sostiene que el acuerdo ya no refleja el escenario actual y que el foco debe pasar a un marco moderno y más amplio.

La firma del New START en el Castillo de Praga. El tratado rigió por 15 años y hoy deja un vacío en el control de armas. nucleares entre Estados Unidos y Rusia. Crédito: Fox News.

La decisión llega en un momento delicado, porque por primera vez en más de medio siglo las dos mayores potencias nucleares quedan sin un techo legal bilateral sobre sus fuerzas estratégicas. El tratado funcionaba como marco político y técnico para evitar una carrera de despliegues, con límites claros y mecanismos de transparencia. Ahora, el acuerdo desaparece justo cuando el clima internacional es más áspero y la agenda de no proliferación se vuelve frágil de cara a la revisión del TNP (Tratado de No Proliferación).

La palabra de Estados Unidos

En su mensaje, DiNanno plantea que los márgenes del New START “ya no son relevantes” para 2026, porque el mapa nuclear cambió. Según el secretario, una potencia está expandiendo su arsenal, una clara y habitual alusión de Washington a China. Además, el tratado se había dejado de implementar plenamente después de la pandemia, momento en el que el régimen de inspecciones quedó congelado. En otras palabras, la administración estadounidense busca justificar que seguir con el mismo esquema ya no ordena el problema central y que cualquier negociación futura debería adaptarse a un contexto de modernización y crecimiento de capacidades.

¿Qué se pierde con el vencimiento del New START? ¿Qué regulaba?

El New START, firmado en 2010, limitaba a los paises firmantes a poseer 1.550 ojivas nucleares desplegadas y 700 sistemas desplegados, entre misiles y bombarderos. Además, preveía inspecciones in situ y un intercambio de datos para verificar el cumplimiento. Sin embargo, esos mecanismos de verificación se frenaron durante la pandemia y no se restablecieron.

El debate en Washington hoy pasa principalmente por China. Por un lado, la Casa Blanca en su conjunto viene repitiendo que el control de armas del siglo XXI no puede excluir a Pekín, por el tamaño y la velocidad de su expansión nuclear. Además, Donald Trump rechazó en enero la idea de prorrogar el acuerdo tal como estaba, insistiendo en un tratado nuevo que incluya a China.

La foto internacional

A nivel internacional, el fin de New START encendió alarmas por el impacto sistémico. En particular, Naciones Unidas lo calificó como un momento grave para la seguridad global y advirtió que se abre un mundo sin límites vinculantes sobre los arsenales de las dos potencias que concentran la mayoría de las ojivas del planeta. Ese vacío no implica que mañana aparezcan miles de armas nuevas, pero sí elimina reglas de previsibilidad e inspecciones que, durante décadas, ayudaron a evitar escaladas.

La apuesta estadounidense, entonces, no es “no negociar”, sino cambiar las reglas. EE.UU. busca pasar de un acuerdo bilateral de otro tiempo a una negociación más amplia, con China como pieza central y con Rusia en una relación mucho más deteriorada que en 2010.

El problema es que esa ambición choca con la realidad diplomática. Por un lado, Pekín históricamente se resiste a entrar en un régimen de límites comparable al de Washington y Moscú. Por el otro, el canal con Rusia está contaminado por la guerra en Ucrania y el colapso de confianza. En ese cruce de objetivos, el mundo entra en 2026 con menos reglas y más incertidumbre.

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