El 4 de noviembre de 1996, 30 años atrás, Argentina lanzó al espacio el SAC-B, su primer satélite científico de alta complejidad, desarrollado para estudiar fenómenos solares y astrofísicos. La misión, impulsada por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) en cooperación con la NASA y otros organismos internacionales, representó un hito fundamental para la industria espacial argentina. Aunque una falla en el sistema de separación del cohete impidió que el satélite cumpliera sus objetivos científicos, el proyecto permitió demostrar las capacidades nacionales de diseño, integración y operación de tecnología espacial, y sentó las bases de una nueva etapa en la actividad espacial argentina.
El SAC-B fue el primer integrante de la serie de Satélites de Aplicaciones Científicas (SAC), desarrollada por la CONAE tras su creación como agencia espacial nacional en 1991. Su construcción reunió a instituciones científicas, organismos públicos y empresas tecnológicas argentinas, con la compañía rionegrina INVAP como contratista principal, a cargo de completar el diseño de detalle y la integración del satélite en Bariloche. La misión también contó con la participación de Estados Unidos, Italia y Brasil, que aportaron instrumentos, componentes y servicios de ensayo y lanzamiento.
El objetivo era desarrollar un observatorio espacial para estudiar fenómenos que resultan difíciles de investigar desde la superficie terrestre, debido a que la atmósfera absorbe gran parte de la radiación que emiten.
Características técnicas e instrumentos científicos
Con una masa aproximada de 191 kilogramos, el SAC-B transportaba cuatro instrumentos científicos destinados a observar diferentes tipos de radiación y partículas.
El principal instrumento argentino era el Espectrómetro de Rayos X Duros (HXRS), desarrollado por el Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE) para medir la radiación producida durante las fulguraciones solares y otros fenómenos de alta energía. Estas fulguraciones son liberaciones repentinas de energía en la atmósfera del Sol, capaces de emitir grandes cantidades de radiación electromagnética.
El satélite también incorporaba el experimento estadounidense GXRE, compuesto por detectores de rayos X blandos y estallidos de rayos gamma; y el instrumento CUBIC, destinado al estudio de la radiación X procedente de distintas regiones del universo. Finalmente, el espectrómetro italiano ISENA estaba diseñado para observar átomos neutros de alta energía presentes en el entorno espacial.
En conjunto, estos equipos permitirían analizar procesos físicos del Sol y de otras fuentes astronómicas.
Un lanzamiento poco convencional
El lanzamiento se realizó desde las instalaciones de la NASA en Wallops, Estados Unidos, mediante un cohete Pegasus XL. A diferencia de los lanzadores convencionales, que despegan desde plataformas terrestres, el Pegasus XL era transportado por un avión Lockheed L-1011, que lo liberaba a gran altura para que encendiera sus motores y continuara su ascenso hacia el espacio.
El sistema transportó al SAC-B hasta una órbita de 550 kilómetros de altura, con una inclinación de 37,97 grados respecto del ecuador. Sin embargo, una falla eléctrica en la tercera etapa del lanzador impidió activar correctamente el mecanismo que debía liberar al satélite. Como consecuencia, el SAC-B permaneció unido al cohete y no pudo estabilizar su orientación ni utilizar adecuadamente sus paneles solares para alimentar los equipos.
A pesar del problema, los operadores consiguieron establecer comunicación y comprobaron, mediante los datos de telemetría, que el satélite respondía correctamente a las órdenes enviadas desde Tierra. Incluso fue posible desplegar sus paneles solares, aunque la configuración del conjunto impidió generar la energía necesaria para sostener la operación. La comunicación se perdió unas 12 horas después del lanzamiento, y los intentos posteriores de recuperación no tuvieron éxito.
Un satélite pionero
Aunque el SAC-B no pudo desarrollar su programa de observaciones, su construcción y operación constituyeron una experiencia fundamental para la actividad espacial argentina. El proyecto permitió validar sistemas de comunicación, equipos electrónicos, procedimientos de integración y capacidades de control de misión. También fortaleció la cooperación entre la CONAE, INVAP, el IAFE y las agencias internacionales participantes.
Además, su experiencia sentó las bases de una nueva etapa en la actividad espacial argentina y fue aprovechada en los siguientes integrantes de la serie SAC. Dos años más tarde, en 1998, se lanzó el SAC-A, para realizar demostraciones tecnológicas; el SAC-C, destinado a observar la Tierra, llegó en el año 2000; y el SAC-D/Aquarius se lanzó en 2011 para estudiar principalmente la salinidad superficial de los océanos.
Tres décadas después del lanzamiento del SAC-B, Argentina cuenta con una trayectoria de desarrollo satelital que incluye los dos primeros satélites geoestacionarios de Latinoamérica, y las misiones de observación mediante radar de apertura sintética (SAR), los SAOCOM. El SAC-B fue el primer paso de esa serie de misiones científicas de la CONAE y uno de los proyectos que contribuyeron a consolidar la capacidad del país para construir y operar satélites propios.
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