El proyecto Tronador, cuyo objetivo es desarrollar un cohete propio para que Argentina pueda colocar satélites en el espacio, permanece detenido y sin una proyección de reactivación. A fines de 2025, la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología le comunicó a VENG, contratista del proyecto, que iba a quedar detenido porque ya no era una prioridad. Así, el país conserva la infraestructura, conocimientos y componentes desarrollados durante más 20 años, pero ya no existe un plan para completar el cohete.
¿Qué es el proyecto Tronador?
El Tronador II-250 es un cohete de dos etapas desarrollado por la empresa argentina VENG para la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE). Su objetivo es colocar satélites de hasta 750 kg en órbitas bajas y polares. Según VENG, el diseño contempla un cohete de 27 metros de longitud, 2,5 metros de diámetro, 72.000 kg al despegue y tres motores de primera etapa.
Para poder desarrollar el vehículo orbital definitivo, la compañía había planeado avanzar primero con modelos experimentales más pequeños: el TII-70 y el TII-150. La idea era diseñar y probar la tecnología que se usaría en el cohete final, pero a menor escala. Esta es una forma más sencilla y económica, pero igual de viable, de desarrollar por partes los sistemas que luego se utilizarán en la versión operativa. Así, estos vehículos permitirían validar los motores, la aviónica, las estructuras, el control de vuelo, las operaciones en tierra y los procedimientos de lanzamiento.
El programa comenzó en 2005, desarrollo varios modelos experimentales y realizó vuelos de prueba. Hasta 2023, el cronograma oficial proyectaba el primer vuelo orbital para 2029. Sin embargo, el proyecto nunca alcanzó la etapa de integración completa de un vehículo experimental. Los trabajos se concentraron en componentes críticos, entre ellos los tanques estructurales, las turbobombas, las cámaras de combustión, los sistemas de control y los motores.
De los ensayos mínimos a la paralización
A partir de 2023 y hasta los primeros meses de 2025, el presupuesto nacional destinado al programa se redujo considerablemente, de modo que VENG luchó por mantener desarrollos puntuales para evitar la pérdida completa de las capacidades construidas. El esfuerzo se concentró principalmente en la propulsión, uno de los sectores más importantes y complejos del proyecto. El último avance público importante fue el ensayo del motor MT-B, realizado el 23 de julio de 2025 en el Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT), en Córdoba.
Finalmente, la situación cambió hacia fines de ese año. Según fuentes vinculadas a la contratista y consultadas por Espacio Tech, la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología dió aviso de que el Tronador había dejado de ser una prioridad, y que iba a dejar de recibir fondos. La decisión provocó la salida de casi todo el equipo que trabajaba en propulsión, mientras VENG acumulaba despidos, renuncias y una reducción significativa de su planta. Así, el proyecto no se canceló mediante una resolución pública, pero quedó suspendido, sin presupuesto y sin el núcleo técnico necesario para continuar los motores.
En diciembre de 2025, el Gobierno incluyó de manera general el “desarrollo del proyecto de acceso al espacio” dentro de las Bases para el Desarrollo Espacial Argentino. Sin embargo, esa presentación no estuvo acompañada por una asignación presupuestaria, un cronograma, nuevos contratos ni un plan para reconstruir los equipos que habían abandonado el programa, sino que fue una nueva promesa vacía. Hasta julio de 2026, no se anunció ninguna medida concreta para reactivar el Tronador.
El crecimiento de los satélites pequeños
El argumento comercial más importante a favor del proyecto es la expansión del mercado de satélites pequeños. En 2024 se lanzaron unos 2.800 satélites de este tipo, equivalentes al 97% de los satélites colocados en órbita durante ese año. En 2025, los vehículos de menos de 1.200 kg representaron el 98% de todas las cargas espaciales lanzadas. Gran parte de ese crecimiento estuvo impulsado por constelaciones de comunicaciones, observación terrestre y servicios de conectividad.
El “boom” de los pequeños satélites se debe fundamentalmente a que la reducción del tamaño de los componentes electrónicos permite fabricar satélites más económicos y en menos tiempo. En lugar de tener que desarrollar única plataforma grande, costosa, que tarde mucho tiempo en concretarse y que sea cara de lanzar al espacio, las empresas u organismos puede distribuir sus instrumentos entre varios satélites, renovar tecnologías con mayor frecuencia y crear constelaciones con cobertura casi permanente.
Los CubeSats también se utilizan para realizar demostraciones tecnológicas, investigaciones científicas, vigilancia ambiental, comunicaciones, seguimiento marítimo y observación de infraestructura con inversiones menores que las requeridas por los satélites tradicionales.
Este crecimiento impulsó el desarrollo de cohetes especializados, más pequenos, y destinados particularmente a este segmento comercial. Rocket Lab, por ejemplo, estableció al Electron como un vehículo para misiones pequeñas y dedicadas. Firefly Aerospace opera el Alpha, capaz de transportar hasta 630 kg a una órbita heliosincrónica de 500 kilómetros. Europa, India, Corea del Sur y otros actores también desarrollan sistemas para atender este segmento.
La oportunidad para Argentina y América Latina
El Tronador estaría dedicado justamente a esa economía espacial en auge, y podría cubrir la demanda argentina, de América Latina y cualquier empresa u organismo que quiera lanzar desde nuestros suelos. En ese sentido, la región todavía no dispone de un lanzador orbital propio y operativo. Brasil cuenta con la base de Alcântara y recibió en diciembre de 2025 el primer intento orbital del cohete surcoreano HANBIT-Nano, pero la misión no fue exitosa, y de cualquier forma el cohete es asiático.
Por otro lado, de estar operativo, el principal competidor del Tronador no sería otro microlanzador, sino los vuelos compartidos tipo ride-share de cohetes de mayor tamaño. SpaceX ofrece misiones de transporte compartido desde US$ 350.000 para cargas de 50 kg, una escala de precios difícil de igualar para un vehículo pequeño. Un lanzador dedicado puede resultar más caro, pero permite elegir con mayor precisión la fecha, la inclinación orbital y el punto de inserción, sin depender del itinerario de una carga principal.
Soberanía, pero no independencia
Más allá de la posibilidad económica, contar con un vehículo nacional es muy valioso en términos de soberanía, porque le permitiría al país colocar satélites civiles, científicos o estratégicos sin depender de la disponibilidad y autorización de proveedores extranjeros. También ayudará a conservar, promover y desarrollar capacidades industriales en motores, turbobombas, estructuras livianas, navegación, electrónica, software de vuelo, materiales y operaciones espaciales.
Sin embargo, en el coso del Tronador, tener autonomía de lanzamiento no equivale a tener independencia completa. El sistema de propulsión del cohete, según el propio contratista, necesita para funcionar oxígeno líquido y RP-1, un queroseno altamente refinado para uso espacial. Tanto el motor MT-B de segunda etapa como el MCA3 previsto para la primera etapa están diseñados para esta combinación, conocida como querolox.
El RP-1 no es queroseno aeronáutico común, sino que debe cumplir límites estrictos de azufre, compuestos aromáticos, volatilidad, densidad y estabilidad térmica. En la actualidad, el combustible de este tipo está fabricado y distribuido fundamentalmente por Estados Unidos y Rusia y, si bien también existen proveedores especializados y formulaciones equivalentes o sintéticas, se trata de un mercado muy reducido, con pocos fabricantes, especificaciones estrictas y procesos de calificación ligados a cada motor.
En este sentido, Argentina no tiene, ni tiene buenas probabilidades de desarrollar, una cadena industrial para producir el RP-1 requerido por el Tronador. Esta dependencia es un riesgo: si el mercado que ofrece el combustible que propulsa el cohete es una suerte de oligopolio, cualquier inconveniente le puede costar al país la materia prima que necesita para que su lanzador pueda funcionar. Sin combustible, no vuela ni el cohete más sofisticado. Así, una restricción de exportaciones, una sanción, una interrupción logística o la desaparición de un proveedor podría impedir nuevos ensayos y lanzamientos.
Por otro lado, cambiar y utilizar metano, alcohol u otro combustible que sí se pueda producir en el país tampoco sería una solución inmediata. El combustible condiciona el diseño de la cámara de combustión, los inyectores, la turbobomba, las temperaturas, el sistema de refrigeración, el tamaño de los tanques y en general todos los sistemas vinculados con la propulsión. Esto significa que sustituir el propelente exigiría rediseñar y volver a calificar gran parte del sistema de propulsión.
Una solución viable sería concretar contratos que garanticen una cadena de suministro continua para asegurar que el cohete podrá estar disponible para operar a demanda. Hoy en día eso no debería ser un problema en vista de la estrecha relación que mantiene el Presidente de la Nación con Donald Trump, el Jefe de Estado de uno de los principales productores de querolox.
Un desarrollo que vale la pena, pero no de cualquier manera
Argentina tiene razones técnicas y estratégicas para continuar el Tronador. El crecimiento de los satélites pequeños genera una demanda creciente, mientras que América Latina carece de un lanzador orbital operativo. Mientras tanto, el país posee experiencia en fabricación de satélites, y el acceso propio al espacio reduciría dependencias sobre misiones sensibles o prioritarias.
Eso no significa que el proyecto vaya a ser rentable rápidamente ni que deba retomarse sin revisar sus objetivos. La reactivación necesitaría un cronograma por etapas, metas técnicas verificables, financiamiento estable, acuerdos comerciales anticipados y una estrategia específica para los propelentes y demás componentes importados. El primer objetivo debería ser volver a armar el área de propulsión y completar el TII-70, para retomar el programa desde suelo firme.
Con todo esto, es posible afirmar que vale la pena desarrollar el Tronador porque su importancia excede a un único cohete. El programa representa la posibilidad de completar el ciclo espacial argentino y conservar capacidades industriales difíciles de reconstruir una vez perdidas. Pero, hasta julio de 2026, el Gobierno Nacional no demostró ningún tipo de interés en retomar el proyecto: no presentó presupuesto, contratos ni un cronograma para reabrirlo. Más allá de menciones vacías sobre acceso al espacio, la administración actual no mostró ninguna intención real de poner nuevamente en marcha el proyecto, que continúa detenido por tiempo indefinido.
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