Los astronautas surgieron en la Guerra Fría, como producto de la gran carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, primero por conquistar la órbita baja, y luego por conquistar la Luna. En ese entonces, la profesión estuvo reservada casi de forma exclusiva a pilotos militares, y a científicos e ingenieros de agencias espaciales o programas estatales. Hoy, ese perfil sigue existiendo, pero se amplió considerablemente. La nueva generación de astronautas incluye especialistas en medicina, biología, robótica, geología, computación, operaciones espaciales y comunicación científica. Lo importante ya no es solo definir quién puede ir al espacio, sino qué tipo de misión va a cumplir allá afuera.
Un cambio en el paradigma espacial tripulado
El cambio en el paradigma espacial tripulado estuvo fuertemente marcado por la presencia humana sostenida en órbita baja. La Estación Espacial Internacional (ISS), ese gran laboratorio permanentemente habitado en el espacio, fue concebida para estudiar cómo se comportan la ciencia, la medicina y la tecnología fuera de la Tierra. En ese escenario, agencias como la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) consolidaron una nueva mirada sobre el perfil de los astronautas: esas misiones requerían de ingenieros, científicos, médicos, especialistas en materiales y expertos en distintas áreas técnicas, más que exclusivamente pilotos militares. Ese concepto luego se trasladó a los nuevos programas espaciales, como Artemis y las futuras misiones a la Luna y Marte.
Por otro lado, desde mediados de la década de 2000, con el surgimiento del New Space, Estados Unidos comenzó a impulsar una transformación en la forma de desarrollar actividades espaciales. En un intento de recortar el gasto en materia espacial, la estrategia consistió en concentrar los recursos públicos en misiones científicas, tecnológicas y estratégicas específicas, mientras ciertas capacidades pasaban a desarrollarse por empresas privadas. Ese proceso, que tiene en SpaceX uno de sus casos más representativos por su consolidación como actor clave en el acceso al espacio, también abrió la puerta al concepto de astronautas privados. Así, compañías como Axiom Space crearon una nueva vía para astronautas, investigadores y especialistas de países que no cuentan con un programa propio de vuelos tripulados, amplíando el mapa de candidatos posibles.
¿Qué se necesita para ser astronauta?
A pesar de estos avances, el proceso tradicional de selección de astronautas sigue siendo muy exigente. En el caso de la NASA, los postulantes deben tener ciudadanía estadounidense, formación avanzada en áreas STEM —ciencia, tecnología, ingeniería o matemática—, experiencia profesional relevante y aptitud médica para vuelos espaciales de larga duración. También se evalúan liderazgo, trabajo en equipo y capacidad de comunicación. No alcanza con saber mucho de una disciplina, porque un astronauta debe operar sistemas complejos, convivir en aislamiento, resolver emergencias y representar públicamente a una misión.
Una vez seleccionados, los candidatos atraviesan una formación que puede durar alrededor de dos años antes de que se les asigne un vuelo. En el caso de la NASA, el entrenamiento incluye sistemas de la Estación Espacial Internacional, robótica, supervivencia en tierra y agua, medicina espacial, geología, idiomas, simulaciones de caminatas espaciales y vuelos en aeronaves de alta performance. La preparación busca formar operadores capaces de actuar bajo presión. En una misión orbital, cada tarea puede estar asociada a seguridad, ciencia, mantenimiento o coordinación con centros de control en la Tierra.
Un emplo representativo es la última gran selección de la ESA, en la que la agencia eligió 17 personas entre más de 22.500 postulantes de sus Estados miembros.
El espacio privado y la posibilidad argentina
En la actualidad, el nuevo escenario privado agrega otro camino para los que quieren vivir del espacio. Las “Private Astronaut Missions” permiten que gobiernos, instituciones o particulares participen en misiones orbitales, generalmente con fines de investigación, educación y desarrollo tecnológico. Axiom Space ya realizó misiones privadas a la ISS, y Vast Space ya tiene una misión asignada para 2027. En estos casos, la tripulación propuesta es revisada por NASA y sus socios internacionales, y luego entrenar con la agencia, los socios del programa y el proveedor del lanzamiento.
Para Argentina, esta vía es la más realista en el corto plazo. El país no tiene hoy un cuerpo nacional de astronautas ni un programa propio de vuelos tripulados comparable al de Estados Unidos, Rusia, China o Europa. Sin embargo, eso no impide que un argentino pueda llegar al espacio mediante acuerdos internacionales o misiones privadas.
El caso más concreto es el de Noel de Castro, ingeniera biomédica salteña especializada en bioastronáutica. En 2025, CONAE, la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología y Axiom Space formalizaron un respaldo oficial a su candidatura para integrar una futura misión privada a la Estación Espacial Internacional, planeada para no antes de 2027. Su preparación incluye vuelos de gravedad cero, simulaciones de hipoxia, uso de trajes presurizados y formación complementaria como piloto, buzo y paracaidista.
Por eso, Argentina podría tener un astronauta en los próximos 10 años, pero no sería mediante un programa tripulado propio, sino a través de una misión internacional o comercial. Para que eso ocurra, no alcanza con una candidatura individual, sino que se requieren financiamiento, acuerdos institucionales, objetivos científicos claros y una participación sostenida del sistema espacial argentino. Si esas condiciones avanzan, el primer astronauta argentino podría llegar antes de lo que parecía posible hace apenas una década.
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