¿Conocías a Clementina, la computadora que abrió la era del cálculo científico en Argentina?

La primera computadora científica instalada en la Argentina fue la Ferranti Mercury, más conocida como Clementina.

La primera computadora científica instalada en la Argentina fue la Ferranti Mercury, más conocida como Clementina.

La primera computadora científica instalada en la Argentina fue la Ferranti Mercury, más conocida como Clementina. Llegó a la Universidad de Buenos Aires (UBA) a fines de 1960 y comenzó a funcionar oficialmente el 15 de mayo de 1961 en el Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Con su llegada, por primera vez, investigadores argentinos podían resolver problemas matemáticos, físicos, estadísticos e industriales con una máquina electrónica de cálculo.

Clementina era una computadora Ferranti Mercury, fabricada en el Reino Unido, que pertenecía a la primera generación de computadoras comerciales.

La compra estuvo impulsada por el matemático Manuel Sadosky, figura central en la historia de la computación argentina. Así, Clementina fue adquirida como una herramienta científica para poner el cálculo al servicio de problemas reales. Bajo la dirección de Sadosky, el Instituto de Cálculo combinó investigación, docencia superior y servicios a organismos públicos, empresas e instituciones que necesitaban procesar grandes volúmenes de datos o resolver modelos complejos.

Una computadora para resolver grandes problemas de cálculo

Clementina era una computadora Ferranti Mercury, fabricada en el Reino Unido, que pertenecía a la primera generación de computadoras comerciales. Usaba válvulas electrónicas, diodos de germanio, memoria de núcleos magnéticos y almacenamiento auxiliar en tambor magnético. Para la era actual, su capacidad parece mínima, pero para su época, era una herramienta extraordinaria. Permitía automatizar cálculos que podían llevar días o semanas, reducir errores y abordar problemas que antes eran impracticables por su tamaño o complejidad.

Su funcionamiento era muy distinto al de una computadora moderna. No tenía pantalla interactiva ni teclado como los actuales. Los programas se preparaban mediante tarjetas o cintas perforadas, y los resultados salían impresos o registrados en soportes externos. La máquina ejecutaba instrucciones matemáticas con aritmética de punto flotante, una capacidad clave para problemas científicos porque permite trabajar con números muy grandes, muy pequeños o con decimales de forma más eficiente. Esa característica la hacía especialmente útil para cálculo numérico, simulaciones, estadística, ingeniería y modelos físicos.

Clementina era una computadora Ferranti Mercury, fabricada en el Reino Unido, que pertenecía a la primera generación de computadoras comerciales.

Un cambio en la forma de concebir el cálculo moderno

El impacto de Clementina no estuvo solamente en la máquina, sino en el ecosistema que ayudó a crear. En torno a ella se formaron programadores, matemáticos y científicos que empezaron a pensar la computación como una disciplina propia. La UBA destaca que en ese ámbito se impulsó la carrera de Computador Científico, considerada la primera de su tipo en Latinoamérica, y que el grupo inicial incluyó a investigadores y programadoras como Rebeca Cherep de Guber, Cecilia Tuwjasz Berdichevsky, Viola Eandi, Alicia de Marval y María Rosa Pistol de Pignotti.

El nombre Clementina surgió por una melodía que la computadora reproducía, asociada a la canción “Oh My Darling, Clementine”. Funcionó durante la década de 1960 y quedó ligada a una etapa de fuerte modernización científica de la universidad argentina. También quedó atravesada por la inestabilidad política, puesto que el golpe de 1966 y la intervención a las universidades afectaron duramente a los equipos científicos que habían crecido alrededor del Instituto de Cálculo.

Clementina fue grande, lenta y limitada frente a cualquier dispositivo actual, pero en 1961 representó una frontera tecnológica. Instaló en la Argentina una pregunta nueva para la ciencia y la industria: qué problemas podían resolverse si el cálculo dejaba de ser una tarea humana repetitiva y pasaba a ser una capacidad electrónica programable.

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