Este 25 de agosto, la NASA inició las operaciones científicas de Pandora, un telescopio espacial que estudiará en detalle las atmósferas de planetas extraterrestres ubicados fuera del Sistema Solar, y sus estrellas anfitrionas. Durante su misión principal, que durará un año, el satélite observará al menos 20 exoplanetas para buscar agua, nubes y brumas en sus atmósferas y determinar con mayor precisión qué señales corresponden realmente a esos mundos. Su objetivo principal es resolver uno de los principales problemas que enfrenta actualmente el estudio de exoplanetas: la propia estrella puede alterar las mediciones y hacer que algunas características atribuidas a un planeta no tengan realmente origen en su atmósfera.
Pandora se lanzó el 11 de enero de 2026 a bordo de un Falcon 9 de SpaceX desde la Base de la Fuerza Espacial de Vandenberg, en California, como parte de la misión compartida Twilight, y quedó ubicado en una órbita terrestre baja sincronizada con el Sol. Tras varios meses de puesta en servicio, calibración y comprobación de sus instrumentos, la NASA informó que el vehículo se encuentra en buen estado y comenzó formalmente su programa científico.
Se trata además del primer satélite lanzado dentro del programa Astrophysics Pioneers de la NASA, una iniciativa que busca desarrollar misiones astrofísicas de menor costo y ciclos de desarrollo más rápidos que los grandes observatorios espaciales.
Pandora complementará especialmente al Telescopio Espacial James Webb (JWST): aportará observaciones largas y repetidas que el Webb, debido a la enorme demanda de tiempo de observación, no puede realizar habitualmente sobre cada objetivo.
La espectroscopía de tránsito
El funcionamiento de Pandora se basa principalmente en la espectroscopía de tránsito. Cuando un exoplaneta pasa por delante de su estrella desde la perspectiva terrestre, bloquea una pequeña parte de su luz. Al mismo tiempo, una fracción de la radiación atraviesa las capas exteriores de la atmósfera del planeta antes de llegar al telescopio. Determinadas moléculas absorben longitudes de onda específicas, dejando pequeñas variaciones en el espectro que permiten inferir la composición atmosférica.
El problema es que una estrella no posee una superficie uniforme: manchas estelares más oscuras y regiones especialmente brillantes pueden modificar su espectro y generar señales que se confundan con las producidas por agua, nubes, brumas u otros componentes del planeta. Pandora intentará separar ambos efectos observando simultáneamente en luz visible y en el infrarrojo cercano.
Su telescopio está construido íntegramente en aluminio, posee 45 centímetros de diámetro y trabaja en el rango visible de unos 380 a 750 nanómetros y en el infrarrojo cercano entre aproximadamente 860 y 1.630 nanómetros. Mientras el detector visible seguirá las variaciones de brillo de la estrella y permitirá reconstruir cómo está distribuida su actividad superficial, el instrumento infrarrojo obtendrá su espectro y, durante los tránsitos, también el del planeta. El detector infrarrojo tiene además una particularidad: es una unidad de repuesto desarrollada originalmente para el James Webb.
La estrategia de observación es otra de las principales diferencias de Pandora respecto de los grandes telescopios. Durante su misión científica primaria, cada uno de sus objetivos será observado diez veces durante períodos continuos de aproximadamente 24 horas, incluyendo al menos un tránsito planetario en cada sesión. Esto permitirá seguir cómo cambia la estrella antes, durante y después del paso del planeta y comparar esas variaciones con el espectro obtenido durante el tránsito.
En total, un mismo sistema podrá acumular alrededor de 240 horas de seguimiento distribuido a lo largo de la misión, una continuidad fundamental porque una observación aislada puede registrar una estrella en un estado determinado y llevar a interpretar incorrectamente una característica espectral. Con múltiples mediciones será posible caracterizar mejor las manchas y regiones brillantes de la superficie estelar y descontar su influencia antes de analizar qué compuestos están realmente presentes en la atmósfera del planeta.
Los datos producidos por Pandora se procesarán con participación del Centro Ames de la NASA. Posteriormente estarán disponibles a través del NASA Exoplanet Archive.
La nueva era de la exploración espacial
La misión adquiere especial importancia en un momento en que la astronomía ha pasado de limitarse a detectar exoplanetas a intentar conocer de qué están hechas sus atmósferas. Telescopios como Hubble y, especialmente, James Webb ya pueden identificar moléculas a enormes distancias. Sin embargo, interpretar correctamente esas mediciones resulta esencial antes de atribuirles un significado geológico, climático o eventualmente biológico.
La idea de Pandora es reducir precisamente esa incertidumbre y mejorar la lectura de observaciones realizadas por Webb y por futuros observatorios dedicados a la búsqueda de mundos potencialmente habitables. El proyecto está dirigido por el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, con participación del Lawrence Livermore National Laboratory, NASA Ames, la Universidad de Arizona, Corning y otras instituciones.
Si consigue caracterizar con precisión cuánto de una señal procede de la estrella y cuánto del planeta, sus resultados servirán como una herramienta de referencia para uno de los desafíos centrales de la próxima generación de estudios de exoplanetas: distinguir una verdadera firma atmosférica de una señal producida por la estrella que ilumina ese mundo.
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