La expansión de la inteligencia artificial (IA) está transformando a los centros de datos en una infraestructura estratégica. Su consumo eléctrico, la concentración de información sensible y la dependencia de proveedores extranjeros comienzan a obligar a los gobiernos a tratarlos como antes trataban a puertos, centrales energéticas y redes de telecomunicaciones.
Nueva York se convirtió este mes en el primer estado de Estados Unidos en detener temporalmente la construcción de nuevos centros de datos de gran escala. La moratoria, establecida por un año, alcanza a instalaciones que demanden 50 megavatios o más, una cantidad de electricidad comparable con el consumo de aproximadamente 50.000 hogares estadounidenses.
La decisión fue presentada como una respuesta al posible aumento de las tarifas eléctricas, la presión sobre las reservas de agua, la ocupación del territorio y el impacto sobre las comunidades cercanas. Sin embargo, detrás de esos cuestionamientos aparece una discusión más amplia: los centros de datos dejaron de ser simples edificios donde se almacenan archivos y comenzaron a convertirse en una pieza central de la seguridad económica, tecnológica y militar de los Estados.
Dentro de estas instalaciones funcionan los servidores que sostienen servicios en la nube, sistemas gubernamentales, aplicaciones financieras, plataformas de inteligencia artificial y herramientas utilizadas por infraestructuras críticas. Cuando esa capacidad se concentra en pocas instalaciones, empresas o países, cualquier interrupción física, energética, informática o política puede producir consecuencias que superan ampliamente al sector tecnológico.
La IA necesita una infraestructura física
La inteligencia artificial suele ser presentada como una competencia entre algoritmos, modelos y empresas. Pero su funcionamiento depende de una infraestructura completamente material: grandes superficies de terreno, miles de procesadores, sistemas de refrigeración, conexiones de fibra óptica y una provisión eléctrica constante.
Según la Agencia Internacional de Energía, los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora de electricidad durante 2024, aproximadamente el 1,5% de la demanda mundial. Ese consumo podría más que duplicarse y alcanzar los 945 teravatios hora en 2030.
El crecimiento no estará distribuido de manera uniforme. Estados Unidos y China concentrarían cerca del 80% del aumento mundial previsto hasta el final de la década. La demanda estadounidense podría crecer aproximadamente 240 teravatios hora respecto de 2024, mientras que la china aumentaría alrededor de 175 teravatios hora.
Esta concentración territorial es uno de los principales problemas. Aunque los centros de datos todavía representan una proporción limitada del consumo eléctrico mundial, cada instalación puede concentrar en un mismo lugar una demanda equivalente a la de una ciudad. Además, un centro de datos puede entrar en funcionamiento en dos o tres años, mientras que construir nuevas centrales, líneas de alta tensión o transformadores puede requerir plazos considerablemente mayores.
El Departamento de Energía de Estados Unidos advirtió en julio que el crecimiento de los centros de datos está creando una necesidad urgente de ampliar la infraestructura de transmisión eléctrica. El organismo considera que la expansión de estas grandes cargas puede aumentar la congestión de las redes y afectar su confiabilidad si no es acompañada por nuevas inversiones.
De esta manera, la competencia por liderar la inteligencia artificial comienza a depender de una pregunta que no puede resolverse únicamente dentro de Silicon Valley: qué países pueden generar y transportar la electricidad necesaria sin comprometer el suministro de sus ciudades e industrias.
Los datos también se convirtieron en una dependencia geopolítica
La segunda preocupación no está relacionada con cuánta electricidad consumen los centros de datos, sino con quién los controla.
Buena parte de los servicios digitales utilizados por gobiernos, empresas e infraestructuras sensibles dependen de proveedores estadounidenses. Esa concentración otorgó a compañías como Amazon, Microsoft y Google una posición central en la administración global de información, capacidad informática y servicios en la nube.
La dependencia comenzó a ser cuestionada con mayor fuerza en Europa después de que Washington restringiera temporalmente el acceso de usuarios extranjeros a modelos avanzados de inteligencia artificial. Aunque la medida fue posteriormente levantada, el episodio alimentó el temor de que Estados Unidos pueda limitar el acceso a tecnologías críticas por razones políticas o de seguridad nacional.
El debate llegó incluso al Departamento de Estado estadounidense. Un cable enviado a diplomáticos en julio les pidió que rechazaran la idea de que Washington posee un “interruptor” capaz de desconectar a otros países de tecnologías estadounidenses. También les ordenó cuestionar los proyectos de soberanía digital que buscan reducir la dependencia de proveedores norteamericanos.
Para los gobiernos europeos, el problema ya no consiste solamente en determinar dónde se almacenan los datos. También importa quién administra los sistemas, bajo qué legislación operan, quién posee las claves de acceso y si el servicio puede mantenerse durante una crisis diplomática.
La Comisión Europea presentó en junio la Ley de Desarrollo de la Nube y la Inteligencia Artificial, que propone ampliar la capacidad regional de centros de datos y establecer un marco común para evaluar la soberanía de los servicios de nube e inteligencia artificial. La iniciativa busca priorizar instalaciones capaces de sostener funciones esenciales del sector público y construir una economía digital más segura y resistente.
La infraestructura digital comienza así a adquirir una dimensión similar a la energía. Un país puede importar tecnología en condiciones normales, pero debe preguntarse qué sucedería si el proveedor interrumpiera el servicio durante una crisis internacional.
Un objetivo para ataques físicos y cibernéticos
La concentración de información y capacidad informática también transforma a los centros de datos en objetivos potenciales.
Un ataque no necesita destruir completamente una instalación. Puede interrumpir su suministro eléctrico, dañar sistemas de refrigeración, comprometer enlaces de fibra óptica o ingresar a las plataformas que administran identidades, permisos y claves de seguridad.
La Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de Infraestructura de Estados Unidos advirtió que los servicios en la nube ya sostienen información gubernamental y sistemas pertenecientes a sectores críticos. También identificó vulnerabilidades relacionadas con la autenticación, la gestión de claves, el registro de actividades, las dependencias de terceros y la administración de identidades digitales, áreas que han sido explotadas por actores vinculados a Estados.
El riesgo aumenta cuando múltiples organismos, empresas y servicios esenciales dependen de un número reducido de proveedores o regiones. Una falla técnica, un sabotaje, un ciberataque o una interrupción prolongada del suministro eléctrico puede afectar simultáneamente a numerosas organizaciones.
Por esta razón, la seguridad de los centros de datos ya no puede limitarse a proteger el edificio. También requiere redundancia energética, conexiones alternativas, copias distribuidas, proveedores sustitutos y capacidad de continuar operando cuando una parte de la red queda comprometida.
La carrera por la IA también es una carrera por el territorio
Estados Unidos, China y Europa están comenzando a tratar la capacidad de procesamiento como un recurso estratégico. Construir centros de datos permite entrenar modelos de inteligencia artificial, procesar imágenes satelitales, realizar simulaciones científicas, administrar sistemas logísticos y acelerar investigaciones vinculadas con defensa.
La Administración Nacional de Seguridad Nuclear estadounidense, responsable de aspectos centrales del arsenal nuclear del país, lanzó recientemente un entorno de nube para información secreta y restringida en colaboración con Amazon Web Services. Estados Unidos también comenzó a utilizar terrenos federales y complejos vinculados al Departamento de Energía para instalar nuevos centros de datos acompañados por generación eléctrica propia.
Europa, por su parte, pretende al menos triplicar su capacidad de centros de datos durante los próximos cinco a siete años. La intención no es solamente captar inversiones: Bruselas busca disponer de infraestructura suficiente para que empresas, investigadores y administraciones públicas puedan utilizar inteligencia artificial sin depender completamente de recursos instalados en Estados Unidos o China.
Esta competencia está creando una nueva geografía estratégica. Las regiones con energía abundante, bajas temperaturas, disponibilidad de agua, estabilidad política y conexiones internacionales de fibra óptica pueden convertirse en sedes de las nuevas “fábricas” de la inteligencia artificial.
Pero atraerlas también implica asumir costos. Una instalación puede demandar nuevas líneas eléctricas, centrales de generación, reservas de agua y obras de conectividad que luego quedarán ligadas a las decisiones de una empresa privada.
De oportunidad económica a infraestructura crítica
Los centros de datos no son necesariamente una amenaza. Pueden atraer inversiones, mejorar la conectividad y permitir que un país desarrolle capacidades propias de inteligencia artificial.
El problema aparece cuando su crecimiento avanza más rápido que la infraestructura energética, cuando su operación depende de proveedores extranjeros o cuando concentra funciones que un Estado no puede permitirse perder.
La discusión ya no pasa únicamente por determinar cuántos centros de datos puede construir un país. También debe responder quién los controla, qué información procesan, de dónde obtienen su energía, qué legislación se aplica sobre ellos y cómo continuarían operando durante una crisis.
La inteligencia artificial dejó de ser solamente software. Necesita territorio, electricidad, agua, cables y edificios protegidos. Esa transformación explica por qué los centros de datos están dejando de ser considerados simples inversiones tecnológicas y comienzan a ingresar en los cálculos de seguridad nacional de las principales potencias.
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