El estado real de la industria espacial argentina en 2026: ¿quiénes quedan, qué proyectos siguen y cuáles se cayeron?

El estado real de la industria espacial argentina en 2026.

El estado real de la industria espacial argentina en 2026.

La industria espacial argentina llega a 2026 con la dura tarea de desarrollar, o al menos conservar, sus capacidades espaciales. En los últimos años el país perdió ritmo, previsibilidad y parte de su masa crítica en materia de tecnología y espacio. Si bien la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) sigue activa, y empresas como INVAP, ARSAT y VENG, junto con universidades y startups, siguen de pie, hoy no existe un plan tangible ni una inversión real sostenida en el ecosistema tecnológico nacional. El mapa actual combina satélites operativos heredados, misiones demoradas o pausadas, y promesas que quedan en el aire.

El Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT), de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), es uno de los nodos más importantes de la infraestructura espacial argentina.

Hasta hace pocos años, la política espacial argentina era organizada alrededor de CONAE y del Plan Espacial Nacional, con tres ejes principales: observación de la Tierra, uso pacífico del espacio y desarrollos tecnológicos propios. Sin embargo, a partir de 2024, los proyectos en desarrollo comenzaron a desfinanciarse de a poco, y el país solo se quedó con lo que no representaba demasiado gasto.

En 2025 el Gobierno presentó las “Bases para el Desarrollo Espacial Argentino”, una nueva hoja de ruta, que promete un Hub Espacial Nacional y más protagonismo para empresas, emprendedores e instituciones. Según CONAE y la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología, el giro busca conectar al país con cadenas industriales internacionales y fomentar la innovación en tecnología y espacio, pero llega en un momento de presupuesto sumamente limitado. Además, en la práctica, las Bases se posicionaron como una promesa sin resultados, porque desde su presentación no se han materializado como avances tangibles ni para el sector público ni para el sector privado.

El segmento satelital

Por ahora, la base técnica más sólida sigue siendo la observación de la Tierra. La nueva CONAE heredó a los satélites SAOCOM 1A y 1B, lanzados en 2018 y 2020, que continúan siendo la mayor referencia argentina en tecnología espacial. Usan radar de apertura sintética (SAR) en banda L, que permite observar la superficie terrestre incluso con nubes o de noche. La información obtenida sirve para medir humedad de suelo, monitorear emergencias, evaluar desastres naturales y producir datos útiles para agricultura, gestión ambiental e infraestructura.

SAOCOM es una misión satelital argentina de observación de la Tierra que emplea radar de apertura sintética (SAR) en banda L. Crédito: INVAP.

En el plano del desarrollo, Argentina viene construyendo un nuevo proyecto científico de observación, el SABIA-Mar: un satélite para estudiar el océano y zonas costeras. Su fabricación comenzó en 2018 en Bariloche, bajo contrato con la empresa INVAP. Aunque su lanzamiento estaba previsto originalmente para la primera mitad de 2026, desde 2024 los recortes al sector espacial fueron retrasando su desarrollo. Ahora ya se encuentra en sus fases finales, aunque el lanzamiento se proyecta recién hacia 2027. La misión del SABIA-Mar es medir el color del mar, una variable que permite estudiar productividad biológica, calidad del agua, ecosistemas marinos, pesca, floraciones algales y ciclo del carbono.

En telecomunicaciones, Argentina cuenta con dos satélites operativos: los geoestacionarios ARSAT-1 y ARSAT-2. Ambos son monitoreados y controlados por la empresa estatal ARSAT, y su continuidad está proyectada por varios años más. En paralelo, el país venía desarrollando un nuevo satélite GEO, el ARSAT-SG1. Sin embargo, al igual que el SABIA-Mar, el proyecto se vio retrasado y desde hace años no hay información clara sobre su estado real. En este caso, el contratista también es INVAP, pero ante la falta de anuncios oficiales recientes de la CONAE y de erogaciones significativas en los últimos años, se presume que el desarrollo está detenido o limitado a actividades mínimas. Su objetivo es llevar internet satelital a zonas de difícil acceso, especialmente áreas rurales o alejadas de las redes terrestres.

La empresa argentina INVAP desarrolló los 8 satélites de alta complejidad que el país lanzó al espacio: los cuatro SAC, los dos ARSAT y los dos SAOCOM. Crédito: INVAP.

El segmento de acceso al espacio

El punto más débil sigue siendo el acceso propio al espacio. Durante años, el programa Tronador II, impulsado por CONAE y VENG, fue la gran apuesta argentina para desarrollar un lanzador orbital nacional. Sin embargo, el proyecto quedó fuera de las prioridades oficiales, con recortes que generaron el cese de actividades, la pérdida de personal técnico y una fuerte incertidumbre sobre su continuidad.

Si bien en los últimos años todavía se registraron esfuerzos mínimos del Gobierno Nacional para sostener desarrollos y ensayos parciales vinculados a motores y sistemas de propulsión, a fines de 2025 el proyecto habría quedado detenido por completo. En paralelo, esa ausencia afecta a otros planes, como la familia argentina SARE, y los desarrollos locales de pequeños y medianos satélites, que se apoyaban en la disponibilidad lanzadores locales para llegar a la órbita terrestre baja.

El Proyecto Tronador II de VENG y CONAE es la iniciativa con la que Argentina planea conseguir sus propias capacidades de acceso al espacio.

El espacio privado

Por su parte, el ecosistema privado existe, aunque es muy desigual. Hay empresas y startups vinculadas a software de misión, segmento terreno, análisis de datos, componentes, propulsión, servicios satelitales y nuevas constelaciones.

En ese mapa aparecen nombres como Ascentio, Servicio Satelital, XSAM, Epic Aerospace, Propulsar, SkyScale, LIA Aerospace, ReOrbit, CArAE, Valthe, Kohlenia y otros actores técnicos. También está Satellogic, fundada por argentinos y activa en el mercado internacional, aunque su estructura corporativa y productiva ya no representa de forma directa una industria instalada principalmente en Argentina. Si bien el talento existe, muchas compañías buscan financiamiento, clientes o radicación fuera del país.

Imagen de constelación satelital de la empresa Satellogic.

La situación real del ecosistema espacial nacional

De esta forma, Argentina puede considerarse una gran figura dentro del ecosistema espacial regional, que hoy se encuentra en pausa. El SABIA-Mar avanzó muy lento y se retrasó, pero al menos ya tiene un horizonte previsto. El Tronador acumula mucho desarrollo, pruebas y conocimiento, sobre todo en propulsión, pero en este momento está parado por no ser una prioridad para la agencia espacial nacional. Del ARSAT-SG1 no se sabe demasiado, aunque probablemente se encuentre en una condición similar. El programa SARE depende de una arquitectura que aún no está desplegada.

Así, surgen dos grandes riesgos. Por un lado, detener proyectos tecnológicos puede convertirse en un problema porque, aunque se retomen más adelante bajo otras gestiones más interesadas en la soberanía tecnológica nacional, puede suceder que para entonces esos desarrollos ya hayan quedado obsoletos. Y, aún más importante, cuando se detienen desarrollos y el lugar que les queda a los profesionales del ecosistema espacial es mantener a un sector en estado vegetativo, sin proyecciones de aprendizaje, crecimiento ni posibilidad de trabajar en proyectos desafiantes, esa materia gris tiende a irse a buscar lugar en otras industrias espaciales más nutritivas y en movimiento. En paralelo, es común que empresas nacidas del talento argentino trasladen sedes, producción o estructura legal al exterior.

El estado real de la industria espacial argentina no es un colapso total. Es un ecosistema con memoria técnica, instituciones fuertes y recursos humanos valiosos que intentan resistir la pausa. Pero los problemas de continuidad, escala y financiamiento solo pueden sostenerse hasta cierto punto. Lo que queda de pie es importante: satélites operativos, misiones en construcción, infraestructura terrestre, ingeniería y empresas de prestigio internacional. Lo que falta es aún superior: previsibilidad, mayor cadencia de proyectos, inversión estable y una estrategia que quiera convertir capacidades aisladas en una industria sostenida.

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