Argentina es el líder indiscutido en tecnología nuclear en el Hemisferio Sur y un referente mundial en materia nuclear. Sin embargo, esa inercia histórica hoy parece encontrar trabas debido a una realidad de crisis presupuestaria y falta de innovación. Para entender este proceso, conversamos con Julián Gadano, quien estuvo al frente de la política nuclear argentina entre 2015 y 2019. Gadano propone una visión crítica: separar la investigación estatal del negocio comercial y abrir las puertas al capital privado para salvar la industria.
Julián Gadano es una de las voces más autorizadas en el sector nuclear argentino, especialmente por su visión estratégica sobre el desarrollo tecnológico y la seguridad internacional. Fue Subsecretario de Energía Nuclear (2015-2019) y presidente de Nucleoeléctrica Argentina S.A. (2018-2019), lo que le da una visión público-privada muy amplia del sector nuclear en Argentina.
Qué tiene Argentina en el ámbito nuclear
Actualmente, el ecosistema nuclear argentino se sostiene sobre una infraestructura robusta que combina potencia instalada y vanguardia tecnológica, bajo la responsabilidad de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). El país opera tres centrales nucleares de potencia, Atucha I, Atucha II y Embalse, que aportan cerca del 8% de la matriz eléctrica nacional. En la actualidad, Argentina es referente global en reactores de investigación y producción de radioisótopos, con el proyecto RA-10 en fase avanzada para consolidar el liderazgo en medicina nuclear.
A esto se suma CAREM-25 (Central Argentina de Elementos Modulares), el prototipo aún en construcción de la primera central nuclear de potencia íntegramente diseñada y construida en Argentina, por exportar ingeniería nacional de alto valor agregado. Además, el país continúa el desarrollo de un prototipo de Reactor Modular Pequeño (SMR), lo que posiciona al país como un referente global en este segmento, reafirmando su posición como desarrollador y proveedor de tecnología nuclear avanzada.
El “Gen Nuclear” y la pérdida de la edad de oro
Espacio Tech: Argentina fue líder regional desde los años 50. ¿Cuál ha sido la inercia histórica de la política nuclear desde ese momento?
Julián Gadano: Hubo una “edad de oro” de la CNEA que fue entre 1950 y 1983, es decir, desde la creación de Comisión hasta la vuelta a la democracia. Paradójicamente, el inicio de la democracia fue problemático para el sector porque significó el desempoderamiento de la Marina, que era el “padrino” político de la Comisión. Entre 1950 y 1983, Argentina tuvo 19 jefes de gobierno, entre presidentes electos y de facto, pero la CNEA tuvo solo cuatro, todos de la Marina. Eso le dio una estabilidad y coherencia intertemporal enorme.
Esta fue la etapa de “soberanía técnica” en la que Argentina se consolidó como líder regional al elegir un camino tecnológico autónomo basado en el uranio natural, permitiendo el dominio sin dependencia externa. Este ciclo, que comenzó con la creación de una élite científica en la CNEA y el hito de Atucha I en 1968, alcanzó su punto máximo con el dominio del enriquecimiento de uranio, transformando al país de un simple comprador de equipos en un exportador de ingeniería de diseño capaz de competir en el mercado global.
Al llegar a la presidencia Raúl Alfonsín, se alinearon dos factores negativos: el accidente de Chernobyl, que volvió al mundo antinuclear, y una crisis fiscal profunda. En ese momento la CNEA era “desmesuradamente cara”. En 1982, su presupuesto era más grande que el de la provincia de Buenos Aires. Ahí la Comisión perdió su capacidad de marcar la agenda del Estado.
ET: Se suele hablar de una etapa de “renacimiento nuclear” entre 2002-2015. ¿Usted coincide con esa mirada?
JG: Fue un renacimiento diferente. Hubo un fuerte presencia estatal de desarrollo nuclear, con presupuestos amplios y se terminaron grandes obras como Atucha II. Esto es, la política nuclear de ese momento estaba muy centrada en el desarrollo material y no tanto en innovación y tecnología. A día hoy no tenemos relevancia en fusión nuclear ni en nuevos métodos de enriquecimiento. Se invirtió mucho dinero en grandes contratos, pero el sector se volvió más hermético y perdió proyección internacional.
ET: Tras el fuerte impulso estatal de la política nuclear durante la década del 2010, ¿qué camino se buscó trazar en la etapa posterior ?
JG: Es difícil para mí ser objetivo porque fui el responsable de esa política durante los cuatro años siguientes, pero el norte fue la sostenibilidad. Intentamos continuar los proyectos estratégicos, como el CAREM y la extensión de vida de la central de Embalse, pero bajo la convicción de que debían tener una escala que el país pudiera financiar a largo plazo sin asfixiar el presupuesto nacional. Nuestra visión era iniciar un camino para potenciar las actividades comerciales, el desarrollo e innovación.
ET: En el marco del actual de gobierno, ¿cuál es su diagnóstico sobre el rumbo que está tomando la política nuclear?
JG: Yo identificaría tres etapas. Al principio hubo mucha incertidumbre y luego un periodo de grandes anuncios pero poca realidad. Sin embargo, hoy veo un tercer momento donde las autoridades actuales intentan darle a lo nuclear una coherencia más firme. El gobierno tiene una política clara: separar la investigación y el desarrollo, que deben quedar en manos de la CNEA, de todas las actividades comerciales que deberían privatizarse. La visión actual es revitalizar la CNEA, mediante auditorías y demás reformas, aunque también necesita presupuesto para no perder su vanguardia. Es un modelo que busca que la generación de energía deje de ser una carga para el contribuyente y se financie de forma privada.
Geopolítica y Relaciones Internacionales
ET: ¿Cómo evalúa el vínculo actual con las potencias, especialmente con Estados Unidos y China?
JG: Hay que desmitificar un poco la idea de que Argentina oscila entre potencias. Históricamente, el sector nuclear argentino ha mantenido una relación madura y técnica con Estados Unidos. Siempre ha habido una cooperación fluida en materia de combustibles y componentes. Hoy, ese vínculo es muy fuerte porque compartimos una visión sobre el futuro del sector: el paso de las grandes centrales estatales a los reactores modulares pequeños (SMR).
Con China, el vínculo ha sido esencialmente comercial. Se habló mucho del proyecto de Atucha III con financiamiento chino, pero actualmente es un modelo que pertenece al pasado. Una central de ese tipo puede terminar costando millones de dólares. Esto implicaría cobrar tarifas eléctricas mucho más caras que el promedio del mercado para poder repagarla. El problema es que el mundo ya no construye así: el modelo de grandes préstamos soberanos para obras que tardan 15 años está agotado. Ahora hay proyectos mucho más rentables, prácticos y rápidos de implementar a nivel nuclear. El modelo de construcción de centrales nucleares grandes está obsoleto.
El futuro está en ser un socio confiable para atraer inversión de riesgo para fabricar y diseñar tecnología modular, como los SMR, que es donde realmente somos competitivos.
ET: A nivel regional, ¿en qué escalón estamos respecto a la tecnología nuclear latinoamericana?
JG: En América Latina hay una jerarquía clara marcada por un indicador principal: quién tiene centrales nucleares y quién las opera. En ese primer nivel estamos México, Brasil y Argentina. Sin embargo, si haces un doble clic sobre ese grupo, Argentina y Brasil se despegan de México. Esto es así porque México es principalmente un importador de tecnología estadounidense, mientras que nosotros y los brasileños tenemos lo que llamamos “tecnología nativa”; es decir, capacidad de diseño propio.
Si comparamos a los dos gigantes del Cono Sur, Argentina mantiene un liderazgo en ingeniería y conocimiento. Brasil tiene una industria mucho más potente, más “fierro” y capacidades específicas como el desarrollo de su submarino nuclear, pero Argentina es el único país de la región que posee la ingeniería nuclear completa y autónoma. No es casualidad que ambos seamos miembros permanentes en la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Somos el referente en ingeniería de diseño, mientras que Brasil destaca por su escala industrial.
Por debajo de ese podio, hay un segundo escalón donde se encuentran Chile y Perú, que tienen desarrollos interesantes en reactores de investigación, un área donde Argentina, a través de INVAP, contribuyó muchísimo. Bolivia también está en carrera, aunque un escalón por debajo de los anteriores. Un dato que debería llamarnos a la reflexión es que, debido a nuestra falta de innovación reciente, hoy hay áreas de punta como la fusión nuclear donde, paradójicamente, Chile tiene más actividad que Argentina.
El futuro, los SMR y el CAREM
ET: Mucho se habla del CAREM como el gran competidor argentino en la carrera de los reactores nucleares. ¿En qué punto se encuentra hoy ese desarrollo y qué tan cerca estamos de comercializarlo?
JG: El CAREM -25 fue un proyecto brillante para construir conocimiento hace 40 años, pero hoy está en una crisis profunda. Se han invertido millones de dólares y todavía no se termina. El problema es que se lo quiso vender como un producto para el mercado cuando, por diseño, tiene muchísima obra civil, algo que va en contra de la filosofía de la construcción de reactores modernos, que se fabrican en una planta y se arman rápido.
Hoy el proyecto está en una encrucijada. El gobierno actual ha hecho auditorías de diseño que encontraron problemas importantes y, además, es financieramente inviable: la energía que produciría el CAREM costaría casi seis veces más que el promedio del mercado. La oportunidad para Argentina con los SMR sigue vigente porque tenemos la ingeniería, pero no vendrá de la mano de este prototipo estatal.
ET: Mientras el CAREM genera dudas, el RA-10 parece avanzar a otro ritmo. ¿Cuál es la realidad técnica de este reactor y qué representa para el prestigio nuclear argentino?
JG: El RA-10 es un caso totalmente distinto y, te diría, un verdadero éxito. A diferencia del CAREM, aquí la Argentina sí ha demostrado una capacidad de vanguardia indiscutible. Es un reactor de investigación, que se sitúa en la punta tecnológica a nivel mundial. Es el mismo tipo de reactor que se vende al mundo y que ahora estamos construyendo con éxito en nuestro propio territorio.
Hoy el proyecto está muy avanzado, en etapas de pruebas que demuestran que, cuando el objetivo es claro y el diseño es sólido, nuestras instituciones como la CNEA y el INVAP pueden trabajar a niveles de excelencia internacional. El RA-10 consolidará a Argentina como un proveedor global de radioisótopos para medicina nuclear y ofrecerá capacidades de investigación únicas en la región. Es un proyecto exitoso porque cumple con su propósito: ser un reactor de investigación de primer nivel.
ET: Para finalizar, ¿cuáles deberían ser los pilares de la política nuclear argentina de aquí en adelante?
JG: Primero, volver el sector financieramente sostenible. El Estado debe financiar la investigación innovadora en la CNEA, pero todo lo comercial desde la generación de energía, servicios, debe pasar a manos privadas o empresas que no dependan del presupuesto nacional. Es un cambio de paradigma: pasar a un modelo donde el Estado y la CNEA se encargue de promover el diseño, innovación y tecnología nuclear y la venda al mundo con inversión de riesgo.
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