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Por Andrés Pienizzio, miembro del Grupo Jóvenes Investigadores del IRI 

Existe una conocida teoría denominada el “Síndrome de Kessler” que plantea que llegará un punto en el cual el volumen de basura espacial en la órbita baja terrestre será tan alto que los objetos orbitales (satélites, estaciones espaciales, etc.) serán impactados cada vez con mayor frecuencia por esta, lo que a su vez, creará aún más basura y un mayor riesgo de nuevos impactos. Esto traerá como consecuencia que el acceso al espacio exterior sea cada vez más complicado y que aumente la posibilidad de que algunos de estos restos reingrese a la atmósfera baja e impacte en tierra firme, causando daños al medio ambiente y llegado el caso, daños directos a la población.

Al respecto, si bien hoy se producen en forma frecuente colisiones de este tipo, este escenario catastrófico no parece todavía vislumbrarse. Sin embargo, el desarrollo de la industria espacial indica que los próximos años serán el escenario de grandes cambios en el acceso y la conquista de los cuerpos celestes. 

Esto se debe, por un lado, a los ambiciosos planes norteamericanos a través del Programa Artemisa, que tiene como objetivo volver a la Luna, establecer bases allí y posteriormente continuar hasta Marte. Y que cuenta con colaboraciones, tanto de empresas privadas (SpaceX, Blue Origin), como de la Agencia Espacial Europea o japonesa, entre otras. A esto se suman los proyectos de China de exploración lunar y de construcción de estaciones espaciales. Y los proyectos de terceros países, no tan ambiciosos pero igual de importantes, como ser los planes de la India para con la órbita terrestre y el envío de sondas no tripuladas a la Luna. 

Vemos entonces, que no se espera que el flujo de objetos lanzados al espacio exterior disminuya, sino todo lo contrario. Y a pesar de que existen sistemas de lanzamiento que fomentan la reutilización de los materiales empleados, la realidad es que esto no es posible en un 100%. Lo que se suma a la gran cantidad de basura espacial que hoy rodea nuestro planeta.

Por lo tanto, será cada vez más frecuente la existencia de conflictos a nivel internacional en relación con estos fenómenos. Siendo un ejemplo reciente lo que sucedió en el mes de mayo del presente año, cuando los restos de un cohete chino Larga Marcha 5B, que acababa de dejar en órbita a uno de los módulos de la estación espacial china, empezó a desplazarse en forma descontrolada, acercándose cada vez más a la tierra e impactando finalmente en una zona deshabitada del océano índico. Este incidente mantuvo en vilo a gran parte de las agencias espaciales y a la opinión pública en general, ya que por su orbitar descontrolado, este objeto a la deriva podía caer en casi cualquier parte del planeta. 

Esto motivó incluso un comunicado oficial por parte del Administrador de la NASA, que criticó el accionar chino y acusó a este país de no cumplir con los estándares de responsabilidad y transparencia con respecto a la basura espacial establecidos por la ONU. A lo que las autoridades chinas respondieron que era una práctica común en todo el mundo dejar que los restos, en este caso de la etapa superior de un cohete, se quemen mientras reingresan en la atmósfera. Y que la probabilidad de que estos causen daños a otros objetos espaciales, o a instalaciones terrestres, es extremadamente baja.

El problema es que esta discusión con acusaciones cruzadas no parece convencer a nadie, principalmente porque de los dos lados hay dejos de verdad. Debido a que, por una parte, el accionar chino sí se puede clasificar como poco transparente, dado que la administración espacial de este país se mantuvo en silencio durante los días posteriores al lanzamiento, a pesar de que comenzaban a aparecer denuncias por parte de otras agencias sobre la reentrada sin control del artefacto. Pero por otra parte, también es cierto que es común la práctica de dejar restos de objetos sin uso a su suerte cuando no se puede realizar un reingreso controlado. Existiendo ejemplos históricos, como el de las estaciones espaciales Skylab y Salyut 7 y el caso del satélite Cosmos 954. E incluso muy recientes, como los restos de un cohete Falcon 9 de SpaceX, que cayeron en abril de este año en el oeste de los EEUU. 

De esta manera, observamos que no estamos frente a una conducta exclusiva por parte de China y que es algo que suele suceder con frecuencia. Y es que, si bien existen a nivel jurídico internacional instrumentos que regulan este tipo de percances, lo cierto es que se firmaron teniendo en cuenta la realidad de otros tiempos o son de ineficiente aplicación. Nos referimos puntualmente al Tratado del Espacio Exterior (1967), al Convenio sobre la Responsabilidad Internacional por Daños Causados por Objetos Espaciales (1972) y a las Directrices para la Reducción de Desechos Espaciales (2007). 

Estos tratados contienen normas sobre la responsabilidad internacional causada por objetos lanzados al espacio ultraterrestre, y en particular, el Convenio, regula un procedimiento para reclamar daños físicos y morales. No obstante, lo hace en forma ineficiente, ya que es un proceso meramente diplomático y que está librado a la voluntad del estado afectado, no legitimando el accionar de los damnificados directos. Por otro lado, las Directrices, no pasan de ser meras recomendaciones no vinculantes en virtud del derecho internacional. Por consiguiente, nos encontramos frente a un marco jurídico que no se encuentra a la altura de las circunstancias. 

En suma, el contexto de falta de colaboración que se vislumbra entre China y los EEUU dificultará el establecimiento de los parámetros a seguir en esta nueva carrera espacial. Ya que sin el acuerdo de los dos principales actores, difícilmente se pueda llegar a revisar la normativa relacionada al problema de la basura espacial, tema que parece encontrarse en un segundo plano. Dando la impresión, de que predominarán acuerdos multilaterales que contemplen solo intereses de bloque, como los polémicos Acuerdos Artemisa de iniciativa estadounidense o los acercamientos entre Rusia y China relacionados a la exploración lunar. 
Andrés Pienizzio: Abogado (UNR). Miembro del Grupo de Jóvenes Investigadores del Instituto de Relaciones Internacionales (GJI-IRI/UNLP).

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